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Foto: Emeequis

La sátira ha sido parte fundamental de la cultura política de esta tierra, incluso, desde antes de que México fuera un país independiente.

Durante la época colonial abundaron los versos y comedias contra la dominación española. La Inquisición persiguió a la literatura popular, la cual, mediante la sátira y la burla, dio vida a una conciencia de autonomía y sembró la semilla de la independencia (Manuel López Forjas, en Arte, cultura y poder en la Nueva España, 2016).

En diferentes momentos de la historia, la ridiculización de los personajes encumbrados ha servido para transitar del enojo estéril a la reflexión y la participación en política.

Uno de los casos más conocidos es el teatro de carpa y su exponente más consolidado, Jesús Martínez Palillo. Tanto hacía enojar al entonces regente Ernesto P. Uruchurtu, que varias veces lo pagó con la cárcel y la clausura de sus escenarios.

Con el tiempo, la sátira fue ganando reconocimiento e incluso se abrió camino en la televisión. Hoy está claro que esa forma de expresión tiene frecuentemente una mayor capacidad de desbaratar la acartonada retórica de los políticos mexicanos que el análisis académico más sesudo.

Sin embargo, el chiste político podría estar en peligro ante la sobrerregulación de la actividad electoral que los partidos han inscrito en la ley por efecto de la profunda desconfianza heredada de la época anterior a la transición democrática.

Seguramente con buenas intenciones, el legislador colocó entre las conductas punibles la violencia política de género. Está claro que durante largo tiempo la política era una actividad casi exclusiva de hombres y que una de las maneras de frenar la entrada de las mujeres era la estigmatización.

Aunque todavía hay mucho que avanzar, hoy vemos cada vez más mujeres en posiciones de poder y responsabilidad. Pero sería lamentable que las reglas que han ayudado a empujar ese cambio fuesen aprovechadas para callar a los cómicos que, mediante chistes sobre los poderosos, ayudan al ciudadano a trascender las apariencias con las que se construyen las carreras en la administración pública.

Esta semana, el comediante regiomontano Marco Polo fue denunciado por violencia política de género por la candidata de Morena a la gubernatura de Nuevo León, Clara Luz Flores Carrales, luego de la difusión de un sketch en el que fue parodiada. Flores carga con la mala fama de ser controlada por su esposo, el también político Abel Guerra Garza, pero eso no es culpa de Marco Polo y su equipo.

Si la actual puntera en las encuestas cree que la mencionada parodia le causa menosprecio en su condición de mujer y la estigmatiza, debió haber comenzado por denunciar a su cónyuge, quien, en un video que se puede encontrar fácilmente en internet, dijo una vez que “la gente vota por Clara porque es mi esposa”.

Por la razón que sea, Marco Polo decidió no hacer frente a la denuncia. Bajó de sus redes sociales los videos donde sale el personaje de “Carla Lucía” que hace alusión a Flores. Y en conferencia de prensa, ofreció disculpas a la candidata. “Nuestra intención –dijo– jamás ha sido ni será menoscabar el esfuerzo de las mujeres y lo que hacen para participar en la vida pública del país”.

Sin embargo, Judith González, la actriz que interpreta el personaje en la serie que el equipo realiza sobre la contienda electoral en el estado, se inconformó con la decisión y con la denuncia presentada por Flores. “Yo tengo derecho de manifestar mis ideas y nadie tiene derecho de limitar mi libertad de expresión”, afirmó según Milenio.

Aunque signifique aún más regulación, el legislador debiera definir con mayor claridad qué debe entenderse por violencia política de género y estipular quiénes pueden cometerla. Desde mi punto de vista, el arte –que eso es la sátira política– debiera quedar exento.

Durante el gobierno de Vicente Fox, la actriz Raquel Pankowsky hizo una muy popular parodia de la entonces primera dama Marta Sahagún, que ayudó a muchos a entender los riesgos de que la “pareja presidencial” quisiese actuar en tándem. De la parodia no se han salvado Angela Merkel ni Jacinda Ardern, quienes están entre las más eficaces mandatarias que hay hoy en el mundo. Y ambas lo han tomado de muy buena manera.

Si Clara Luz Flores tiene tanto temor a un sketch humorístico, quizá no vaya a aguantar las presiones de la gubernatura.

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