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Foto: Gatopardo

Haber nacido en Saigón, entonces Indochina, hoy Vietnam, y en 1914, fue una marca. Porque el lugar y la fecha no son inocentes y ella tampoco lo sería nunca: cargaría para siempre con el sino de unir la cultura más refinada y el colonialismo más feroz, la realidad de la guerra y la capacidad de vivir la vida como si el horror no sucediera.

En el país asiático vivió con una madre viuda llena de fantasías aristocráticas, y con dos hermanos, uno al que amó con locura y murió joven y otro al que odió con la misma locura y que se convertiría en colaboracionista de los nazis.

De pequeña iría a la escuela mientras Europa se devastaba y los imperios de siglos se venían abajo. Por eso pudo ser al mismo tiempo inocente y perversa, común y extraña, porque ése fue el mundo que la vio nacer y crecer, un mundo de dos caras, de sueños de grandeza con realidades atroces.

Supuestamente la familia era pobre, pero en los recuerdos de la escritora se habla de sirvientes que llevan a la mesa las magras comidas, de vestidos nuevos y de un castillo que, aunque desvencijado, la madre compró cuando regresó a su tierra.

Una pobreza pues, un poco cierta y un poco falsa.

¿Por qué decidieron sus progenitores vivir en ese territorio acalorado, insalubre, de inhóspita naturaleza, lleno de bichos y de enfermedades que incluso llevaron a la tumba al padre?

Es la pregunta que se le puede hacer a todos los que voluntariamente abandonan su lugar en busca de quién sabe cuál quimera. Como Rimbaud, como Isabelle Eberhardt, como todos los europeos que se instalaron en las colonias, la mamá Legrand-Donnadieu algo quería, algo imaginaba posible en aquella lejanía exótica de una ciudad al borde del río Mekong. Ese algo, diría su hija ya convertida en escritora, era riqueza. Y pensó que la conseguiría sembrando arrozales y cuando eso fracasó, encontrándole un marido (o de perdida un amante) rico a la joven.

Duras dice que lo tuvo. Que era viejo y feo. Pero en la ficción lo convirtió en todo lo contrario.

En cuanto pudo, se fue lejos, quiso dejar atrás ese mundo. Aunque su vida estaba ya marcada por lo diferente.

Francia fue para estudiar en la Sorbona, escribir, dirigir películas, ser miembro de la resistencia durante la segunda guerra mundial y del Partido Comunista hasta que la expulsaron en el año 50. Hubo muchos tiempos negros: la ocupación alemana, el estalinismo, los frentes populares, el hambre. Hubo también tiempos mejores cuando resurgió de los escombros la vida intelectual, la vida misma.

Francia fue también para el alcohol, mucho alcohol, hasta el delirium tremens. Y para relaciones tormentosas, de intensa actividad erótica, algo muy en boga entonces como también hizo la cantante Édith Piaf. Lo mismo que ella, Duras buscó jovencitos, moviéndole el piso a las conciencias de Francia y a los amantes de lo francés en el mundo, que son muchos.

Figura polémica en todo: en la izquierda y en la literatura y en la vida. Un día la acusaban de ser amiga de colaboracionistas y otro de delatarlos para que los fusilaran, un día de escribir textos incomprensibles y otro de ser la mejor. Se la admiraba pero no se le perdonaba su vida apurada a borbotones desde que nació hasta que murió, desde los catorce años hasta los setenta y tantos, siempre con mucho sexo, pasiones, vicios, escándalos, libros y más libros.

Porque Duras escribe. Escribe y escribe. “Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho.” Escribir, dijo alguien, es la única forma de escapar de los estrechos límites de la condición humana. Desde los años cuarenta hasta su último aliento, de su mano salieron montones de textos, guiones, obras de teatro, relatos y novelas, artículos y ensayos. Y se convirtió, con sus altas y bajas, en un personaje esencial de la escena literaria francesa.

Si cuento todo esto es porque en el caso de Marguerite Duras, la biografía no es separable de la literatura. Y no por una supuesta verdad de los acontecimientos, sino por el mundo de fantasías, exotismos y relaciones difíciles que la componen.

Los textos de Duras llevan una carga de emociones perturbadoras, que parten de y terminan en el erotismo. Un erotismo que tiene menos que ver con la sexualidad y el contacto físico y más con la mirada, la inmovilidad y el silencio. Y todo esto con un código que es el mismo de aquella vanguardia electrizante de los años sesenta del siglo XX: velado y desvelado hasta la desnudez. La aparente y la profunda, esa desnudez.

El doble modo de ser de los relatos de Duras explica la extraña fascinación que ejercen y sustenta su diferencia. Porque es a un tiempo intensa y banal, extraña y real, inmóvil y silenciosa, capaz de dejarse arrastrar por la vida, pero de imponérsele también, de unir la grandeza al desvencijamiento y de provocar la sensación de profundidad sobre el más absoluto vacío.

Duras encanta porque su mundo parece si no real, al menos posible y asible, siendo que no es más que sueño y fantasía, pura invención pura.

En El amante, novela que la saca de las capillas y la convierte en superventas mundial, Duras clava una imagen en nuestra retina: la de una mujer-niña de cabellos cortísimos, labios pintados de color rojo intenso y zapatos de altísimos tacones. Imagina uno, pobre lector burgués cómodamente sentado en el sillón de lectura, a esa muchachita (que ella prefiere describir con sombrero y lamé dorado), cruzando en el ferry para encontrarse con aquel oriental riquísimo que la esperaba al otro lado del río, para dedicar las largas y calurosas tardes a hacer una y otra vez el amor, sin hablar.

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