Recomendamos: La esperanza desecha y la triste victoria de Victoria Esperanza, por Francisco Javier Acuña

Foto: Getty Images

A Victoria la mataron cuatro policías —incluida una mujer—. Emplearon sobre su menuda condición humana la brutal desproporción montonera del poder físico y la arrogancia implacable de una supuesta autoridad basada en la adrenalina de someter y no en la lógica de sujetar para investigar.

Vino a refugiarse y se detuvo en Tulum. Como una paloma mensajera, jamás imaginó que iba a ser sacrificada. Victoria Esperanza ingresó a México por la frontera sur; arribó de puntillas, como los niños cuando no quieren hacer ruido por temor a despertar al monstruo de sus pesadillas. Sin sospecharlo, se confió y entró a las fauces de la bestia.

Victoria Esperanza terminó huyendo de su país natal, como tantas y tantos mexicanos lo han hecho, y lo harán en el porvenir, respecto del terruño: huyendo de la precariedad laboral, de la desventura económica, de la inseguridad pública por delincuencia cotidiana y de la que causa la anarquía en favor del narcopoder.

Victoria, era como tantas mujeres en el mundo del siglo XXI, que abandonan sus lugares de origen para —además—, superar la impotencia por el machismo estructural que cancela oportunidades para ellas, porque nacieron o viven en los enclaves en los que la ignorancia y la tradición rural o suburbana coloca techos de cristal para limitar sus alcances.

¿Victoria creyó que acá iba a encontrar lo que en su patria no había para ella y para los suyos? No. Seguramente su meta no era permanecer demasiado en México: el odiado y a la vez amado país hermano mayor.

Victoria vino con la esperanza de triunfar. “Triunfar” es algo que en el caso de las mujeres migrantes admite dos acepciones: primero significa sobrevivir (tal cual); después, una vez lograda cierta estabilidad personal y social, triunfar, como para todos significa construir la base de la prosperidad (que incluye la posibilidad de alcanzar la felicidad).

Victoria no consiguió triunfar, pero su causa será la del estandarte para que otras muchas no sean cobardemente aplastadas; y esa causa, esa sí, triunfará.

Victoria murió por amar la vida y desear cambiar su situación. Por eso emprendió esa aventura temeraria que la vida le costó. Victoria se internó en la selva maya, y fue a ese sitio cósmico, Tulum: “frente al mar” sin sospechar que, como Alfonsina, se iba a quedar sin aliento en el fondo del mar; pero ella no por su propia decisión, como la poetisa lo hizo como una forma de sugestiva protesta por el desamor. Victoria fue ahogada en el mar de la intransigencia del supuesto orden público que persigue la legalidad.

Victoria llevaba en su nombre la doble condición para triunfar: tener esperanza de vida y lograr así la victoria frente a la adversidad. Hoy, Victoria Esperanza Salazar es un emblema del martirio arbitrario.

Tulum debería llamarse “Tulum de Victoria Esperanza”, para que sirva de faro que ilumine a la humanidad.

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