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Foto: Getty Images

Dos días han bastado para que las Air Jordan 6 Carmine, el último modelo de la una de las líneas más célebres y deseadas de Nike, se agoten en su web. La prueba de que estas zapatillas sobrepasan la condición de calzado deportivo y se convierten en un objeto de culto. ¿Cómo ocurrió? La historia tiene tanto que ver con el deporte como con la mística de un personaje que, desde hace décadas, arrastra millones de seguidores. Y de dólares.

Pero no siempre fue así. Antes de 1984, el mundo de las zapatillas de baloncesto era un aburrimiento. La NBA estaba a punto de convertirse en un acontecimiento de altura, pero lo que rodeaba aquellos pies gigantescos que la soportaban era un tostón. Todas las estrellas llevaban Converse, y solo variaba el color de su franquicia: Magic Johnson, Larry Bird, Julius Erving… Incluso Nike, que había acertado con las Nike Blazer –las que calzaba George “The Iceman” Gervin en los Portland– había entrado en la atonía más absoluta.

Y, sin embargo, todos veían que ese deporte era una oportunidad de negocio. La clase media afroamericana crecía, su deporte favorito era el baloncesto y Nike, que no tenía unas cuentas precisamente boyantes, quería calzarla. Pero no sabía cómo. A la firma de Oregón aquello de la canasta le quedaba muy lejos del tartán de atletismo y las pistas en las que se había hecho popular y que ahora dominaba Reebok. Además, era considerada una marca para blanquitos.

Incapaces de asociarse con las estrellas consolidadas, uno de los directivos de Nike, Sonny Vaccaro, tuvo una idea. Había que apostar por los jugadores que todavía no eran profesionales. Por ejemplo, por aquel muchacho de la Universidad de North Carolina que le fascinaba. Se llamaba Michael Jordan y todo indicaba que se incorporaría a la NBA en puestos de honor. Vaccaro se mostró tajante: “Dádselo todo al chico”, recuerda que dijo a Nike en el reciente documental One Man and His Shoes (Un hombre y sus zapatillas, dirigido por Yemi Bamiro y que llegará próximamente a Movistar). Nada de gastarlo en dos o tres jugadores. Había que apostar al 100% del presupuesto del departamento de baloncesto de Nike en aquel número 23 que jamás había jugado un partido de la NBA.

El representante de Michael Jordan, David Falk, estaba de acuerdo, pero era mucho más ambicioso que Vaccaro: “Le dije a la compañía que, aunque pareciera una locura, quería que trataran a Michael como si fuera un tenista. Quería que tuviera su propia línea de zapatos y de ropa, que protagonizara anuncios, que lo trataran como a las estrellas de los deportes individuales”, confiesa en el documental. Quería que su representado tuviera la categoría de Jimmy Connors, de Stan Smith, de Arthur Ashe, por oposición a cómo se negociaba con los profesionales de los deportes de equipo. Nike aceptó la apuesta. Cinco años a razón de dos millones y medio de dólares de contrato para alguien que no había debutado. Puso sus condiciones, eso sí: tenía que ser Rookie del año, All-Star y enchufar 20 puntos por partido en sus tres primeros años. Con semejante cantidad, también prometió lo que entones parecía una menudencia: un porcentaje de la venta de cada par de sus zapatillas.

Solo había un pequeño problema. Michael Jordan, por extraño que parezca, no quería ver su nombre junto al de Nike. Su marca favorita, la que vestía y calzaba y con la que deseaba trabajar, era Adidas. Pero la firma de las tres rayas o no quería o no podía dedicarse al baloncesto. El capítulo 5 de la serie de Netflix / ESPN El último baile cuenta las reticencias del 23 a reunirse con la firma de Oregón… y cómo tuvo que cambiar de opinión después de que su madre le amenazara con la táctica infalible de cualquier madre: tirarle la zapatilla a la cabeza.

Falk, Vaccaro, y sus padres lo convencieron a regañadientes. El diseñador Peter Moore se puso a crear la Air Jordan I, apodada “Bred”. Para sorpresa de muchos –e inquietud de Nike– Jordan no fue el número uno del draft (puesto que obtuvo Hakeem Olajuwon), ni siquiera el dos (para Sam Bowie, uno de grandes fiascos del aro). Fue tercero y acabó en los Chicago Bulls. Un equipo sin historia, sin anillos y, como Nike, con serios problemas económicos. Allí fueron a parar el 23 y sus zapatillas Air Jordan I. Eran negras y rojas.

Moore hizo que sonara Jump, de The Pointer Sisters, para mostrárselas. Pero ni la música calmó a un Michael Jordan que las odiaba. Cuando en Nike le preguntaron por qué, contestó que porque “tenían los colores del demonio”. “¡Pero si son los colores de tu equipo!”, le contestó Moore. No era el único que las detestaba: a David Stern, el comisionado de la NBA, el hombre más poderoso del negocio, tampoco le gustaban. Las zapatillas debían ser blancas, como las del resto. Al menos, en un 51%. Así se lo hizo saber a Nike un mes y medio antes de que Jordan las luciera, bajo amenaza de una multa de 5.000 dólares cada vez que desobedeciera.

Miel sobre hojuelas para el departamento de marketing de Nike. La firma y el jugador cumplirían las normas, pero… el anuncio desató la locura entre los compradores, desesperados por calzarse las zapatillas prohibidas. Y aún más después de que Jordan las luciera en el concurso de mates de 1985, festividad en la que las reglas podían incumplirse, el día que el planeta descubrió que Jordan eran mitad hombre, mitad aerolínea.

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