Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Una tía entre las estrellas

Si tuviéramos una Fantástica, como hay una Lógica,

se habría descubierto el arte de inventar.

Gianni Rodari

La tía Magüicha nunca se casó. Se fue a vivir con mis abuelos al ático, su cuarto era escenario de las más bellas historias. Mis tías y mi mamá; luego mis primos y yo, solíamos meternos debajo de su tocador lleno de velos para escucharla; o lo hacíamos fascinados por sus cuentos de fantasmas en el panteón Jardín de la Ciudad de México. Por su culpa estudié letras, ella hizo que me enamorara de Poe y de Wilde, que amara a “La Llorona”, que comprendiera las pasiones a través de parejas históricas como Maximiliano y Carlota o las excentricidades sentimentalesde “Juana la Loca”, al tiempo que me sembró interés por la historia, la geografía y la poesía. Y aunque nunca fui buena para las matemáticas, me convenció de que Pitágoras sabía, siglos atrás, lo que Carl Sagan decía: “somos polvo de estrellas”. Magüicha nos contaba que entre las historias, las ciencias y los sentimientos había analogías y relaciones profundas. El verbo contar de las matemáticas nos ayudaba a entender los números y llevar “las cuentas”; el relato literario pone orden en nuestros recuerdos, relaciones y proyectos en un relato que “te cuento”, finalmente, “te tomo en cuenta” es la frase que queremos escuchar de los otros para estar ciertos de que estamos y contamos. La tía nos hacía notar mientras conversábamos que lo más importante era ser conscientes, que era el arte de la ciencia conjunta, de captar la verdad juntos.

Magüicha amaba los triángulos y las estrellas. Pitágoras, nos decía la tía cuando ya se había puesto el camisón –en voz baja, como quien revela un secreto–, que el matemático pensaba que los números eran los intermediarios en una relación amorosa entre la música, la naturaleza y el hombre. Mientras sorbía su té con miel y limón Magüicha proseguía su relato como absorta buscando un punto en el firmamento que se asomaba por la ventana: para Pitágoras el mundo fue ordenado por un dios matemático que advirtió que todo puede dividirse en tres cosas: lo que existe, lo que es igual y lo que es diferente. Existencia, igualdad y desigualdad. El universo era música que salía de las cuerdas del arpa del dios Apolo. Cada cuerda era uno de los siete planetas conocidos entonces: Luna (lunes) Marte (martes), Mercurio (miércoles), Júpiter (jueves) Venus (viernes), Saturno (sábado) y Sol (domingo), y a cada planeta correspondía una nota musical. El conjunto de estas notas constituía la armonía de las esferas. Estas esferas planetarias, cuerdas de la lira de Apolo eran también las voces de siete sirenas que habitan cada una de estas estrellas fijas. Dos triángulos que se interceptan en un beso son la estrella pitagórica que representa todos los elementos. Pitágoras pudo haberse referido, con toda esta hermosa cosmogonía a la “música de los cielos”, que sólo él parecía capaz de oír. Hoy sabemos que la Tierra canta, que produce una melodía que se llama “coro”. Es un fenómeno electromágnetico creado por las ondas de plasma de los cinturones de radiación de la Tierra.

–¿Les gustan las hadas?, preguntó Magüicha la víspera en que perdió la razón y se fue para siempre a navegar entre estrellas. Pues sus abuelas son tres ancianas sentadas en círculo, cada una en un trono y a distancias iguales flotando entre las sirenas y sus planetas; para los griegos se llamaban Parcas, y para los romanos Fatas (de ahí viene la palabra destino) son hijas de la Necesidad: Láquesis, Cloto y Átropos. Cantaban al son de las Sirenas: Láquesis cantaba a las cosas pasadas; Cloto, a las presentes, y Átropos, a las futuras. Ellas son las que poseen la rueca de los tiempos y conceden regalos en el nacimiento de los mortales, en un ritual muy antiguo que consiste en la “Dicha”, otra palabra latina que habla de aquello que fue dicho por las ellas en el día en que naciste y que representa el don que da sentido a tu misión en la vida.

Eureka, gritaba Magüicha (que como bien saben quiere decir lo descubierto en griego y fue pronunciada con acierto por Arquímedes cuando descubrió que el volumen de agua que asciende es igual al volumen del cuerpo sumergido) cuando encontrábamos la palabra correcta. Ahora, nos decía caminando por San Ángel, tendrán que descubrir el argumento en que armónicamente encaje esa mágica palabra. Claro que ella aprovechaba para contarnos que Harmonía era la diosa griega hija de Eros, el amor pasional,y Psique, la mente o alma umanas. Nuestra mente ama las historias porque dan orden, es decir, kosmos (“el orden hermoso de las cosas”). Ese día aprendí que somos arte y somos números, cantamos y contamos historias para comprender, para construir nuestra visión de mundo y nuestra identidad, como el gran poeta Bob Dylan, hoy ganador del Nobel, contamos para defendernos, para recordar, para influir y persuadir, contamos historias para construir el futuro y para acomodar la trama en busca del triángulo perfecto que se integra por tres palabras: Un final feliz.

Magüicha me dejó sus libros y sus pinturas, algunos de sus cantos pero se quedó en mí porque como dice ese principio de los pieles roja: “Tell me a fact and I’ll learn. Tell me a truth and I’ll believe. But tell me a story and it will live in my heart forever” (Dime un hecho y aprenderé. Dime la verdad y la creeré. Pero cuéntame una historia y vivirá en mi corazón para siempre). Sus historias viven en mi corazón. Ella es mi mentor, el profesor inspirador debe serlo. Una estrella que ilumine y pase la luz a las demás estrellas del cosmos. Nuestro cuerpo contiene una cucharada de las primeras estrellas pues después del big bang, los átomos expulsaron materia que alimentó a su vez a otras estrellas, los “ladrillos” fundamentales de carbono que se transformaron en VIDA.

Tal vez por ello nuestro cerebro posee su propio cosmos, 86 mil millones de neuronas que irradian ideas en forma de luz. La operación de nuestro cerebro emerge de la red de interacción de sus partes. Nos dice la neurociencia que tanto en los cerebros como en las comunidades, toda consciencia surge de la interacción de sus residentes. Nos sugiere que un sistema de conciencia requiere de un balance perfecto entre la complejidad de miles de estados diferentes y la suficiente conectividad para permitir que todas las partes del sistema, aún las más distantes, se mantengan en una comunicación estrecha. Somos una neurona más en la vasta colección de ciudadanos que hacemos de este planeta un gran cerebro cósmico.

Cada que cuento una historia la tía Magüicha se hace presente, así que para cerrar este texto quisiera recordarla como hace Saint Exupéry a su Principito:

Por la noche me gusta escuchar a las estrellas. Son como quinientos millones de cascabeles…Éste es para mí el más bello y el más triste paisaje del mundo. Ese “infinito” al que algún día nos posaremos para darle la razón a Pitágoras a Carl Sagan y a la tía Magüicha porque somos indudablemente “polvo de estrellas”.

 

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