Recomendamos: Amado Nervo, periodista. Por Bertha Hernández

Amado Nervo era escéptico de tiempo completo. Esa condición se podía percibir perfectamente en numerosas crónicas y artículos periodísticos malamente olvidados y que sólo unos pocos han redescubierto. Cuando uno se topa con el Nervo que se toma a guasa las sesiones espiritistas; cuando uno disfruta al Nervo preocupado por los horrores del lenguaje o se le encuentra incursionando en los terrenos de eso que hoy llamamos ciencia ficción, encontramos un ingenio agudo, a ratos filoso, con un sentido del humor que ya quisiéramos en el siglo XXI. Todos esos atributos le pertenecen al Nervo periodista.

En 1895, cuando el ancianito Guillermo Prieto se asombraba, pobrecito, de que las cuentas nacionales arrojasen un superávit de más de un millón de pesos, Nervo tenía listo el recurso para hacer que ese dinero se duplicara: un impuesto a las faltas de ortografía que, decía con modestia, no era idea suya, sino de algún periódico madrileño. Pero tenía sus razones:

“En esta culta capital” —escribe Nervo refiriéndose a la Ciudad de México— “se asesina a la ortografía”, aseguraba. ¿La causa? Es “herencia materna”, aventuraba. Porque, si le hacemos caso a Nervo, en aquel fin del siglo XIX mexicano, abundaban las mujeres no con mala, sino con malísima ortografía: “Aquí tenemos de todo: poetisas, pintoras, comadronas tituladas y maestras de escuela; pero todas andan a la greña con la ortografía”.

Se quejaba el pobre hombre de que hubiera faltas de ortografía en ¡ay! las cartas de amor. Ya era feo encontrarse con un “Se gisa de comer” en cualquier fonda, pero, ¡en las cartas, en los papeles delicadamente perfumados, llenos con coqueta caligrafía, en las cartas que podrían decidir una vida! El poeta tenía razón. A lo mejor con un buen tabulador de multas por mala ortografía, el mundo y el amor se salvaban, y de paso, el gobierno tendría algún dinero más.

PENSAR BIEN, ESCRIBIR BIEN Y HABLAR MEJOR. Del mismo modo que Nervo aconsejaba a los padres de familia que no le retorcieran la imaginación a sus niños contándoles esas historias de fantasmas y aparecidos a las que somos tan aficionados los mexicanos, también opinaba que no era sano que los progenitores acaudalados enviasen a sus retoños a viajar por Europa. Corrían el riesgo, anotaba con unas gotas de malevolencia y kilos de mordacidad, que, a la vuelta, y al hacer las inevitables comparaciones, la expresión “¡Este país!” menudeara, aludiendo a un México donde, en 1895, no había cafés cantantes y sí pocos teatros, y que, por tanto, e inevitablemente, salía perdiendo. Era un pescozón a aquellos que, después de pasar una temporada en la dulce Francia, estaban a disgusto por el polvo que los hacía estornudar, porque en la calle un transeúnte, distraído, los empujaba, porque la ópera no les sonaba igual que en París. No, subrayaba Nervo. Para morirse de nostalgia boba, mejor quedarse en casa; “así no se olvida el castellano ni se destroza el francés”.

Más información: http://www.cronica.com.mx/notas/2019/1120359.html

 

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