Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Un relato sobre el Salón Corona

Entre la bruma del tiempo apenas alcanzo a ver las siluetas de tres jóvenes veinteañeros que discuten en el Salón Corona de la ciudad de México, mientras beben cerveza de barril y comen tortas de pulpo. No hay música y se entiende, estamos en la agonía de la música disco con un ridículo que se llamó Trans X y asistimos también a bandas que en el nombre del rock dieron forma a Level 42, Crowded House y Europe, por no citar a Bon Jovi dado que este relato no admite polémica. Entonces, los jóvenes platican de cine y más precisamente dos de ellos aseguran que Pelotón será una cinta clásica mientras el otro dice que se hincan con tan poco, precisamente igual a como lo hizo Elias (Willem Dafoe), al ser masacrado por los vietnamitas en la obra maestra de Oliver Stone.

El tema tampoco era el futbol, y eso que aquel sábado en la noche estábamos a unas horas de presenciar la final de la Copa del Mundo entre Argentina y unos alemanes que se habían ganado el corazón de muchos con una tonada bobalicona que acompañaba a la complicada frase de “México mi amor” y una especie de villancico cantada en teutón con los jugadores vestidos de traje moviéndose con la misma gracia de la Osa Martina, de memorable recuerdo en las calles de la ciudad de México. A esos jóvenes impacibles, provistos para la revolución, los tenía sin cuidado Neri Pumpido, Ruggeri y, sobre todo, Diego Armando Maradona, vamos, ni siquiera les sugirió algún balbuceo divertido la señora Mar Castro y su playera de ensueño que apenas escondía el baile alegre y travieso de los senos al ritmo de Chiquitibum…

Están por empezar la cuarta ronda de cervezas en medio de otra polémica sobre si La Mosca era un buen filme cuando, surgido de la nada, se sienta a la mesa don Baudelio, un viejo de más de setenta años pasado en kilos y con el rostro enjuto aunque a los bebedores les llama más la atención los aros de sus lentes que reposan casi en la punta de nariz. Don Baudelio lanza golpes al aire, es el uno dos que le pega a un costal inexistente, y finta con un par de cabezazos para esconder el jab de izquierda. El señor está emocionado y toma la palabra:

“Ustedes acaban de ver ese derechazo impresionante con el que Mike Tayson, apenas en el minuto y medio del primer round, trituró a William Hosea para continuar en la cúspide de los pesos pesados”. En realidad, aquel sábado 28 de junio los jóvenes no vieron el televisor, solo comían tortas de pulpo, quesadillas y ajos cocidos mientras se sentían directores de cine. No obstante el silencio, el intruso comentó animado que en las noches era mariachi en Garibaldi y en las mañanas reparaba guitarras y guitarrones,pero que, sobre todo, era experto en box:

“Está claro que esa pelea no se acerca siquiera a la calidad de la que sostuvieron doce años antes Mohamed Alí y George Foreman (1974) pero ustedes no habían nacido”, les dice don Baudelio mientras limpia sus lentes con un paliacate rojo y pide una cuba apenas pintadita. Ah, pero qué tal el pleito del año pasado entre Tommy Hearns y Marvin Hagler y el que pronto llegará, faltan solo tres meses, para ver quién es mejor, si la misma Cobra de Detroit o Sugar Ray Leonard. Al decir esto don Baudelio los mira con ojos de plato y una sonrisa limpia esperando algún comentario. Lo hace el mesero.

Y qué dicen de la putiza que le dio Julio César Chávez a Mario “El Azabache” Martínez hace apenas año y medio para conquistar el campeonato superpluma. Pero la que no tuvo madre fue la chinga que le paró Hearns a José Pipino Cuevas o el derechazo seco con el que el mismo mastodonte negro derribó a Roberto Durán. Los jóvenes no saben qué decir, y menos aún cuando el viejo mariachi recrea la cátedra que le dio El Sal Sánchez a Wilfredo Gómez a quién dejó como “santo cristo”, lo que millones de mexicanos tomamos como una venganza porque el boricua había masacrado a gallitos del forje de El Indio Lupe Pintor o Carlos Zarate –surgidos nada menos que del establo de Arturo El Cuyo Hernández, completa el mesero, en tanto que Baudelio se pone de pie en señal de respeto, según dijo, por eso gladiadores, y en seguida emprendió la retirada balbucendo algo así como “el gol de Manuel Negrete es nada frente a la cintura del Púas”.

La bruma no despeja la memoria, por eso sólo alcanzo a ver a esos jóvenes que por primera vez andan por las calles de Brasil, allá atrasito de la Catedral del Zócalo, resolviendo que la película de Stone no trascenderá mientras buscan un lugar para ligar. Uno de ellos propone entrar por un zaguán oscuro donde a unos metros hasta el fondo hay una cortina morada. En ese momento sí hay música. Parece que está tocando Pepe Arévalo y sus mulatos:

“Urge
Una persona que me arrulle entre sus brazos
A quien contarle de mis triunfos y fracasos
Que me comprenda y que me quite de sufrir”

Eso sí lo recuerdo muy bien porque puedo atestiguar que es la primera vez que esos jóvenes entraron al Bar León y que, al menos uno de ellos, probó el sudor de una mulata que treinta años después hasta en estas palabras persiste.

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