Premio Nacional de Protección Nacional

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La muerte tiene un precio. Y la resurrección también. Sobre todo si se trata de Elvis Presley, el muerto viviente por excelencia, que se despidió de este mundo a los 42 años y ahora cumple los 40 bajo tierra. La historia oficial dice que murió el 16 de agosto de 1977, en el cuarto de baño del piso superior de Graceland y de un ataque al corazón (propiciado seguramente por las más de 10.000 pastillas que le recetó en vida el doctor Nicholopoulos). La otra historia, la que convoca este verano a más de 100.000 devotos a las puertas del Lourdes de Memphis, sostiene que sigue vivo y bien vivo, a punto de consumar la enésima resurrección con lentejuelas.

Por el altar de Graceland, con parada obligada en el Heartbreak Hotel, anda estos días Roberto López, más conocido como El Vez, arropado por la Memphis Mariachi Band y versioneando In the barrio y ¡Viva la raza! El Elvis latino se mide en la hora H ante Mori Yasumasa, rebautizado como J-Elvis, versión nipona del mito. Aún no se han dejado ver, pero es posible que el Elvis maño (Carlos Gargallo), el Elvis tinerfeño (Antonio González) y el Elvis rockabillly (Marcos Sánchez Cruzado) se dejen caer por las olimpiadas de personificadores (prohibido llamarles imitadores) que mantienen viva la llama y el tupé.

“Si eres un fan de Elvis, no hacen falta explicaciones; si no eres un fan, no es posible explicarlo”. El octogenario George Klein, viejo amigo del cantante, explicaba así el milagro de cada verano en Graceland. Hay que vivirlo para creerlo. No hace falta convertirse a la Iglesia de la Elvisología, ni corear el Love me tender, ni alucinar en technicolor con Viva las Vegas. Basta con guardar el silencio de rigor en la hora bruja (en la que se supone que Elvis vuelve a la vida) para ser alcanzado inevitablemente por el rayo.

Más información: www.elmundo.es

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