Recomendamos: Colombia: populismos enfrentados y el dilema de los centristas, por Jorge Galindo

Acto de campaña de Gustavo Petro en Colombia. ERNESTO GUZMÁN JR. EFE

Gustavo Petro es populista. No lo digo yo, sino muchos de sus defensores. Lo es según la perspectiva de teóricos del populismo latinoamericano, como Chantal Mouffe: se trata de un punto de vista que entiende la acción populista como un intento de ampliación de la democracia. Frente a una visión que se entiende como reduccionista, limitada e incluso elitista de la democracia, ceñida a pasar por las urnas cada cuatro años y escoger entre un menú de opciones que oculta su homogeneidad en la apariencia de variedad, el populismo estaría devolviendo la capacidad de elección al pueblo a través de la ampliación del perímetro ideológico. Para los proponentes de este punto de vista, Iván Duque representa el anti-populismo. Nadie como él, salvo el propio expresidente Álvaro Uribe, encarna la restricción democrática hegemónica que tanto temen. Nadie como ambos define la élite (política, económica) colombiana y su capacidad de controlar el poder por encima de los procesos formalmente establecidos.

El uribismo es populismo. Esto tampoco lo digo yo, sino muchos de sus detractores. Cambiamos aquí de prisma: para otros teóricos políticos, el corazón del populismo es el anti-pluralismo. ¿Cómo puede ser, si el objetivo de los populistas es incluir en el proceso de toma de decisión a quien está fuera del mismo? La respuesta, según este otro punto de vista, reside en el mecanismo empleado para la inclusión: la definición de un “pueblo” (virtuoso) donde cabemos todos contra una “casta”, “mafia del poder”, “élite” (corrupta) en definitiva que es quien mantiene la exclusión. Claro, como nadie tiene un 90% del voto, necesitan también atribuirle a esa élite la capacidad de mantener una ilusión alternativa, una hegemonía que les permite absorber los apoyos de quienes no han “despertado” a la realidad. El trabajo del despertar, claro, corre de la mano de los nuevos llegados. En definitiva: al erigirse en los representantes únicos de una voluntad compartida, la estrategia populista elimina el pluralismo, no lo favorece: el coste de meter personas en el sistema sería, paradójicamente, reducir las ideas y los matices. Algo que, para quienes defienden este punto de vista, se adapta tan bien al uribismo como a su antítesis.

No es casual que quienes atribuyen el concepto “populista” tanto a Uribe como a Petro tiendan a ubicarse en una posición más moderada: están preocupados por los matices, por el mantenimiento de un mercado abierto de opiniones. Se autodenominan a sí mismos centristas, pluralistas. Y, sin duda alguna, una mayoría de ellos se identificará como votantes de Sergio Fajardo.

Más información en: El País

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