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Foto: Getty Images

Los científicos apenas están empezando a descifrar por qué algunos virus desaparecen, mientras que otros pueden persistir y causar enfermedades durante siglos.

Era el año 1002. El rey inglés Etelredo II, recordado despectivamente como Etelredo II “el no preparado” o “el indeciso”, estaba en guerra. Durante más de un siglo, los ejércitos vikingos habían explorado sus tierras como un posible nuevo hogar, bajo el mando de líderes como Swein Forkbeard.

Hasta ese momento, los vikingos habían encontrado tentadoramente débil la resistencia inglesa. Pero Etelredo había decidido oponerse. El 13 de noviembre ordenó que todos los daneses del país fueran detenidos y asesinados.

Cientos de personas murieron y el incidente pasó a la historia como la masacre del Día de San Brice. El acto brutal de Etelredo fue en vano y, finalmente, la mayor parte de Inglaterra fue gobernada por el hijo de Forkbeard.

La masacre, sin embargo, dejó valiosa información para los arqueólogos modernos. Más de mil años después, en los terrenos del St John’s College de Oxford se descubrieron 37 esqueletos, que se cree pertenecen a algunas de las víctimas ejecutadas ese día. Enterrado junto a ellos había un secreto.

Cuando los científicos analizaron el ADN de los restos a principios de 2020, descubrieron que uno de los hombres había sido doblemente desafortunado. No solo fue asesinado violentamente, sino que también tenía viruela.

Y había otra sorpresa. Este no era el virus de la viruela con el que estamos familiarizados en la historia reciente, ese que fue conducido a la extinción en la década de 1970 gracias a un decidido programa de vacunación.

En cambio, pertenecía a una cepa notablemente diferente, una que antes era desconocida y que desapareció silenciosamente hace siglos. Es como si la viruela se hubiera extinguido dos veces.

A estas alturas, la historia de cómo surgen nuevas amenazas virales debería sonarnos familiar: el contacto cercano con animales infectados, el virus saltando entre especies, el “paciente cero” que lo contrae primero, los superpropagadores que lo llevan por todo el mundo.

Lo que ocurre al final de la existencia de un virus, sin embargo, apenas comienza a generar interés: ¿por qué algunos virus desaparecen?

Amenaza primitiva

A medida que la amenaza que representan estas formas de vida primitivas y diminutas se hace cada vez más fuerte, los científicos se apresuran a averiguarlo.

Uno de los virus más recientes en desaparecer fue el Síndrome respiratorio agudo grave (SARS).

El mundo se enteró por primera vez de su existencia el 10 de febrero de 2003, después de que la oficina de Pekín de la Organización Mundial de la Salud (OMS) recibiera un correo electrónico que describía “una extraña enfermedad contagiosa” que había matado a 100 personas en una semana.

Los primeros casos ocurrieron en Guangdong, una provincia costera del sureste de China conocida por sus numerosos restaurantes que sirven carnes exóticas. En ese momento, los mercados húmedos locales estaban llenos de mapaches, tejones, civetas de palma, palomas, conejos, faisanes, ciervos y serpientes, que a menudo se despachaban en el lugar, a escasos metros de donde comía la gente.

Era común encontrar tirados animales decapitados y destripados. Incluso en los primeros días de la epidemia, ya estaba claro cómo había surgido el SARS.

Dos años después, el virus había infectado al menos a 8.096 personas, 774 de las cuales murieron. Pero podría haber sido mucho peor.

El SARS tenía muchas de las cualidades necesarias para dominar el mundo: era un virus de ARN, lo que significa que podía evolucionar rápidamente, y se propagaba a través de gotitas expulsadas al respirar, que son difíciles de evitar.

En ese momento, a muchos expertos les preocupaba que el virus pudiera causar una devastación al mismo nivel que la crisis del VIH, o la pandemia de gripe de 1918, que infectó a un tercio de la población mundial y mató a 50 millones de personas.

Lo que ocurrió, sin embargo, fue que el SARS desapareció abruptamente. En enero de 2004 solo había unos pocos casos y, a finales de mes, se anunció la última sospecha de infección natural.

Curiosamente, mientras que el término “paciente cero” describe a la primera persona conocida infectada con un virus, no existe una etiqueta equivalente para la última persona que lo contraiga.

Si la hubiera, podría decirse que esto se aplicaría a un hombre de 40 años de apellido Liu de la ciudad sureña de Guangzhou. (Hubo otro brote un par de meses después, cuando se cree que el virus escapó de un laboratorio de investigación de Beijing, dos veces).

¿Entonces qué pasó?

En pocas palabras, tuvimos suerte. Según Sarah Cobey, epidemióloga de la Universidad de Chicago, el SARS fue llevado a la extinción por una combinación de sofisticado rastreo de contactos y las peculiaridades del propio virus.

Cuando los pacientes con SARS se enfermaron, se enfermaron gravemente. El virus tenía una tasa de letalidad asombrosamente alta (casi uno de cada cinco pacientes murió), pero esto significaba que era relativamente fácil identificar a los infectados y ponerlos en cuarentena.

No hubo propagación adicional de personas asintomáticas y, como beneficio extra, el virus se tomaba un tiempo relativamente largo para incubarse antes de volverse contagioso, lo que les dio a los rastreadores de contactos más tiempo para encontrar a cualquier persona que pudiera estar infectada antes de que pudieran transmitir el virus.

“Pero también los gobiernos y las instituciones actuaron muy rápido”, dice Cobey.

El caso de Liu Jianlun, que contrajo el virus antes de que se hubiera identificado correctamente, muestra cuán diferente podría haberse desarrollado la pandemia de SARS.

Este especialista en medicina respiratoria de 64 años se infectó después de tratar a un paciente en el hospital donde trabajaba en la provincia de Guangdong.

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