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Foto: ABC

Hace veinte años, Fernando Iwasaki aseguraba en una de sus columnas en ABC, titulada con cierta socarronería ‘Escrotos y troyanos’, que «la arqueología contemporánea ya no consiente el romanticismo». Para demostrarlo, el escritor e historiador peruano afincado en España puso el ejemplo de Heinrich Schliemann, el hombre que, en 1868, «acometió una de las empresas más románticas y soñadoras de la historia». Una tan emocionante y épica que resulta imposible imaginársela en el mundo académico actual, pues parece haber sido escrita para convertirse en una superproducción de Hollywood.

El interés de este diario por el famoso arqueólogo se remonta a la misma fundación de la revista ‘Blanco y Negro’. En 1969, el escritor y periodista Andrés Révész recordaba «la pasión con la que abordó sus excavaciones en Micenas y Troya. No ha surgido en estos tiempos ningún entusiasta que recuerde al joven alemán de modesta extracción que, ilusionado por la epopeya de Homero, se propuso hacerse rico para poder luego invertir su fortuna en el esfuerzo de encontrar las ruinas de la mítica ciudad-estado».

En septiembre de 1972 conmemoramos el centenario del que calificamos como «uno de los descubrimientos más trascendentales de la historia de la arqueología». Y en 1990 dedicamos otro artículo a los cien años de su muerte, que se produjo el 26 de diciembre de 1890. Caminaba el día de Navidad por Nápoles y, de repente, cayó desvanecido en medio de la calle. Al recuperar la consciencia, había perdido la facultad de hablar. El médico observó que la infección de oído que le habían diagnosticado había afectado al cerebro, lo que le provocó la muerte 24 horas después. «El visionario que soñó con descubrir Troya», titulaba este diario, que en 2011 le llamaba directamente «loco», «tonto» y «fanático».

La ‘Ilíada’

¿Qué llevó a Heinrich Schliemann a dilapidar toda su fortuna y a abandonar a su familia por un sueño tan poco probable como encontrar una ruinas que todo el mundo decía que no existían? Hasta su aparición a mediados del siglo XIX, ningún investigador había considerado que la ‘Ilíada’ pudiera ser el relato de una historia real. Sin embargo, desde los siete años, este visionario niño alemán soñó que era cierto y que Troya existía, por lo que dedicó toda su vida a demostrarlo. «Muchas veces los grandes descubrimientos científicos que han revolucionado la historia de la cultura proceden de un sueño, de una promesa apasionada que solo el destino da cumplimiento», podía leerse en ABC.

El sueño de Schliemann nació con su padre, un humilde y culto pastor protestante que le inculcó el amor por los poemas homéricos. En su autobiografía cuenta que, en la Navidad de 1829, este le regaló un volumen de historia universal de Georg Ludwig Jerrers y él quedó impresionado por un grabado de Eneas con su padre Anquises y su hijo Ascanio huyendo del fuego que arrasaba Troya.

Con 14 años abandonó el colegio por los problemas económicos de su familia y empezó a trabajar como tendero en Neubukow. Después embarcó rumbo a Venezuela y, más tarde, a Ámsterdam, donde estuvo empleado en una oficina comercial. A los 22 años ya dominaba siete idiomas, entre ellos el ruso, que le llevó a ser contratado como representante de la casa Schröder en San Petersburgo y Moscú. Allí abrió su propio negocio de tintes y, más tarde, de reventa de polvo de oro. A los 30 años ya era rico y hablaba ocho idiomas más. Se casó, tuvo tres hijos y se divorció para trasladarse a California, donde se hizo banquero. En aquel momento, su fortuna era ya enorme, pero quiso ampliarla, traficando con armas en la guerra de Crimea, para financiar su sueño arqueológico.

En busca de un sueño

Todos los pasos de su vida había estado encaminados a demostrar al mundo que el relato de Homero no sólo había sucedido en la realidad, sino que su geografía permanecía intacta bajo un pesado manto de tierra. De ahí que, con 36 años, regresara a Rusia y, en el apogeo de sus actividades mercantiles, abandonara el mundo de los negocios para trasladarse a Grecia y embarcarse, por fin, en la aventura de su vida: descubrir Troya.

Algunos geólogos ya habían realizado importantes descubrimientos arqueológicos que revelaban la existencia de una serie de culturas prehistóricas desconocidas en el Egeo. Ferdinand Fouqué, por ejemplo, había excavado las proximidades del volcán Santorín, que había hecho erupción dos mil años antes de Cristo, y Frederick Calvert había hecho lo propio con Hisarlik.

En 1871, Schliemann recorrió Grecia y Asia Menor, familiarizándose con los lugares conocidos de la geografía homérica y con los secretos de la arqueología. Después visitó los grandes museos europeos que albergaban los vestigios de las civilizaciones perdidas. Y, con todos esos conocimientos, escribió ‘ Ítaca, el Peloponeso y Troya’, la obra en la que argumentaba que la ciudad de Príamo se hallaba en Hisarlik y no en Bunarbashi. También que las tumbas de Agamenón –uno de los héroes más distinguidos de la mitología griega, cuyas aventuras se narran en la ‘Ilíada’–, y su esposa Clitmenestra no se hallaban fuera de Micenas, como se creía, sino en el interior de la ciudadela.

Siguiendo fielmente lo relatado en la ‘Ilíada’, Schliemann descartó la supuesta localización de Troya en Bunarbashi, defendida por algunos arqueólogos de la época. Argumentaba que aquel paraje no se correspondía en absoluto con los escenarios del autor y marchó hacia el yacimiento de Hisarlik, a una hora de los Dardanelos. «Después de andar media hora alrededor de aquel gran montículo, no tuve dudas de que Hisarlik era Troya», escribió nuestro protagonista.

Contrató peones y obreros y, en compañía de su segunda esposa, Sophia Engastromenos, de Grecia, comenzó la excavación. Cuentan que Schliemann siempre estaba a pie de obra supervisando los trabajos, que comenzaron en los niveles más elevados del yacimiento, donde hallaron enseguida los primeros vestigios de unas murallas, así como restos de cerámica y armas. A los tres años de comenzar los trabajos, aportó evidencias de hasta nueve asentamientos diferentes de Hisarlik. Más tarde, en el segundo y tercer nivel descubrió otras murallas y un gran puente levadizo que el fuego no había consumido totalmente el día que, según Homero, Troya fue destruida.

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