Cinque Terre

José Antonio Polo Oteyza

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Ha colaborado en el diseño y gestión de proyectos en los ámbitos de comunicación social, política exterior, seguridad. Actualmente es director de la organización social Causa en Común.

Destruir a México (Parte III)

Dos cuentos en uno: la conexión y las buenas intenciones. Los santos trinitarios.

En la vorágine, se desvanece el mito fundacional de la supuesta “conexión” con el pueblo, tan espontánea que necesitó dos décadas, y miles de millones, y promesas de todo y para todos, y dosis monumentales de hartazgo y credulidad, y una ayudadita de algún que otro troyano. Si algo tiene de especial la relación con el respetable son los torrentes de inventos y pretextos que demanda. Es incluso notable que se tenga que apuntar que eso es lo opuesto de comunicar y de informar, que no hay comunión especial con nadie, que “el pueblo” no existe. Un filósofo sentenció que los límites de su lenguaje significaban los límites de su mundo. Y tampoco se pide cátedra en la plaza, que no estaría mal, sino entender que la circularidad febril que hoy acapara reflectores y micrófonos, empieza y termina en sí misma. 

La santidad iracunda deriva del cuento de la conexión con el pueblo, fuente de inagotable legitimidad, y de una derivada: no sabrá gobernar, pero tiene buenas intenciones. Entre quienes lo piensan o lo dicen hay un grupo especialmente patético, el de las (también) buenas conciencias, muchas de ellas aterrizadas en intelectuales, académicos o consultores, o privilegiados culposos de clase media y media alta, con información y con posición, muchos incluso con foros y espacios para expresarse; es decir, con mayor responsabilidad que la gran mayoría. Y aunque sus filas han adelgazado conforme les han repartido candela, desde la petrificación intelectual y psicológica todavía se emiten ñoñerías del tipo: “le habrán pasado mal el dato”, “lo engañan”, “tiene mal equipo” “está mal, pero hay que recordar que…”, “cómo es posible que quiera destruir” tal o cual cosa, “lamentable” esto, “desafortunado” lo otro…”, “hasta cuando tolerarán…”, “pero han respetado…”. “Ahora que reconocen que no hay medicinas no van a dormir tranquilos”, dicen de quienes provocaron el desabasto. Algunos se victimizan: “Sigo sin entender…”. Fanáticos del optimismo, otros balbucean: “Aún hay tiempo para que enderecen…”. “¿Y ahora qué dijo? A poco, no puede ser”, dicen los crédulos incrédulos que llevan en esas tres años, o los 20 para quien quiera llevar bien las cuentas. Cuando no encuentran resultados ni debajo de las piedras: “Bueno, pero sí hubo un buen diagnóstico…”, nos dicen, aunque no sea otra cosa que la perorata de siempre sobre un país de pobreza al que se empobrece más sin contemplaciones, y aunque se use a la Constitución como tapete, y a las clases medias como piñata, y a quien sea cual cascajo electoral. Y luego están los críticos templados que levitan por encima del mugrero para también repartir indulgencias y excomuniones. Todas estas conciencias pusilánimes recuerdan esos montajes siniestros del totalitarismo, los juicios del terror estalinista, en los que las víctimas aprovechaban el tiempo que les quedaba de vida para elogiar al verdugo ultimando inculpaciones. Ah, y luego también tenemos a los adventistas que deliran con un juicio histórico, como parapeto emocional de quienes debrayan con un deus ex machina que bajará para asegurarnos que “el pueblo”, por fin harto, le dé la vuelta a la tortilla en unas elecciones libres. De vuelta a las ingenuidades, la necesidad de psicología analgésica no debería excusar el espejismo de un determinismo justiciero, finalmente una providencia luminosa análoga a las que pregona su adversario. 

En tiempos en los que las pátinas se descarapelan y el cobre asoma, otro refugio de los “involucrados” es que se exigen quejas pero no se reciben alusiones personales, que para eso está el puñado de infortunados a los que el gobierno agrede con nombre y apellido. El resto del país, la mayoría, ahí va, lidiando con la vida y asignando culpas según su mayoritario mal entender. Cómo no reparar en que el país se deforma en un circo siniestro atiborrado de enervados que, al igual que el gobierno, asumen la santa trinidad de moda; todos al mismo tiempo fiscales y jueces y verdugos, lo único que cambia son las preferencias para el linchamiento, y cada quien baila al son que disponga la filtración que embone bien con su prejuicio y su ignorancia. 

