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UNAM

Al momento de escribir esta nota, el presidente Andrés Manuel López Obrador, contabilizaba ya tres días al hilo de críticas extrañas e invectivas, venidas a propósito de nada, en contra de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ayer volvió con esto: “la UNAM estaba dominada por lo más retrógrada que había… durante el periodo neoliberal, la facultades de ciencias sociales estaban dominadas por conservadores… no ha estado a la altura de las circunstancias”.

Si tomamos con literalidad sus dichos, el presidente imagina a las instituciones educativas como parte de la “transformación” que él encabeza; debe ser entendida en línea con su credo, de su propia y muy particular visión de la nación. Si las universidades (como el resto de las instituciones autónomas) no se sujetan al libreto ni a la pauta del presidente deben ser modificadas, cambiadas, más precisamente, deben ser intervenidas.

A mi modo de ver, por tan desmesurado que suene, así es como se entiende la nueva obsesión presidencial: las universidades como parte de su empresa sexenal.

Pero ¿es esto lo que la sociedad, la sociedad científica, académica, los estudiantes y las autoridades universitarias están dispuestos a admitir? Creo que nadie en esas comunidades, ni lejanamente. Lo que anuncia una ruta de colisión.

Las insistentes declaraciones del presidente no son inocentes. Su machacona, no es una espontánea “expresión de su opinión”, sino que intenta construir una narrativa, poner el foco de sus huestes hacia la UNAM. Se trata de hacerla parte de su órbita, lo que incluye una “sacudida”, amagos y si se puede, una nueva ley orgánica como solución a los conflictos por ellos creados.

El punto es que las universidades -y sobre todo la UNAM- no son y no pueden caber en un proyecto de esa naturaleza. Fruto de la modernidad, de la masificación, diversificada a más no poder y ampliamente acreditada en el imaginario de las clases sociales medias y bajas, su papel no puede ser el de acompañar ninguna empresa política, sino cobijar al conociminto y a los cuadros de cualquiera que legítimamente se presente en el pluralismo mexicano.

Nadie -nadie en la izquierda- debería pecar de ingenuo cuando se trata de una institución tan clavada, real y simbólicamente, en el corazón de su historia. Lo que el presidente está gestando es un clima de intervencionismo para alinear a la UNAM (y al conjunto de universidades públicas) dentro de su proyecto centralista e ideológico. No a la autonomía, sino militancia, no libertad de cátedra sino la sumatoria en su “proyecto de transformación”.

El carácter abrumadoramente conservador de su visión (un enorme centro de estudio e investigación imaginado en fila y bloque contra “los neoliberales”) indica, a las claras, la existencia de un estado de ánimo que no admite el pluralismo ni siquiera en la academia y que coloca en su diana a la UNAM como objeto de su orientación “depuradora”: ahora sí “moralizada” con el “compromiso social”, que es el compromiso con López Obrador.

En el futuro cercano la Universidad Nacional y la universidad pública toda, autónomas y plurales, no podrán ser defendidas por razones corporativas o legales, sino solo porque los directamente interesados -los universitarios- defiendan su doble condición: autónoma y plural. Será necesario que en las comunidades académicas y científicas, profesores, investigadores y estudiantes exista el convencimiento firme de que los pilares y principios de la universidad deben preservarse y fortalecerse, ahora más, frente al embate del poder público. Y eso sucederá, si ninguno olvida que la universidad entiende sin complejos ni enredos, que su principal compromiso social reside en lo que miles de estudiantes y profesores, de todas las clases y todas las ideologías, pueden enseñar y aprender en ella.

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