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Foto: Marcel Li Sáenz

Albert Camus nunca había sido tan leído desde su muerte en un accidente de coche cuando tenía 47 años, en 1960. La pandemia de coronavirus ha convertido de nuevo su novela La peste en un superventas y a Camus en uno de los autores que iluminan este mundo enfermo y confuso. La editorial Penguin Random House recupera la obra del Nobel y publica, por primera vez en castellano, todos sus artículos periodísticos en el periódico Combat, reunidos bajo el título La noche de la verdad y en traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Catherine Camus (Boulogne-Billancourt, Francia, 75 años), la hija del escritor, habló hace unos días por teléfono con EL PAÍS desde la casa familiar de Lourmarin, el pueblo de la Provenza donde está enterrado su padre

¿Qué imagen guarda de Albert Camus?

Era divertido y vivo. Solar. Un ser humano de verdad. Nos escuchaba. Nos prestaba atención. Y no solo eso. Nos dejaba vivir.

¿Qué tipo de padre era?

Justo y tierno. Pero severo. Había que comportarse bien en la mesa, hablar francés correctamente. Y sobre todo: el respeto a los demás. Y no mentir. Tenía una determinación física contra la mentira. Delante de él, no había escapatoria si uno mentía.

¿Le ha quedado marcado algún momento preciso?

Muchos. Un día, con 12 o 13 años, le dije: “Papá, me aburro”. Y me respondió: “Me agobias”. Yo le repliqué: “Pero papá, me aburro”. Él me dijo: “No. Solo los imbéciles se aburren”. Nunca más me aburrí.

¿Le recuerda escribiendo?

Al haber estado muy enfermo, estar sentado o estirando le recordaba al hospital. Siempre estaba en movimiento. Escribía de pie. Pero mi hermano y yo no sabíamos que era célebre.

¿Cómo supo que lo era?

Al morir. Entendí que la celebridad era horrible. Niega la humanidad de las personas.

¿Qué ocurrió?

Mi hermano y yo no existíamos: no era nuestro padre quien había muerto, era Albert Camus. Cuando tres días después regresé al liceo, me decían: “Qué pena, quería que me firmase un ejemplar de La peste”.

Usted no sabía que era célebre, pero sí que era escritor.

Sí, pero en la escuela yo decía que mi padre era carpintero, porque escritor parecía que fuese un holgazán.

Pero había ganado el premio Nobel. Ya era conocido.

Sí, pero para mí esto no significaba nada. En casa no teníamos ni radio ni tele. Le pregunté a papá si había un Nobel para los acróbatas, porque yo quería ser acróbata. Piense que, en mi generación, a los niños nos dejaban ser niños. Nos dejaban en paz. Ahora los niños tienen tal cantidad de información que, en ciertos aspectos, los convierte en pequeños viejecitos.

¿Cuándo empezó a leerle?

Cuando él vivía, leí Calígula. Le dije: “Es divertido”. Se quedó sorprendido. Después de su muerte, intenté leer La peste, pero resultaba demasiado doloroso. A los 17 años lo leí todo, menos El hombre rebelde, que me parecía demasiado abstracto.

A veces, me muero de risa leyéndolo. Él se reía mucho. No era una estatua, ni un pontificador.

¿Cuál es su libro favorito?

La caída. Su libro más logrado. De lleno en la vida, con un lado cómico y patético.

No es habitual hablar del humor en Camus. Se lo toma por un autor muy serio.

Exacto. Pero yo, a veces, me muero de risa leyéndolo. Él se reía mucho. No era una estatua, ni un pontificador. Hacía preguntas, pero nunca daba la respuesta definitiva.

España era importante para él. Decía que lo mejor que había en él era la parte de sangre española

Pero vio cosas que siguen siendo válidas.

Porque escribió para los hombres, como los hombres y a una altura humana. Papá escribía con las tripas, no solo con la cabeza. Por eso los filósofos franceses dicen que no era un filósofo. La filosofía siempre son sistemas, pero como papá escribió: ‘No hay nada verdadero que fuerce a excluir’. El sistema es algo cerrado que excluye todo lo que no entra en él. Desconfiaba de todos los ismos, porque encierran a las personas. Era un hombre libre.

Algunos de los mejores artículos de La noche de la verdad hablan de la España franquista.

España era importante para él. Decía que lo mejor que había en él era la parte de sangre española [su madre era de origen menorquín]. Y, además, estaba [su amante, la actriz española] María Casares…

Hace unos años publicó las cartas de su padre con Casares.

Era magnífica. María escribía muy bien.

¿Fue difícil para usted autorizar la publicación de estas cartas? Eran íntimas y afectaban a su familia.

No. Lo decidí yo. De todas maneras, nos arriesgábamos a que se publicasen de manera no autorizada, como había sucedido con El primer hombre. Así que llamé a [el editor] Antoine Gallimard y publicamos las cartas. Es íntimo, claro, pero es tan bonito.

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