Pero mientras cada quien se entretiene con su muy particular crueldad, la mayoría mantiene la más grave de las ingenuidades. Resulta que el mayor logro político de México fue la renovación cierta, legal y legítima del poder, lo que permitió que las ambiciones potencialmente mortales fluyeran por décadas en relativa paz; si uno ve (porque aquí no hace falta analizar nada) el comportamiento mafioso de MORENA, ese logro ya se perdió. Muchos imaginan que sólo se trata de aguantar vara y mantener la alianza que sea, aunque no inspire nada a nadie; capotear una elección —turbulenta y polarizada, pero normalona—, despertar de la pesadilla y reconstruir. No será así porque este movimiento político voraz no se detiene en exquisiteces constitucionales y tiene compromisos interminables que (otra vez el objetivo y la ineptitud como cualidades intercambiables) no se pueden ni se quieren administrar en contextos de libertades y democracia.

Y tampoco es como si hubiera una gran resistencia de los investigadores, de los médicos, de los empresarios, de los burócratas (entre las debacles, ni siquiera se habla de la que quizá sea la más grave, la educativa); tampoco ha habido una definición solidaria de los medios de comunicación para cerrar filas ante la andanada; ni una barrera ciudadana que frene el asalto al INE; ni tampoco se deja de festejar cuando se persigue al supuesto villano que cada quien escoge para su cadalso personal. En fin, que la mayoría cuidarán su parcela mientras el país se hunde; se entiende, pero ya chole con que “la culpa es de los políticos” porque el derrumbe tiene su historia y no es sencilla de contar, ni fácil de digerir. Pasividad no es prudencia, y si grupos significativos de las élites y clases medias no hacen lo que no les nace hacer —esto es, unir y jalar a los innumerables damnificados, crear conciencia y promover movilización—, la ilusión burguesa de que todo tendría que mejorar quedará, en cualquier juicio que se haga de esta historia, como un monumento a la estupidez política. 

Allá adelante: esbozo cauteloso y con brocha gorda. 

Viene fea la cosa, muy fea. Una condición híbrida de lisiado y gandalla se abrió paso entre complicidades, pasmos e indignaciones de boutique, y destruyó lo que el país hubiera avanzado en educación, salud y programas para el desarrollo. De hecho, ya no aplican entendimientos o expectativas que hasta ayer eran sentido común, como la de que un país no se suicida tumbando la inversión y cancelando el crecimiento (por cierto, cuando un gobierno es un porro, la tasa de interés vale madres), empujando a millones a la pobreza y quemando el dinero lo más rápido posible. 

Concentración y prolongación del poder, ningún otro es el sentido de las purgas en el gobierno, del sabotaje a la división de poderes, de la destrucción de programas sociales, del avasallamiento de autonomías y del entusiasmo militarista, pero en su torpe andar, MORENA también quemó las naves y los instrumentos esenciales para la gobernabilidad. Por eso, López Obrador se afana tanto en marcar dianas a instituciones, personas y verdades que subrayan su monumental bancarrota.  

Todavía es pronto para aquilatar qué significa cada recorte, cada contrarreforma, cada mutilación institucional, cada instrucción sin sentido, cada peso tirado a la basura, cada decisión sensata no tomada, pero el desarreglo abrirá una nueva época, sórdida, en la que se enlacen viejas con nuevas frustraciones y resignaciones, y con los cinismos de siempre. Las condiciones de castigo continuo que favorece, entre otras cosas, un gobierno cada vez más deforme y arbitrario, generan desde luego violencia, pero también una pedagogía de la indefensión, una resignación existencial que sofoca iniciativas y reacciones que serían naturales en contextos menos enfermos. Y se pondrá peor, porque, como estipula el recetario universal de la infamia, cuando se colapsan los indicadores económicos y sociales, lo que procede es tumbar también las libertades, desangrar al país de recursos y talentos, aplacar a los realmente poderosos, y pagar las respectivas aduanas y extorsiones, para así llegar con los debidos amarres y sin intermediaciones institucionales a la prolongación del sexenio en cualquier modalidad, empezando por la de un López Obrador en la silla después del 2024, tal y como lo exigen las pretensiones de eternidad del personaje. Así como toda su vida política ha promovido carencias y dependencias, para su prolongación bien puede esgrimir la desestabilización que él mismo provocó. Todo y todos los demás serán plan B, si acaso. 

Ése sí es el objetivo, el único realmente importante, de una vanidad sin proyecto para la que MORENA sólo ha sido un vehículo por demás burdo y contrahecho. Al contrario del lema priísta, “primero el programa y después el candidato”, aquí primero va el jefe y después… pues después ya se verá. Con oposición endeble, inmerso en su laberinto de espejos, imbuido de paranoia, eviscerando al Estado y simulando que controla a los depredadores (dele la vuelta a la contradicción, que todo es muy simbólico en el reino de las mañaneras), López Obrador le subirá constantemente de tono al salvamento de la patria. Enclavado siempre en trincheras políticas y mentales, va contra las fuerzas del mal, a la mala y de malas. La segunda mitad del sexenio será particularmente violenta y caótica, debido a la desestabilización para imponer el plan A y, si no se puede, cualquiera de los planes B, y porque la directiva de tierra quemada no irá acompañada de una capacidad mínima para montar la dictadura que se desea. 

