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Si demostrar que prefiere a Xi Jinping sobre Joe Biden se trataba, el presidente Andrés Manuel López Obrador no podía haber calculado mejor las señales. El sábado pasado, después de haber tundido durante tres días a Estados Unidos, transmitió un mensaje del presidente de China a los presidentes y ministros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, en el colofón de su sesión plenaria en Palacio Nacional. La afrenta a Biden es tan grande, que resulta imposible pensar que haya sido un descuido del Presidente o una torpeza de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Fue un grito claro a Washington para decirle que sus imposiciones geoestratégicas, con él no funcionan.

Fue el final de lo que será el principio de un conflicto de fondo con Estados Unidos. Días antes, como reveló el martes el columnista de El Universal, Javier Tejado, el gobierno mexicano rechazó la petición del Departamento de Estado para sumarse a la iniciativa creada por el presidente Donald Trump y mantenida como política de Estado por Biden, denominada Clean Network, que lo que busca, en términos llanos, es cerrarle la puerta a China para su expansión en todo el mundo. Un funcionario de la Cancillería mexicana dijo que se revisará en grupos de trabajo.

La propuesta de suscribir la Clean Network (Red Limpia), suscrita por más de 50 naciones, fue presentada en vísperas del Diálogo Económico de Alto Nivel el 9 de septiembre pasado, y se incorporó como el tercer pilar para cimentar la relación bilateral, que como se explicó en este espacio la semana pasada, busca una compatibilidad regulatoria y la mitigación de riesgos en tecnologías de información y comunicación, redes, ciberseguridad, telecomunicaciones e infraestructura, y cortar la dominancia de la tecnología 5G china, desarrollada por sus gigantes Huawei y ZTE, que ya controlan 40 por ciento del mercado global.

La revelación de Tejado sugiere que Biden se estrelló con la muralla de López Obrador, que debe estar confiado en que podrá sortear una crisis, que aunque silenciosa, ya la comenzó a desatar, porque al coquetear con China provocará reacciones allende el río Bravo. López Obrador tiene que recordar lo que sucedió con el presidente Enrique Peña Nieto, y prepararse para el mismo invierno.

El expresidente abrió ingenuamente las puertas a los chinos temprano en su gobierno. En diciembre de 2014 se apuntó en este espacio que Peña Nieto no vio que al irse a la guerra contra las potencias industriales, en el juego de la geoestrategia los débiles eran desechables. Por presiones estadounidenses, su gobierno canceló tres inversiones chinas fuertes, el Tren Bala México-Querétaro, el desarrollo cultural y comercial en Cabo Pulmo, Baja California Sur, y el centro de distribución Dragon Mart en Quintana Roo. Un terreno a ocho millas náuticas de la Base Naval en San Diego, que le iba a donar a Huawei, también se frustró.

Al año siguiente, John Kerry, el secretario de Estado del presidente Barack Obama, invitó a cenar a su casa al secretario de Relaciones Exteriores, José Antonio Meade, quien le comentó que México quería resarcirse con los chinos, después de la cancelación del Tren Bala, por lo que estaban considerando autorizarles tres bancos. ¿Qué pensaría su gobierno?, le preguntó informalmente. Kerry respondió que no tendrían ningún problema con inversiones chinas, salvo en el campo de las telecomunicaciones. El mensaje ha sido consistente durante los gobiernos de Obama, Trump y ahora Biden. El enemigo de Estados Unidos es China, y quien se alía con ellos se volverá potencialmente su enemigo.

López Obrador ha tomado el lado de Xi Jinping y se muestra, deliberadamente o no, como un aliado estratégico. Pero hay varias consideraciones que debiera hacer antes de que esa alianza se rompa con martillazos que le sorrajen desde Washington, ya sea por la vía económica, la política o la mediática, como hicieron con Peña Nieto, al financiar organismos para que investigaran corrupción en su gobierno, o estimular investigaciones periodísticas sobre los negocios de sus amigos.

Debería observar y analizar el conflicto entre aliados del G-7 por el pacto recién firmado por Estados Unidos, Reino Unido y Australia, para dotar a esta nación de submarinos nucleares para contener a China, que rompió un acuerdo previo con Francia para comprarle submarinos convencionales. El presidente Emmanuel Macron retiró sus embajadores de Washington, Londres y Canberra en señal de protesta, y no le ha querido tomar la llamada a Biden para hablar sobre el tema. La guerra digital contra China es tan grande, que Biden prefirió sacrificar sus alianzas en Europa.

La otra consideración es lo que sucedió en la primera sesión plenaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas, a la que se dirigió el martes Biden para urgir a la unidad global contra “las amenazas tecnológicas y la influencia expansiva de naciones autocráticas como China y Rusia”. Biden señaló que en la evolución de las nuevas tecnologías, trabajaría junto con sus aliados democráticos para asegurar que el desarrollo en áreas desde biotecnología, computación cuántica, 5G e inteligencia artificial, sean usadas para resolver los problemas de la gente y ensanchar las libertades, no para suprimir el disenso o reprimir comunidades minoritarias.

Este fraseo es prácticamente el mismo que se insertó en el tercer pilar del Diálogo Económico de Alto Nivel. La intención de Washington es bloquear a China, dentro de una estrategia de contención global, como es el espíritu del acuerdo con Australia, y cerrar las puertas a Rusia, a la que acusa de ciberterrorismo. Para López Obrador, Jinping y Vladimir Putin parecen ser sus aliados frente a Biden, quien dijo en Naciones Unidas: “Nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestras libertades están interconectadas, creo, como nunca antes. El futuro pertenecerá a quienes le den a su pueblo la posibilidad de respirar libremente, no quienes lo quieren sofocar con mano de hierro. El autoritarismo en el mundo busca proclamar el final de la democracia, pero están equivocados”.

Los campos de batalla están definidos y López Obrador se está inclinando por uno equivocado.

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