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Imagen: Museo del Prado

Benito Pérez Galdós habla de ella en términos positivos en sus ‘Episodios nacionales’. María Cristina de Borbón Dos Sicilias (1806-1878), nacida en Palermo, se casó con su tío, Fernando VII, con el fin de darle un heredero al trono, y tuvieron dos hijas. La primogénita, futura Isabel II, pudo reinar al reinstaurarse la ley sálica que permitía a las mujeres heredar la corona.

Entre sus benéficas influencias en el torpe Fernando VII, se cuenta la adopción del garrote vil –en vez de la horca– como método de ejecución rápido (fue un tierno regalo de cumpleaños del monarca a su esposa).

Acostumbrada a gobernar, primero en los momentos de grave enfermedad de su marido, y luego tras su muerte en 1833, ejerció la regencia del país –dada la minoría de edad de su hija– hasta 1840, cuando se vio obligada a cedérsela a su rival Espartero.

María Cristina tuvo que afrontar serios problemas como las primeras guerras carlistas, contra los partidarios del infante Carlos –hermano de Fernando VII– como heredero del trono español.

Paula Cifuentes ha abordado recientemente su figura en el libro ‘María Cristina. Reina gobernadora’ (Ariel). Allí, cuenta como la reina, viuda, se enamoró de un atractivo guardia de corps, Agustín Fernando Muñoz, a quien define como “su único sostén verdadero, su única familia y su único amigo real”. Con él contrajo un matrimonio morganático secreto, posteriormente bendecido por el Papa. Tuvieron ocho hijos, a los que dispensó un cariño maternal del que carecieron sus hijas con el rey. Pero, como se trataba de una relación mal vista por la sociedad de la época, la reina intentaba disimular sus embarazos en las apariciones en público, luciendo vestidos muy amplios.

Se casó en secreto con un guardia de corps con el que tuvo ocho hijos. Intentó que el primogénito fuera rey de Ecuador

En 1840 María Cristina llegó a Barcelona, para tomar baños, y su carruaje desfiló por las Ramblas. Los alborotos que hubo por sus decisiones acabaron con varios muertos, entre ellos el escritor Francisco Balmes, cuyo cuerpo ensangrentado fue paseado por la turba por toda Barcelona, en lo que se conoce como “el motín de las levitas”.

Ya exiliada en Francia, sus partidarios en Barcelona –encabezados por el cónsul francés, Ferdinand de Lesseps– se alzaron contra la política librecambista de Espartero, quien, en 1842, bombardeó la ciudad desde Montjuïc. En su exilio parisino, María Cristina conspiró con el general Prim, y finalmente su hija Isabel fue nombrada reina a los 13 años, en 1843, lo que la convertía a ella en reina madre.

Volvió a Madrid en 1844 y se metió en negocios –minas de sal, ferrocarril y esclavos– que multiplicaron su fortuna. La reina Isabel II convirtió al marido de su madre en grande de España. María Cristina participó en un fallido complot para instaurar la monarquía en Ecuador, Perú y Bolivia en la figura de su primogénito con Muñoz. En 1854, María Cristina tuvo que volverse a exiliar.

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