Recomendamos: Albert Camus, motivos para releer y celebrar al gran existencialista francés

¿La vida tiene un sentido último por sí misma? Y si no lo tuviera, ¿no vale la pena vivirla, de todos modos? Con plena conciencia del absurdo -entendido como la búsqueda de un significado absoluto y objetivo de la existencia, que a sus ojos parecía una empresa inútil e incesante- y sus propias ideas iluminadoras al respecto, Albert Camus (1913-1960) entendía que el sinsentido de la vida, su gratuidad, digamos, lejos de ser una instancia conclusiva, era un punto de partida para la reflexión y la creación. Se basaba en la convicción de que, por fuera de una búsqueda de la trascendencia, existe una verdad misteriosa y huidiza que debe y merece ser siempre reconquistada.     

Nacido en Argelia en 1913 y fallecido en Francia en 1960 -padre de la llamada “filosofía del absurdo” y referente del existencialismo francés, pese a que rechazaba esta etiqueta-, el escritor desplegó bajo esa certeza una obra humanística multifacética que lo erigió entre los clásicos contemporáneos en el campo de la narrativa. Pero a su vez trascendió ese plano y se posicionó entre los intelectuales faro de su tiempo, entre los que se contaba su enemigo íntimo, Jean-Paul Sartre, a quien se enfrentó en una batalla filosófica con trasfondo político, a comienzos de los años 50.

Aunque ambos pensadores se reivindicaban de izquierda, en los comienzos de la Guerra Fría luego de la Segunda Guerra, Camus denunciaba los crímenes del estalinismo y reflexionaba negativamente sobre las revoluciones y el ideario comunista -tema que desarrolló en El hombre rebelde (1951)-, mientras que Sartre defendía la violencia como herramienta válida para la revolución social. “Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde ya no se mataría”, azuzaba Camus en 1957. Ese mismo año, a sus 44, ganaba el Nobel de Literatura.

Dueño de una obra literaria que en su momento conmocionó el espíritu de Europa -y además lo convirtió en best seller-, fue también filósofo y dramaturgo, y probó su compromiso político indeclinable cuando asumió la dirección del periódico Combat durante la Resistencia francesa, tras la ocupación nazi. Comprometido con los valores humanistas, como la solidaridad y la ética, el autor de El extranjero (1942) y La peste (1947) fue un inclaudicable combatiente contra el franquismo, el stalinismo y la pena de muerte, además de difusor de un pensamiento que había forjado bajo el influjo de Schopenhauer, de Nietzsche y del existencialismo alemán.​ “El mundo en que vivo me repugna. Pero me siento solidario con los hombres que sufren en él”, decía.

“El mundo en que vivo me repugna. Pero me siento solidario con los hombres que sufren en él”, decía Camus.

Sobre la claridad que persiguen sus obras de ficción, consideradas hitos ineludibles de la literatura mundial, pero también sobre su ensayística, su militancia y la búsqueda infructuosa de sentidos comunes que nos permitan sentirnos menos ajenos a este mundo, debatirá la semana próxima un puñado de especialistas, en el marco de un programa de homenaje al autor y que se desplegará en tres sedes, cuando se cumplen exactos 70 años de su única -y fugaz- visita al país. Fue en el marco de una gira teatral con su obra El malentendido (1944), montada por la española Margarita Xirgu. Las sedes son la Biblioteca Nacional, el Malba y la Villa Ocampo.

Más información: http://bit.ly/2KkUlD8

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