Recomendamos: Al final, una pregunta: ¿en qué país vive?, por Francisco Garfias

Foto: Cuartoscuro

No hubo insultos ni descalificaciones a los adversarios. Ésa es la novedad y se agradece. Escuchamos desde Palacio Nacional un mensaje de dos años de gobierno bañado de injustificado optimismo.

Poca crítica y mucho triunfalismo. Repetición de dogmas y de culpas al pasado neoliberal.

“Otros datos” que envidiaría el primer mundo, pero que contrastan con la realidad sanitaria, económica y violenta que vivimos.

Las estadísticas hablan, no los discursos ni las encuestas. ¿Muertos por el covid? 106,795 y contando. Somos cuarto lugar mundial en defunciones.

¿Contagios? Un millón 122 mil 362; decimoprimer lugar de 191 países, según la Universidad Johns Hopkins.

¿Crecimiento económico? Menos 0.1% en el 2019 y una caída de entre 8.5 y 9.2% para este año.

Sólo para contextualizar: un reporte de la OCDE, dado a conocer ayer, advierte que México tiene las peores perspectivas económicas para el 2020 (-9.2% del PIB), sólo detrás de Argentina y España.

¿Violencia? En los últimos 24 meses hay un acumulado de 65,539 homicidios dolosos (más 3.8%), sin contar con el incremento en feminicidios (8.1%) y las extorsiones (20%).

Estos últimos son datos que el propio Presidente dio en su mensaje ante un reducido grupo de 70 personas congregadas en el patio de Palacio Nacional (pandemia obliga).

Y, sin embargo, sostuvo que los delitos del fuero federal se han reducido en 30 por ciento.

El Presidente, en tono triunfalista, proclamó en su mensaje que “están sentadas las bases de la Cuarta Transformación”.

Y más: consideró que las estrategias para combatir el coronavirus y la crisis económica son un éxito.

López Obrador habló de “entrega”, “eficacia” y “estrategias” que permitirán salir, poco a poco, de las crisis sanitaria y económica derivadas no sólo de la pandemia, sino de decisiones equivocadas que pegaron de lleno en la confianza de los empresarios.

Dio cifras incomprobables sobre el ahorro que se ha derivado de la austeridad y el combate a la corrupción: un billón 300 mil millones de pesos en compras y contratos, “reduciendo al mínimo el robo de combustible” y la defraudación fiscal.

Cacareó el aumento del salario mínimo en 30%, cosa que hay que reconocerle. Pero también que el peso no se ha depreciado. “Pronosticamos que saldríamos del hoyo, como de hecho ha venido sucediendo”, aseguró.

Y predijo —a ver si no se equivoca de nuevo—que en 2023 vamos a dejar de importar gasolinas con la entrada en operación de la refinería de Dos Bocas.

No olvidó subrayar que “íbamos bien” hasta que llegó el covid.

***

Mención aparte merece el autocomplaciente discurso sobre la pandemia y los resultados de la estrategia de López-Gatell. Frases como “hemos salvado muchas vidas” o “no hemos visto desabasto” pegan en la sensibilidad de los enfermos y sus familiares.

Una ofensa para los muchos que iban de hospital en hospital en busca de ayuda sin encontrar lugar; para los que murieron en casa porque nunca llegó la ambulancia o porque la recomendación era no moverse, para mantener camas vacías en los hospitales.

Fue un mensaje corto —47 minutos— en el que dijo haber cumplido 97 de los 100 compromisos que asumió al llegar a la Presidencia de la República el primero de diciembre de 2018.

Esos tres son la descentralización, el impulso a las energías renovables —donde vamos en franco retroceso— y la verdad sobre Ayotzinapa. Casi casi misión cumplida. Ni diez columnas alcanzarían para comentar todos los avances que se adjudicó en sus 730 días de gobierno.

Como conclusión, presumió una encuesta, sin citar quién la hizo, según la cual un 71% de los mexicanos desean que siga gobernando “y con eso tenemos”.

Al final, sólo una pregunta: ¿en qué país vive?

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