Recomendamos: “Ya no soy yo”: los últimos días de Robin Williams, un genio que se estaba rompiendo por dentro

Foto: Getty Images

“¿Puedes imaginarte el dolor que debió sentir cuando se dio cuenta de que su mente se estaba desintegrando? Y además debido a algo desconocido”, dice Susan Schneider Williams, la viuda de Robin Williams, en el nuevo documental que narra los últimos meses de su vida, Robin’s Wish, dirigido por Tylor Norwood.

La mañana del 11 de agosto de 2014 Susan se levantó pronto y, como siempre, esperaba encontrar a Robin ya levantado, dando vueltas por la casa y dispuesto a practicar una hora de meditación. Desde hacía meses, era evidente que algo no iba bien en la cabeza de su marido. Williams tenía dificultades para actuar, para recordar sus líneas, dormía muy mal, su brazo izquierdo no le respondía, le costaba relacionarse con sus amigos y salir de casa, y se obsesionaba con cosas absurdas, como una noche en la que se convenció de que uno de sus mejores amigos, el cómico Mort Sahl, iba a morir antes del amanecer y lo llamó de manera insistente y con la consecuente desesperación porque no obtenía respuesta. Mort sigue vivo; ese día estaba durmiendo.

La meditación era de las pocas cosas que le ayudaban a encontrarse mejor. “Meditábamos juntos cada mañana. Cuando me levanté y vi que la puerta de su habitación seguía cerrada, pensé, ‘Dios mío, ¡está durmiendo! Es muy buena señal’”, explica Susan en el documental. “Llegó su asistente porque tenían trabajo que hacer y ya era la hora de marcharme, así que le dije ‘Mándame un mensaje cuando se despierte’. Al rato recibí uno que decía: ‘Todavía no se ha levantado, ¿qué hago?’ Entonces supe que algo iba mal, muy mal. Le contesté ‘Despiértalo inmediatamente y llámame’. Entonces me llamó y…”.

Robin se había colgado durante aquella noche en un armario de la habitación en la que dormía solo debido a sus problemas de insomnio y a que, debido a su enfermedad, tenía alucinaciones que le hacían hablar a gritos de madrugada. Cuando se hizo pública la noticia, el tranquilo barrio al norte de San Francisco en el que vivían, donde a Robin le gustaba comportarse como un vecino más, se llenó de periodistas, cámaras de televisión, camiones con enormes antenas e incluso un helicóptero que tomaba imágenes aéreas de la zona. Durante las siguientes semanas, los medios no dejaron de especular sobre las causas del suicidio: drogas, depresión, trastorno bipolar y bancarrota.

Nadie tenía razón, pero todavía hay gente que piensa que esto tuvo algo que ver. El documental no se detiene demasiado en las especulaciones mediáticas que siguieron al fallecimiento de Williams; se sitúa unos meses después, en octubre de 2014, cuando Susan recibe la autopsia y descubre que en realidad el causante de todo aquello es la demencia con cuerpos de Lewy.

“La demencia con cuerpos de Lewy es una enfermedad devastadora”, resume en el documental el doctor Bruce Miller, director del Centro de la memoria y el envejecimiento en la Universidad de California San Francisco, que trató personalmente el caso del actor. “Es letal y evoluciona rápidamente. Analizando cómo afectó al cerebro de Robin, descubrí que era el caso más agresivo de Lewy que he visto en todos mis años de carrera. Prácticamente todas las áreas de su cerebro habían sido afectadas. Es realmente sorprendente que pudiera moverse o caminar”. Y finaliza: “Las personas con cerebros excepcionales, que son increíblemente brillantes, suelen resistir y tolerar mejor las enfermedades degenerativas que las que tienen un cerebro normal. Esto demuestra que Robin Williams era un genio”.

Esta dolencia se caracteriza por la acumulación de una proteína en determinadas zonas del cerebro formando placas (los llamados cuerpos de Lewy) muy similares a las que se pueden observar en la enfermedad de Alzheimer y de Parkinson, ambas muy similares en síntomas. Las acumulaciones hacen que el cerebro no funcione correctamente. “Cuando leí los síntomas: cambios de humor, problemas de movimiento, depresión, miedos, ansiedad, alucinaciones, problemas de sueño, paranoia…”, comenta Susan sobre ese momento en el que se dio cuenta de que todo encajaba. “Si simplemente hubiéramos sabido el nombre de la enfermedad que sufría Robin, solo eso le habría dado un poco de paz”. Pero este tipo de demencia solo se puede diagnosticar tras la muerte del paciente.

“Estaba muy frustrado. Recuerdo que me dijo: ‘Ya no soy yo. No sé qué me está pasando. Ya no soy yo’”, recuerda Shawn Levy, director de Noche en el Museo 3, su última película, que fue un infierno para el actor. “Cuando llevábamos un mes de rodaje, era evidente que algo le pasaba. Su mente ya no funcionaba a la misma velocidad. Su chispa se había apagado. Tuvimos que reformular algunas escenas para que las pudiera grabar, fue más trabajoso para mí, pero hubiera hecho cualquier cosa por Robin”.

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