Recomendamos: Lo que debe hacer y nunca debe hacer un periodista (y un Presidente), por Juan Pablo Becerra-Acosta

El 7 de mayo de 2018, a unas semanas de los comicios presidenciales que llevaron al poder a Andrés Manuel López Obrador, publiqué una columna con esta cabeza:

“Lo que debe hacer y nunca debe hacer un periodista”.

Lo teclee porque estaba atónito (y también hastiado) a causa de la gran cantidad de mentiras que se esparcían por todos lados. Las redes sociales, las charlas de café, cualquier tertulia en el lugar que fuera estaba contaminada por las falacias que divulgaban todos los bandos en contienda, todos los simpatizantes de los candidatos. Todos, sin excepciones. Hasta amistades y familiares enfurecían ante los desvaríos que se adjudicaban uno y otros.

Entre esos grupos en conflicto, que igualmente daban información sesgada, tergiversada, manipulada, incompleta, fuera de contexto, también había no pocos periodistas y varios articulistas (no es lo mismo) que tenían amistades, intereses o complicidades con alguno de los rivales

En medio de ese ambiente turbio, le narraba yo a los lectores que mi abuelo, Manuel, fue periodista. Fue cofundador de Excélsior y murió en 1968 siendo Director General de ese diario. Y que mi padre, también de nombre Manuel, igual fue periodista. Fue Subdirector de ese Excélsior hasta el golpe de 1974, patrocinado por el entonces presidente Luis Echeverría y perpetrado por el traidor en turno, Regino Díaz Redondo. Luego, desde 1977, Manuel fue fundador y Director General del Uno más uno, aquel extraordinario periódico, parteaguas en el periodismo mexicano, que vivió hasta 1989, cuando otro golpe, éste patrocinado por Carlos Salinas de Gortari, y ejecutado por un traidor cuyo nombre de sepulturero no recuerdo, provocó la extinción del diario.

Y tecleaba yo en 2018 que, muchos años atrás, en 1982, a los 18 años, decidí que también quería ser periodista. ¿Qué me inculcaron entonces (mi padre a mí, antes mi abuelo a él) sobre lo que nunca debemos hacer los periodistas? Actualizo la lista que escribí hace casi tres años y medio…

  1. Mentir.
  2. Calumniar.
  3. Difamar.
  4. Ocultar información.
  5. Dar información incompleta.
  6. Distorsionar hechos.
  7. Sesgar acontecimientos.
  8. Tergiversar información.
  9. Sacar de contexto información.
  10. Manipular la información.

Estos ocho puntos también le están prohibidos a cualquier político que se ufane de ser honesto y que presuma ser diferente de aquellos priistas que tanto abominaron los mexicanos hasta que los echaron del poder dos veces. Esos ocho puntos le deben estar vedados a un presidente, a cualquier presidente.

Como al presidente López Obrador, que tiene derecho a criticar lo que considere criticable, todo lo que quiera… pero sin mentir. Sin calumniar, sin difamar, sin ocultar información, sin dar datos incompletos, sin distorsionar hechos, sin sesgar acontecimientos, sin manipular información, sin tergiversarla, sin sacarla de contexto. Sin generalizar, porque lo que haga o piense un grupo no representa a todos nunca, en ningún lado. Si en un condominio de avanzada hay un grupo priista conservador que va en contra de transformaciones, eso no significa que todos los vecinos del lugar hayan dejado de ser liberales y progresistas. Eso es un simplismo imperdonable en cualquier Jefe de Estado.

Si el Presidente utiliza cualquier recurso torcido de ese decálogo para hacer política, para criticar algo (ciertamente todo es perfectible, todo se puede transformar), entonces se nulifica a sí mismo. Se invalida. Se multiplica por cero y solo enrarece el ambiente, ya que sus peroratas no serán más que discursos incendiarios para desviar la atención de otros problemas que él no quiere que sean parte de la agenda mediática y política.

Digo, ya estamos grandecitos y nos las sabemos casi todas, y como él mismo dice: el pueblo no es tonto, es sabio, aunque sea manipulado y hechizado un rato…

BAJO FONDO

Ahora recupero y actualizo también la lista de lo que me inculcaron que sí debemos hacer y e interiorizar los periodistas:

  • Cotejar la información. Aunque alguien te diga que cierta información es fidedigna, tú duda de todos y ve a cotejar todo lo que te dijeron.
  • Verificar la información. Luego de que cotejaste, ve a verificar la información. Y vuelve a dudar de todos.
  • Reconfirmar la información. Luego de cotejar y verificar, ve a reconfirmar la información con una tercera o sexta fuente.

Todo lo anterior también aplica para un presidente, cualquier presidente, el presidente de México: ¿quiénes le han hablado al oído a López Obrador durante estos casi tres años y le han mentido, lo han desinformado, le han dado información sesgada? ¿Por qué han abusado así de él, por qué han abusado de su confianza? Para implantar y desarrollar sus agendas políticas en distintas instituciones. Por codicia, pues. Mira, Presidente, este lugar está así y así, podríamos hacer esto, si quieres yo me encargo. “Veremos”, decía el Presidente, pero la discordia ya estaba implantada.

El enemigo de Palacio Nacional está… en casa, ahí ha estado todo el tiempo durante este sexenio, con varios rostros diferentes, pero siempre dándole información incompleta al Presidente. Dos de esos caballeros ya fueron expulsados de los pasillos palaciegos, pero no se fueron por desinformadores, los echaron por codicias políticas y traiciones, y la cizaña que sembraron ahí quedó, en el oído del Presidente, sin que éste tuviera el rigor de ir a verificar la veracidad de lo que le decían.

Por eso López Obrador, cuando requiere políticamente de alguno de esos venenos que le inocularon, lo suelta sin haber testado su autenticidad y logra su cometido: hacerse con el poder de la agenda mediática.

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