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Imagen: Especial

La relación entre Aristóteles y Alejandro se remontaba a tiempos anteriores al nacimiento de ambos. El primero era hijo de Nicómaco, médico de Amintas III de Macedonia. Y este rey era el padre de Filipo II, y por tanto abuelo de Alejandro Magno. Aristóteles y Filipo se conocían desde niños, cuando vivían en la corte de Pella, la capital macedonia. Allí crecieron en el mismo entorno palaciego.

A los 17 años Aristóteles marchó a Atenas para ponerse bajo la tutela de un hombre excepcional: Platón, un discípulo de Sócrates. En su Academia pasaría el macedonio dos decenios. A la muerte del maestro, abandonó la ciudad con dos colegas para crear una escuela propia en Asia Menor. Y en 343 a. C. recibió la invitación de Filipo, su compañero de juegos de la infancia, para que educase a su hijo.

Aristóteles rondaba la cuarentena. Su amor por el conocimiento no le impedía disfrutar de los lujos. Le encantaba vestir ropas elegantes, y sus exquisitos modales dejaban ver con claridad que se había criado en un palacio. No era el tipo de preceptor que la reina Olimpíade quería para su hijo, a quien había hecho sufrir los rigores de Leónidas, un tutor a la espartana.

Alejandro, en cambio, de 13 años, se sentiría fascinado. El adolescente, tan valiente como sensible, llevaba mal las burlas de su padre, que lo tildaba de ser “el enamorado de Homero”, en alusión a su costumbre, para el rey afeminada, de cantar poemas épicos al son del arpa. En descargo de Filipo, había sido suya la iniciativa de procurar al heredero un maestro digno de su inteligencia.

Las materias que debía impartir Aristóteles al joven se ajustaban a los cánones de su época y su cultura. Gramática, retórica y filosofía, ciencias políticas y naturales, medicina y astronomía, geometría, música y clases centradas en Homero, a quien el muchacho admiraba.

Aristóteles educó a Alejandro durante dos o tres años. Se sabe que la enseñanza se desarrollaba al aire libre, sentados el hijo de Filipo y sus condiscípulos en bancos de piedra a la sombra de los árboles. El filósofo dedicaba las mañanas a explicar los asuntos más complejos y las tardes a las asignaturas comunes, meramente informativas.

Alejandro se benefició de este pedagogo de lujo, pero Aristóteles sacó tajada también. Con una remuneración generosa y con un favor excepcional que le prodigó Filipo II. El rey mandó reconstruir su localidad natal, Estagira, arrasada por una guerra reciente, y se ocupó de que los conciudadanos del sabio fueran repatriados.

Pocos datos más nos han llegado de la relación entre el filósofo y Alejandro. Las cartas que se enviaban el uno al otro en las campañas asiáticas del Magno son consideradas refundiciones imaginativas de autores posteriores.

Alejandro, en 340 a. C., con 16 años, comenzó a asistir oficialmente a Filipo en las tareas gubernamentales y militares. Aristóteles siguió perfilando su sistema filosófico. En cuanto a su influencia recíproca en lo futuro, se prolongó, pero está abierta a la interpretación.

¿Una influencia perdurable?

Algunos especialistas aseveran que el Alejandro adulto distó mucho de ser un hombre que hubiese aprendido el dominio de sí mismo que predicaba Aristóteles. El justo medio del “ni demasiado, ni demasiado poco” se hace trizas frente a la imagen del conquistador entregado a una ambición insaciable, a pasiones sexuales, a un fuerte sentimentalismo o a copas y más copas de vino.

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