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A sus 84 años, Woody Allen ha escrito, más que un ‘Yo acuso’, un ‘Yo me defiendo’, unas memorias marcadas por la acusación de su hija adoptiva Dylan y de su exesposa, Mia Farrow, de haber abusado de la entonces niña de siete años en la casa en Connecticut de la actriz. Un tercio de las páginas de Apropos of Nothing (A próposito de nada), editado este lunes por sorpresa por Estados Unidos por Arcade Publishin y que se puede adquirir online en todo el mundo, está dedicado a desmontar esa acusación –de la que le han declarado inocente dos investigaciones independientes judiciales en Yale y Nueva York-, a explicar lo “naíf” que fue en su relación de 13 años con Farrow (marcada por un montón de detalles extraños que él mismo califica de “banderas rojas” a las que no hizo caso) y su amor por Soon-Yi Previn, su esposa desde 1997, hija adoptiva de Farrow, y a quien dedica esta autobiografía que en España editará el 21 de mayo por Alianza Editorial.

A lo largo de sus 400 páginas, en las que el neoyorquino confirma su talento como narrador, se suceden anécdotas –le encantan sobre todo las historias que le desmitifican- y recuerdos de sus rodajes y de la gente que ha conocido. Las frases fluyen, y el cineasta ha apostado por un tono nostálgico para trasladar a los lectores a diferentes etapas de su vida personal y artística. Es mucho más divertido al inicio, en la descripción de su infancia y del mundo de Brooklyn, en el que nunca se sintió “cómodo o entendido”. Con un abuelo paterno rico que lo perdió todo en el crash del 29, con un padre que se ganó la vida como pudo y una madre “idéntica a Groucho Marx”, al joven Allan Stewart Konigsberg solo le interesaban los deportes, la magia y escaparse a la mínima a Manhattan, el Nueva York que de verdad le fascinaba. Su prima Rita, de 10 años, le llevaba al cine habitualmente a sus cinco años. “Vi cada película que hizo Hollywood, cada filme de serie B”, escribe, y confiersa que sus favoritas eran “las comedias champán”, que se desarrollaban en lujosos áticos “con hombres de diálogos ingeniosos y mujeres que vestían como ahora solo se iría a una boda en el palacio de Buckingham”.

Ahí empezó a construir su propia realidad. Allen cuenta que nunca ha ido a un funeral, y que la única vez que ha visto un cadáver fue en el velatorio de Thelonious Monk. “En realidad, soy como Blanche [la protagonista de su obra favorita, Un tranvía llamado deseo], que dice: ‘Yo no quiero realidad, quiero magia’ […]. Intenté ser mago, pero descubrí que solo podía manipular cartas y monedas, no el universo”. Y, subrayando este amor por un mundo perfecto inexistente, confirma: “Cuando me preguntan qué personaje de mis películas se parece a mí, solo hay que fijarse en Cecilia, de La rosa púrpura de El Cairo”.

Allen fue precoz en muchos sentidos. Con 11 años se largaba en metro con un amigo a Manhattan, donde descubrió el mundo del vodevil y de los cómicos. “Entre las diversas ideas equivocadas que la gente se ha creado sobre mí está la de que, como llevo gafas, soy un intelectual y muy poco atleta. Gran error. Era muy rápido, un muy buen jugador de baloncesto que hubiera querido hacer una carrera sino fuera porque acabé contratado como escritor de chistes”. Con 15 años ya publicaba gags en varios periódicos, y cambió su nombre a Woody (“Me parecía ligero”) Allen (“Por mantener algo del mío original”). Con 18 ganaba el triple que sus padres y con 20 años, ya casado, trabajaba en Los Ángeles junto a algunos de sus ídolos, como Mort Sahl o Sid Caesar, y codo con codo con una nueva generación de cómicos como Mel Brooks.

Más información: https://bit.ly/3dvPPye

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