¿Pueden descarrilar? Pues sí: Morena no será nunca una institución; es una estación de paso para advenedizos y algunos fanáticos, que además está repleta y rodeada de fuerzas que serán inclementes cuando los flujos se interrumpan. Desde luego hay bolsones de civilidad y ciudadanía, los agraviados son legiones, y el arrobo colectivo masivo pende de subsidios que, cuanto más crecen, más insostenibles serán. Las palabras huecas son las que más pesan sobre la fina capa de cristal que a diario se resquebraja. La credibilidad solo podía bajar, y baja. Y luego, la plaza pública es cosa seria; que le preguntaran a Robespierre, a Mussolini, o a Ceaucescu, el dictador rumano que un día salió al balcón tan quitado de la pena… sería la última vez.

¿Y el daño es irreversible? Técnicamente, no, pero la vida es política y en México ésta es cada vez más cutre y corta, no el mejor cultivo para que coagule una fuerte contracorriente con un proyecto de reconstrucción. Puede haber muchos motivos, nivel intelectual, los renglones torcidos hacia el interés inmediato, el estrés de la sobrevivencia en una ciénaga, el caso es que los principales grupos políticos, partidos y empresarios incluidos, no pueden imaginar una salida; vaya, ni siquiera logran disimular su necrosis con algún buen discurso, alguna frase pegadora. El PAN no encuentra a quienes puedan superar el aburrimiento que su dirigencia produce, el PRD intenta que alguien entienda con qué se come la socialdemocracia y el PRI, en cambio, comunica bien que no sabe si quiere existir. El caso es que cuando una ignorancia suprema pretende eliminar de la conversación los grandes intereses nacionales, necesariamente enfocados a los cimientos y procesos de la gobernabilidad y el desarrollo, aún se desconoce cuál será la agenda política de una alianza que va tarde para asumir una identidad y una responsabilidad opositora. 

Ahora bien, si el militarismo, el crimen organizado y el crecimiento de la pobreza se mantienen como tendencias, como todo indica, con López Obrador o sin él, México arreciará como república bananera; es decir, como una no-república en la que “las autoridades” asemejen cada vez más fantasmas lánguidos sin consecuencia y grupos diversos parasiten un país irremediablemente pobre e inestable, degradado a mercado para la rapiña, en el que los intercambios se den fluidamente en el lenguaje contundente de la violencia. Si a la claudicación militarizada se añade un gobierno inoperante, una depresión económica constante, el colapso ecológico y el derrumbe educativo, esta siniestra confabulación arrinconará a los jóvenes en las dos principales fábricas de nuestra violencia, la casa y la calle. No faltará carne para el azadón. Y, salvo alguna grata sorpresa, los políticos en turno seguirán comprimiéndose al patético rol de los manotazos interminables, apoltronados en la arbitrariedad que confirmará su debilidad, siempre bajo la mirada vigilante de los fuertes, y prestos a blandir los remanentes del Estado cuando haga falta, y cuando no, también, porque ya sabemos que la piel del poder impotente es sensible, muy sensible.

Un país cada vez más en quiebra y cada vez más quebrado, un mal país para la gente buena. Para allá vamos, y todavía hay quienes preguntan cuándo va a estallar todo, pero estallar de verdad, en serio, no como ahora, se entiende… que cuándo se va a caer el tinglado, como si hubiera un mismo país para todos, o como si todos hubieran tenido alguna vez algún cobijo, o como si no se hubiera ya caído para decenas de millones, o como si no se cayera todos los días lo que sea que puede caerse. 

De regreso al origen y en esencia: la farsa de la presidencia “legítima” empezó antes, mucho antes que la presidencia formal, y quiere la eternidad, con o sin los votos. Miente pero no engaña, y por ello no debería haber duda sobre los avances para inaugurar una dictadura en México entendida, y hay que insistir en ello, como una debilidad que se asume indispensable. 

El problema político del descontento consiste, para el poder, en fragmentarlo; para la oposición, en condensarlo. El 2024 es tarde para salvar a la democracia mexicana. Se requiere una defensa radical del INE y del Poder Judicial, hoy; y se requieren, hoy, procesos políticos que integren los agravios hasta ahora balcanizados y desactivados. Sin esos dos grandes movimientos, pero ya, mañana el voto será un simulacro en el que la aplanadora sucia y violenta que ya calentó motores en las elecciones locales y en el ratificatorio, sólo tendrá que pasearse, oronda, por la ciénaga de nuestras ruinas institucionales. 

Nada es una certeza, pero con una dictadura o con un gobierno distinto, democrático, pero ambos lisiados, con capacidades que bajan ante necesidades que suben, lo probable es que México no logre detener la espiral de su degradación. ¿Qué formas y caminos tomarán sus violencias y sus desencantos? Ésa es la gran pregunta, pero el presente ya nos da una buena idea.

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