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Foto: Adria Salido/GTRES

Decía el psicólogo Luis Cencillo que el niño descrito como raro, poco sociable e inhibido sufría mucho por sus múltiples etiquetas. Si fuéramos capaces de comprender que más que raro, es un niño tímido, todo cambiaria. De ahí la gran importancia de las atribuciones que hacemos sobre los comportamientos de los niños y los adolescentes. Basándome en las ideas de Cencillo, siempre he creído que el adolescente ha sido (y es) un gran incomprendido.

No terminamos de entender sus conductas impulsivas, soberbias, inmaduras y retadoras porque no hacemos correctas atribuciones. Y lo peor de todo es que, detrás del aspecto de duros e independientes que muestran, hay unas personas en proceso de ser adultas que sufren mucho, pues a nadie se le escapa que la adolescencia es un verdadero tsunami emocional y hormonal. Creo que sí, madres, padres, profesores y profesionales, supiéramos más sobre el funcionamiento cerebral, los adolescentes dejarían de ser los grandes incomprendidos. Finalmente les entenderíamos y podríamos hacer, como bien decía Cencillo, atribuciones correctas, realistas y coherentes sobre sus actitudes y comportamientos impulsivos, tercos, egoístas, inmaduros, irresponsables y de cambios anímicos repentinos que no siguen ninguna lógica. No dudo que frecuentemente se comporten de esta manera pero, la realidad, es que sus conductas son así debido a la metamorfosis cerebral que se está llevando a cabo en el interior de su cráneo. A simple vista no podemos ver qué ocurre en su cerebro, pero hoy en día, gracias a las modernas técnicas de neuroimagen y la vasta investigación que existe en neurociencia, sabemos muchas cosas sobre él que nos pueden ayudar a comprenderles y a desmitificar muchas de las ideas erróneas que hay alrededor de esta etapa. El tener más conocimientos sobre su desarrollo no hará que esas conductas emocionalmente cambiantes, esos comportamientos impulsivos e incluso insolentes desaparezcan, pero sí que nos ayudarán a realizar atribuciones sobre ellos y sus conductas que sean más coherentes, realistas y justas.

Debido a lo poco que sabemos y conocemos como padres y docentes sobre el funcionamiento del cerebro adolescente, suelo decir que los adolescentes son unos grandes incomprendidos. No por cómo son ellos, sino por lo poco que les conocemos y lo que ocurre en su cerebro a lo largo de esta etapa que evolutivamente implica una gran oportunidad de cambio y aprendizaje constante. Si algo caracteriza el cerebro adolescente es la gran cantidad de cambios que se llevan a cabo desde que dejan de ser niños hasta que comienzan a ser adultos (cambios físicos, hormonales y, por supuesto, cerebrales). Es una etapa de transición. En todos los años que dura la adolescencia, el cerebro es sometido a unos cambios profundos que marcarán y condicionarán su futura vida adulta. Podemos decir que su cerebro está en construcción.

Características más sobresalientes de esta etapa:

  • Impulsividad y reacciones viscerales
  • Preferencia por estímulos novedosos e intensos
  • Necesidad de experimentar emociones fuertes
  • Interés por el grupo de iguales (amigos, compañeros de clase, del equipo de fútbol, etc.)
  • Se intensifica la necesidad de pertenecer al grupo y ser visto por sus coetáneos
  • Distanciamiento tanto emocional como físico de sus padres
  • En ocasiones, desafiantes y retadores con la autoridad (padres, profesores, etc.).
  • Desmotivados y poco perseverantes con las tareas que no les interesan
  • Subestiman las consecuencias negativas de sus actos
  • Dificultades para regular sus emociones
  • Hiperactividad
  • Estado emocional cambiante
  • Bajo rendimiento en tareas de concentración, inhibición de impulsos, planificación, memoria, sobre todo si la tarea no es gratificante para ellos.

Estoy seguro de que muchas de las características o rasgos distintivos que acabamos de enumerar son de sobra conocidos tanto por padres como por profesores de la etapa adolescente. Solo decir que son características generales, para nada atribuibles a todos ellos, ya que existen diferencias individuales significativas.

El cerebro del adolescente

Si comparamos su cerebro con el de un adulto, veremos que la zona encargada de la gestión y regulación de todo lo que acontece en el resto del encéfalo (corteza prefrontal) aún es muy inmadura, motivo por el cual son tan impulsivos, temperamentales y se regulan emocionalmente tan mal. Y es que, su corteza prefrontal, estableciendo un símil tecnológico, está actualizando sus aplicaciones y reorganizando su cableado neuronal para convertirse en un cerebro más equilibrado y adaptado a la etapa adulta. Una de las cosas que ocurre en el cerebro adolescente es una especie de limpieza general, donde se eliminan aquellas neuronas inservibles y se refuerzan las que son útiles. La ley de hierro del cerebro es úsalo o piérdelo.

El comportamiento en la etapa adolescente es tan impulsivo y explosivo porque existe una gran descoordinación entre la zona emocional del cerebro (amígdalas cerebrales ubicadas en el subcórtex) y la zona pensante y ejecutiva (corteza prefrontal en el neocórtex). La carretera cerebral que une ambas zonas aún no es una autopista de peaje, sino más bien una comarcal. No puede hacerse cargo de todo el tráfico que tiene un cerebro adolescente. Lo cierto es que la corteza prefrontal del adolescente tiene una necesidad extrema de dopamina, de ahí que busquen emociones intensas y refuerzos inmediatos que, a veces, pueden dar lugar a pequeños o grandes sustos (accidentes con el monopatín, discusiones acaloradas con sus padres y embarazos no deseados). En ocasiones, los describimos como irresponsables e inmaduros, pero lo cierto es que su estructura cerebral nos da la razón: su corteza prefrontal, la encargada de asumir el control, la tranquilidad, el orden y el equilibrio de la persona, no está aún preparada para ello, está en obras. Por lo tanto es inmadura, claro que lo es.

Los adolescentes tienen una gran necesidad de ser vistos por sus iguales y de pertenecer al grupo. Su comportamiento es muy cambiante en función de dónde estén y con quién. Nada tiene que ver su conducta cuando están solos, cuando están con sus padres o con sus amigos. Se crecen cuando están con sus iguales y se inhiben en presencia de sus padres. Un interesante estudio llevado a cabo por Laurence Steinberg de la universidad de Temple (Filadelfia, Estados Unidos), proponía a adolescentes participar en un videojuego en donde tenían que conducir por la ciudad de una manera responsable. Cuando este jugaba solo, conducía de una manera bastante prudente y consecuente. En cambio, cuando jugaba en presencia de sus amigos, corría el doble de riesgos que cuando jugaban solos. Por lo tanto, en ausencia de los amigos son bastante más fríos y responsables, mientras que en presencia de sus iguales llevaban a cabo una conducción más impulsiva y caliente.

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