Recomendamos: Moxie Marlinspike: “La gente quiere comunicarse con un amigo, no con un puñado de anunciantes”

Signal

Si alguien buscara una figura que encarna esta nueva década de reacción contra la tecnología depredadora de nuestros datos, Moxie Marlinspike sería su modelo. Su nombre ya es un seudónimo: Moxie era un mote cariñoso con el que le llamaban sus padres y marlinspike es un tipo de punzón para tejer velas. Su obsesión con la privacidad hace que evite responder preguntas concretas de los periodistas sobre su nombre real, edad y orígenes. Marlinspike lleva una década dedicado a facilitar la encriptación en la comunicación móvil: Signal, la aplicación que fundó, está diseñada para popularizar mensajes y llamadas cifradas sin que sean un reto técnico. Tras el fiasco del cambio de la política de privacidad de WhatsApp en enero, cuando anunció que compartiría determinados datos con su matriz, Facebook, y luego dejó en suspenso la decisión, Signal duplicó el número de usuarios en el mundo, de 20 a 40 millones. En España las descargas pasaron aproximadamente de 200.000 a 400.000 en apenas tres semanas, según datos de la compañía de analítica de aplicaciones AppAnnie.

¿Por qué esta revuelta por la privacidad justo ahora? “Es muy complicado. La gente no lo había visto así. Pero una vez todo eso está en la conciencia colectiva, solo necesitan estos pequeños catalizadores”, dice Marlinspike a EL PAÍS en conversación telefónica a través de Signal desde California, donde vive. “Cuando la gente tiene que enfrentarse una vez más con un cambio en las políticas de privacidad y al final de todo dice ‘aceptar’, se da cuenta de que esta vez puede hacer algo más que clicar”, explica. Ese ‘algo más’ es probar Signal.

Signal empezó como un recurso para activistas, periodistas y hackers. El exanalista estadounidense Edward Snowden, autor de una de las mayores filtraciones de la historia, dice usar Signal cada día y ha descrito a Marlinspike, quien lo visitó en Moscú en 2015, como alguien “fenomenalmente interesante, casi una figura literaria”. “La gente piensa en Signal como este proyecto extraño, pero para mí es excepcionalmente normal; lo que es extraño es todo lo demás”, explica Marlinspike.

La explicación de Marlinspike es muy simple. “Signal funciona tal y como parece que funciona, sin más”, dice. Esa sencillez es la ventaja de la aplicación: “Abro una aplicación, escribo algo en la caja, le doy a enviar y lo que ocurre es que solo lo pueden ver los receptores del mensaje y tú”. ¿Por qué eso es algo tan maravilloso, según Marlinspike? “Porque cada vez más gente se da cuenta de que eso casi nunca es verdad, de que el modo en que la tecnología funciona no es como parece que funciona. La gente quiere comunicarse pero solo quiere compartirlo con su amigo, no con un puñado de anunciantes”, señala.

Esta distinción es la que ha hecho despegar a Signal y que más gente dude de las aplicaciones de grandes compañías. “La gente ya se ha dado cuenta de que Facebook no crea aplicaciones para ellos, sino para sus datos. Facebook está en esa extraña situación en la que la gente emplea sus productos cada día pero también los desprecia”, asegura.

¿Pero por qué este proceso empieza a explotar en 2021, años después de que estuviera claro que en internet nada es gratis? Marlinspike ve dos motivos: uno, sabemos mejor cómo funciona la red y “qué datos dejamos ahí fuera”. Y dos, “internet era algo trivial para la vida y hoy es donde ocurre la vida”. Antes decir tonterías era gratis. Ahora un mensaje de hace cinco años puede destruir vidas emocionales y laborales.

“Cuando trabajas mucho tiempo en tecnología, la desmitificas. Antes, cuando la gente veía el correo electrónico, parecía algo mágico: escribes algo y aparece en el ordenador de otra persona. Pero si trabajas en computación sabes que no hay nada mágico, que está en ese ordenador de ahí, en esa habitación, en un archivo que cualquiera puede abrir y leer”, explica Marlinspike. Signal es una organización sin ánimo de lucro. En conversaciones con especialistas en España, algunos temían que acabara como WhatsApp, comprado por una gran empresa. Pero el modo en el que está montada lo impide. Se financia con donativos. Aspiran a ser la Wikipedia de la mensajería.

El cifrado y la sencillez en el uso de Signal son su gran baza. Funciona como WhatsApp pero sin que Facebook esté detrás. Los mensajes de WhatsApp están cifrados precisamente con el protocolo de Signal, con lo que Facebook no los ve. Pero nuestro uso deja un reguero de datos que describen comportamientos: nuestros contactos, nuestros grupos, los nombres de esos grupos, nuestra actividad, nuestro dispositivo, cuánto estás en línea. Esos son datos que WhatsApp comparte con su matriz. Signal no recoge nada. En una célebre petición del Gobierno de EE UU a la compañía en 2016 sobre dos números de teléfono, Signal solo pudo aportar el número de una cuenta, cuándo se había creado y cuándo fue su última conexión a un servidor de Signal. Nada más.

“La privacidad no implica austeridad: cuando decían que esta había muerto era porque creían que era lo contrario de compartir”, dice Marlinspike. “Pero a la gente le gusta compartir fotos, mensajes con sus amigos. Privacidad no es protegerte de eso, sino decidir que si compartes algo con tus amigos esa es la gente con la que lo compartes, no con anunciantes, gobiernos, empresas, los empleados de esas empresas, cualquiera que piratee a esas empresas”, añade.

Una vida de novela

La figura de Marlinspike es igual de misteriosa que su pasado. Los varios perfiles que se han publicado de él dicen que nació en el centro del Estado de Georgia a principios de los ochenta. La escuela le atrajo poco y empezó a interesarse por el anarquismo y los ordenadores. Después de acabar el instituto se mudó a San Francisco, donde los primeros días durmió en un banco de un parque. Luego consiguió empleo de programador, pero le duró poco. Marlinspike no se veía trabajando cada día, toda su vida, delante de un teclado. Empezó a probar con el autoestop, luego se movía por EE UU en trenes de mercancías y vivió en casas okupadas.

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