Recomendamos: Los dilemas morales del provocador Javier Marías

Foto: Klaus Holsting

Antes de su lectura, cada nueva novela de Javier Marías (Madrid, 1951) despierta eso que “los tontos”, como apostilla el narrador Tomás Nevinson, “llaman morbo”: por un lado, los servicios artísticos pretéritos convierten al autor en un mariscal de nuestra literatura; por otro, sus artículos airados con cualquier cosa del siglo XXI que no sea anacrónica lo han convertido en guilty pleasure para cierto sector del público que se lo toma a pitorreo o a enfado.

Todo esto planea externamente sobre Tomás Nevinson y ha contribuido a mi enorme diversión a lo largo de sus setecientas páginas. Creo que Marías desliza provocaciones deliberadas aquí y allá, sin ir más lejos en el arranque malicioso: “Yo fui educado a la antigua, y nunca creí que me fueran a ordenar un día que matara a una mujer…” Pero si leo mal sus intenciones, tanto da: es divertido imaginarlo gamberro, incluso a su pesar. También intuyo una sonrisa autoirónica, consciente de los manierismos en los que incurre: el espionaje, Oxford, las citas shakesperianas o de Eliot, el voyerismo, ese fraseo que Juan Marsé califica de “verboso” en Notas para unas memorias que nunca escribiré… Todo lo que convierte a Marías en Marías.

Sin embargo, insisto: si no hay autoironía y esa sonrisa es solo la mía (la de un lector que espera nuevas hipotaxis de Marías como el espectador exigía puñetazos con la técnica del molinete en cada película de Bud Spencer, y que las recibe con un regodeo en la repetición casi infantil), eso tanto da: las digresiones y dilataciones de Tomás Nevinson son las mejores de Marías en años. He disfrutado con ellas y lo mismo le pasará a cualquiera que aprecie al autor. Su camino desde Veneno, sombra y adiós ha sido un lento rehacerse y reapropiarse de sus señas de identidad para entregar, por fin, una novela a la altura de las mejores suyas. Guilty o no, si alguna vez Marías fue tu placer, Tomás Nevinson te hará feliz. A mí me ha pasado.

No quiero que mi tono jovial dé una impresión errónea: Tomás Nevinson no es un divertimento ni un Marías all star, sino una extraordinaria novela, precisa en su ejecución, milimétricamente controlada en su aparente dejarse ir, seria y hasta densa en su visión del tiempo, la identidad individual o las consecuencias de nuestras decisiones o indecisiones. Su protagonista, el marido de aquella Berta Isla que centró la anterior obra del autor, es un espía angloespañol que saldrá de su retiro prematuro para instalarse en una ciudad peninsular de provincias con la misión de descubrir la identidad falsa de una terrorista vinculada al IRA y a ETA.

En un mundo que solo concede espacio a la literatura cuando puede reducirla a algún tema apto para la tertulia sociopolítica, la cuestión del terrorismo pondrá Tomás Nevinson en el mapa y condicionará su recepción, pero no nos equivoquemos: Marías apenas dice nada revelador sobre esas dos organizaciones, sus entornos o la lucha antiterrorista. Lo que hace es explorar los dilemas morales que crecen en la tensión entre la estadística abstracta y la piel tangible, al mismo tiempo que sondea esos estratos que los años y la conciencia acumulan sobre el Yo. Tiene humor y a ratos una frivolidad elegante, pero el camino que conduce a su final hermoso y resignado no es indoloro.

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