Recomendamos: Acoso, por Rafael Pérez Gay

REUTERS/Lucy Nicholson

Me preguntan en las redes si no voy a dar mi opinión sobre todo lo que ha desencadenado el asunto #MeToo en las últimas semanas. La pregunta trae algo de curiosidad y de amenaza. Así son las redes y no me asustan. Nomás faltaba, como decía mi padre. Por lo demás, sí tengo una opinión, o varias, sobre las denuncias de acoso que han ocupado al medio cultural mexicano.

Recordé lo que escribió Fitzgerald en El Crack-Up: “la prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo, y seguir conservando la capacidad de funcionar”. No hablo de mí, sino del medio cultural, de las opiniones, de la forma en que hemos acometido este asunto de nuestras vidas públicas y privadas.

No creo que haya una sola postura ante el #MeToo mexicano, sino varias, todas verdaderas y necesarias. Primero, considero que el anonimato a la hora de acusar es inadmisible.

Si algo le da peso a una acusación, es la identidad. Si, por desgracia, debilidad, miedo, duda, no podemos poner nuestro nombre, será mejor guardar nuestra ira y nuestra verdad para mejor ocasión. El anonimato abre la puerta a la infamia, aun cuando pueda ser cierta en algunos casos. Nada como poner el día, la hora, el nombre.

Digo esto: si este zafarrancho, con todos sus defectos, sirve para que se lo piensen dos veces los acosadores, no puedo sino estar de acuerdo. Sé que el acoso existe, el abuso de poder, el maltrato y la chingadera contra las mujeres. Quien lo niegue, miente.

Este #MeToo a la mexicana puede ser útil si se controla y se le exige identidad.

Sé que algunos amigos que aparecen en la lista me van a rementar la madre, pero les digo, los únicos que quedarán al cabo del rato en ella serán los verdaderos acosadores, que los hay, estoy seguro.

Más información: http://bit.ly/2GcjP3m

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