Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Los medios están sometidos a López Obrador. Son cómplices del desastre que vive el país

Buena parte de los medios de comunicación –impresos, electrónicos y digitales– son dóciles ante el poder y eso se explica por distintas variables.

La primera es que en los medios de comunicación mexicanos ha prevalecido históricamente la idea empresarial sobre su función social, y tal prioridad los ha determinado para definir sus contenidos. Desde la década de los 60 hasta la fecha, es decir, desde hace más de 60 años, los medios dependen, sobre todo, de la asignación de publicidad del gobierno federal. Desde luego, hay excepciones, pero estas son las menos, se remiten a la revista Proceso y al diario Reforma por ejemplo.

Al ser el gobierno el dueño de la cartera (y en los años 60 y 70 lo fue también del papel) pudo definir la oferta noticiosa de los medios. Televisa nació en 1973 y para significar el formidable negocio que ha sido determinó sus contenidos de acuerdo con los parámetros oficialistas de aquel entonces, definidos a caballo entre el nacionalismo y el presidente Luis Echeverría que, entonces, se creía el mesías del país y el representante de la cuarta transformación que éste tendría. No exagero. Así tal cual y cualquier disidencia era aplastada, como pasó con el diario Excélsior, dirigido por Julio Scherer García y sin que este diario fuera un modelo de virtudes de periodismo independiente aunque sí desafió la unanimidad promovida por el gobierno de aquel entonces.

Los medios que bien portados recibían papel barato y jugosos contratos publicitarios, por ello El Heraldo de México, Novedades y El Universal, por citar algunos diarios, fueron empresas muy rentables independientemente de la cantidad de lectores que tuvieran. En la radio pasó lo mismo.

La transición democrática iniciada en 1977 fue modificando muy poco a poco ese panorama. Al monopolio televisivo le sucedió un duopolio al surgir Televisión Azteca que, con el favor de los medios públicos que eran gacetillas aburridas del gobierno, concentraron fortunas y poder sin duda, un poder fáctico, vale decir, un poder no regulado que, junto con los negocios, los convirtió también en actores políticos. Surgió la revista Proceso y el diario unomásuno del que surgio en 1985, tras una escisión de sus trabajadores, el periódico La Jornada. A ello hay que agregar otros esfuerzos editoriales como Plural que más tarde sería Vuelta, luego Nexos y al desaparecer Vuelta con el fallecimiento de Octavio Paz, el surgimiento de Letras Libres. En la radio también se notaron los cambios, hay que recordar MVS y Grupo Monitor, por citar dos casos. Desde luego, la audiencia más avezada ya registró que salté en unos segundos de mediados de los 80 del siglo pasado a los primeros años del presente siglo. No haré un recuento exhaustivo, a los interesados les remito a mis libros Primera plana. La borrachera democrática de los medios y Chiapas, la guerra en el papel, además de la hemeroteca de la revista etcétera que también ha tenido un papel relevante desde mediados de los 90 hasta la fecha.

Quedémonos con esto, entonces: en regímenes autoritarios los gobiernos alientan una oferta única entre los medios de comunicación; lo hacen a través de presiones a sus dueños, o sea, les recortan o les cortan el flujo de publicidad, los persiguen fiscalmente o les obstaculizan otros de sus negocios en el caso de que los tengan. Si se portan bien, es decir, si difunden lo que el gobierno quiere, o callan y distorsionan todo aquello que le puede perjudicar, entonces los incentivos son evidentes: aumento de los recursos de publicidad, aliento a sus negocios y dispensa de sus compromisos fiscales. En esa órbita hay una connivencia innegable: el medio apoya al gobierno y éste corresponde. Además, ese medio de comunicación tiene un basto menú para relacionarse y apoyar a políticos de diferente nivel y región y, entonces, multiplica los negocios. De esta forma los ciudadanos nos informamos con mayor o menos profundidad de lo que sucede en el país según los niveles de acuerdo que tengan los gobiernos con los directivos de los medios. Por eso ustedes notan que Excélsior es uno de los medios más condescendientes con el gobierno, el dueño del diario, además, como les hemos reportado en este espacio, ha hecho grandes negocios. Digo Excélsior y podría mencionar El Heraldo de México, por no citar a La Jornada, que tiene como propietaria a Carmen Lira Saade, comadre del presidente López Obrador, que ha recibido poco más de 715 millones de pesos en lo que va de la administración presidencial.

