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Foto: Cuartoscuro

Decisiones insólitas para tiempos inéditos. Si lo impensable está sucediendo es porque el escenario lo amerita. México vive momentos críticos, los daños son mayores y de no actuar en consecuencia pudieran volverse irreversibles durante un largo y oscuro periodo. No se puede actuar como si existiera normalidad democrática cuando de ésta sólo queda un remedo.

Las elecciones del 2021 serán fundamentales no sólo por el histórico número de cargos en disputa, también porque los ciudadanos definirán si la conducción del país seguirá siendo unipersonal o habrá un Poder Legislativo independiente, contrapeso que obligue al Ejecutivo a tomar en cuenta a la pluralidad del país.

Se requiere que otras visiones sean ponderadas para enfrentar mejor los graves problemas que han desbordado a la actual administración. No hemos conocido el crecimiento en el primer tercio del sexenio —ni antes ni después de la pandemia—, el desempleo se disparó, la violencia está desatada como nunca en este siglo, la falta de Estado de derecho espanta la inversión, el desabasto de medicamentos sigue sin resolverse, la ineptitud de un gobierno paralizado por su austericidio hace estragos en todos los ámbitos.

Pero si la dura coyuntura es en sí razón suficiente para equilibrar la desmedida concentración de poder, agreguen que la elección será crucial para definir el derrotero de la democracia mexicana. Quien hoy gobierna tiene la explícita intención de desandar el camino recorrido durante la transición democrática, asegurando que los límites establecidos durante tres décadas al poder presidencial responden al “periodo neoliberal”.

La fobia hacia los órganos autónomos es sintomática del afán por controlar y decidirlo todo, como ocurría con la Presidencia Imperial, pero es todavía más preocupante el uso del aparato de Estado y el presupuesto público a favor de la coalición oficialista, rompiendo cualquier atisbo de equidad en las contiendas. La unidad opositora resulta indispensable para poder competir con posibilidades en una cancha tan desnivelada por el uso faccioso de las instituciones.

López Obrador reta abiertamente al INE, desobedeciendo las medidas cautelares que le impusieron e insiste en intervenir en las elecciones. No deja de hacer propaganda electoral en sus conferencias y eventos oficiales, violando una disposición constitucional que se estableció después de que él denunciara a Vicente Fox y lo llamara “chachalaca” por haber hecho eso mismo en 2006.

La manipulación de la procuración de justicia es obscena. Se extorsiona a probables responsables de delitos con ventajas desmedidas para que se acojan a la figura de testigo colaborador y delaten adversarios políticos, así resulten delirantes las denuncias, mientras se prepara una consulta popular que la SCJN aceptó triturando la Carta Magna, la cual servirá para poner en la picota al pasado que el Presidente quiere identificar con la oposición. ¡Qué conveniente!

Mención aparte merecen los programas sociales que manejan miles de millones de pesos en efectivo, son entregados en la opacidad y sin reglas de operación a nombre del titular del Ejecutivo por quienes hicieron campaña domiciliaria por él en 2018 y que son coordinados por los superdelegados, muchos de los cuales pidieron licencia para ser candidatos.

En los próximos comicios también se juegan las reglas del juego. López Obrador se sirvió de las reformas democráticas para llegar a la presidencia, pero ahora le estorban porque quiere imponer la hegemonía estructural de su grupo político desde el poder. Sólo la oposición unida puede enfrentar con éxito esa perniciosa amenaza.

Asumir dicha responsabilidad traerá costos. Siempre será más fácil señalar desde un nicho de pureza a quienes deciden caminar junto a viejos adversarios para tratar de ponerle freno a la catástrofe, pero el fin de la política no es salvar la inmaculada condición del alma, sino servir a la colectividad. Ahora bien, no basta con establecer límites a la presidencia que hoy es todopoderosa; resulta indispensable convertirse en alternativa. Eso requerirá abrirse a la irrupción ciudadana y acordar un programa de amplio consenso. De eso hablaré en una siguiente entrega.

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