Desde que inició en el cargo, el presidente arremetió contra la frágil democracia construida hasta ese momento. Uno de los golpes fue contra los medios. Disminuyó el gasto publicitario y esa, en principio, es una buena noticia. Hasta 2018 el gasto en ese rubro tuvo un aumento exponencial hasta llegar a los 20 mil millones de pesos en un sexenio. Pero López Obrador no promovió una ley de asignación de aquellos recursos sino que los comenzó a distribuir de manera arbitraria, para castigar a unos y premiar a otros, como el portal SDP Noticias que dirige el empresario, que no periodista, Federico Arreola, igual que a Televisa y TV Azteca (Así sea de pasó hay que decir que no en todos los casos López Obrador fue agradecido con los medios que lo impulsaron y por ello otro sitio digital como Animal Político, dirigido por Daniel Moreno, endureció sus contenidos contra el presidente, tanto que ayer fue capaz de informar sobre una campaña negra contra Ricardo Anaya durante 2018, cuando ese mismo portal fue parte de la campaña negra). Hay otros ejemplos de ingratitud del presidente para quienes le aplaudieron, otro es Milenio diario que, sin embargo, mantiene su línea favorable al titular del Ejecutivo porque están en juego otros negocios del dueño del diario. Quizá el ejemplo más destacado sea Carmen Aristegui.

Los dueños y los directivos de los medios no las han tenido todas consigo en este sexenio. Al principio hicieron como siempre. Trataron al presidente con la vieja máxima de “Ha muerto el Rey que viva el Rey” y vimos cómo, durante la asunción de López Obrador, en Imagen, la comunicadora Yuriria Sierra se desvivía en elogios al presidente, como en aquellos viejos tiempos de la cadena televisiva, tanto que hasta en la forma de hablar nos remite a esos años dada la imitación que hace Yuriria Sierra hace de Adela Micha en sus programas. El presidente es un troglodita, eso está claro, pero también su mensaje fue que algunos medios se rascaran con sus propias uñas, en particular aquellos directivos que tenían el talento para hacer amigos de los presidentes y convertir eso en jugosos negocios. Eso pasó por ejemplo con Enrique Krauze, independientemente de los excelentes contenidos culturales de Letras Libres, una revista que considero en ese rubro como la mejor de México. Krauze ha sido un extraordinario empresario y jamás hizo algo como para romper con los presidentes.

Un tema adicional es que si los medios sobrevivían fundamentalmente del erario, los lectores y la audiencia de la radio, la televisión y ahora internet, no estaba acostumbrada a pagar por los contenidos. Todo esto trataba de prender la radio y la televisión para escuchar y ver los contenidos de cultura, entretenimiento e información que las empresas decidían sin pagar un solo peso. Nada. Los diarios además salían muy baratos y el consumo principal era el de los deportivos. Cuando los medios se vieron obligados a apelar al público no han encontrado la respuesta que se quisiera. Por ello aunque el diario Reforma cobra varios contenidos, eso no implica ingresos significativos porque, además, todo o casi todo se encuentra en la web y no se cobra. El Universal hoy día vive la peor crisis económica de su historia.

El presidente López Obrador tiene a la mayoría de los medios de comunicación maniatados. Por cualquier ruta que ustedes imaginen, publicitaria, empresarial o fiscal e incluso jurídica, como lo muestra la persecución que emprendió contra Latinus y Carlos Loret. El poder del Ejecutivo venció a los actores políticos de los medios más poderosos que podían respingar o al menos dialogar con los mandatarios. Lo paradójico es que entonces como ahora nosotros vemos sus contenidos de acuerdo con los cálculos empresariales y políticos de los dueños. Es entendible que esperen mejores tiempos para desplegar mejores contenidos aunque más o menos llevamos 60 años esperando esos mejores tiempos.

Si nos ponemos optimistas estos tiempos obligarán a los medios a voltear a las audiencias peros si nos ponemos pesimistas debemos decir que lo que ahora mismo está ocurriendo es que la prensa está vendida, doblegada o intimidada por el poder presidencial. La mayoría, sin duda. Por eso a través de esta las audiencias no se enteran del desastre que vive el país, el problema para ellos es que cada día que pasa se hunden en el descrédito aunque apuesten a la falta de memoria de la sociedad sino es que a su comprensión.

Pero el gobierno y esos medios agachones que sólo piensan en sus ingresos y no en el servicio informativo, no contaban con la existencia y el poder que potencialmente tienen las redes.

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