Adriana Curiel

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Mexicana sonriente, con más pecas que pecados, diletante soñadora de la literatura. Cuenta con una larga trayectoria en el periodismo de negocios. Ha publicado en los medios internacionales: Mergermarket, Financial Times, Forbes y Latam Investor. En México colaboró para El Financiero y la revista Obras, de Grupo Expansión.

Tiempo de morir

“All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die”.
Blade Runner

María levantó la cabeza con mansa lasitud. No reconoció aquel cuarto blanco impoluto. Cada objeto emanaba una luz propia con colores jamás vistos. Apenas reparó en que estaba flotando, cuando dos hombres vestidos con overoles herméticos caminaron a través de ella.

Dio vuelta asustada. Se vio en una cama de hospital, cubierta por una máscara de oxígeno. Un filamento plateado la unía a su ombligo corpóreo.

Antes de poder regresar al refugio de su cuerpo enfermo, una nube grisácea la detuvo. Sin emitir sonido la hizo mirar sus manos. Cuanto más las veía, mayor era su nitidez. Cada dedo emitía una luz distinta.

Alzó la cabeza, la nube amorfa tenía su propio cordón brillante. El volumen y fluorescencia del mobiliario la remitieron a las películas en tercera dimensión. Se quedó absorta ante los descubrimientos.

Sin despedirse, aquel ente singular se esfumó atravesando el techo. María fue tras él, curiosa. Apoyó con cautela una mano sobre la losa por donde había escapado, y se emocionó al darse cuenta de que también podía cruzarla. Lo persiguió de piso en piso hasta llegar a la azotea.

Los vapores grises habían mutado, tomando la forma de una figura humana. María se acercó despacio, el extraño la invitó a sentarse a su lado para admirar juntos la ciudad en calma, cobijada por la noche.

La contaminación les cerró el privilegio de las estrellas; no importó, la postal les ofrecía cientos de luces parpadeantes de la metrópoli insomne. Al presentarse, Paolo contó cómo descubrió la manera de separarse de su cuerpo aún siendo un niño. Había viajado por todo el mundo, incluso al fondo del mar. María, quien solía dar excusas para evitar pláticas estériles con desconocidos, tuvo el peculiar deseo de dejarse envolver por historias que antes hubiera creído inverosímiles.

Paolo no requería hablar para comunicarse. Reproducía mensajes en su mente. Cada imagen emanaba aromas y sensaciones. A María le parecían tan íntimos como sus propios recuerdos.

Después de prestarle atención, sintió necesario tener sus propias vivencias. Le rogó que le enseñara a moverse en ese espacio sin fronteras. El experimentado viajero le pidió subir a la cornisa.

—Esto es muy real. No parece un sueño —dijo sin lograr controlar el vértigo.

—Porque no estás soñando —respondió Paolo, abrazándole el miedo.

Extraordinario en su naturaleza, María decidió dejarse guiar sin resistencia.

—Tu memoria debe esforzarse por desaprender lo vivido. Es ella quien te previene de saltar. Sólo deséalo. El tiempo es la cárcel del cuerpo.

Le tomó varios intentos transportarse sin ayuda. Cuando confió en sí misma, condujo a Paolo a los sitios donde había creído ser feliz.

—¿Cómo sé que no es un sueño? Yo he estado en todos estos lugares.

—¿Por qué no vamos a donde nunca hayas ido?

María lo tomó como un desafío y se embarcaron en un mágico viaje por el vasto espacio terrestre.
Un año antes, María fue reconocida como la mejor residente de medicina interna del hospital. El mismo en donde ahora estaba internada. Era una mujer sana, solía cuidarse. Las fiestas le resultaban una pérdida de tiempo.

A las cinco de la mañana comenzaba el cronómetro. Treinta minutos en la caminadora, diez para tomar un baño, tender la cama, vestirse. Desayunar fruta, pan tostado, café. Llegar al hospital. Revisar pacientes. Dar consultas. Atender cirugías. Comer ensalada. Hacer siesta. Estudiar casos difíciles. Leer. Hablar con familiares. Regresar a casa. Prender la televisión. Cenar en la cama. Apagar la luz.

Ahora estaba ahí, en un sueño sin fin con un ser intangible probando por primera vez las mieles de la felicidad.

Tumbados en un campo de girasoles recorrieron laberintos dentro de la mente del otro, en un baile sublime que no requería de sudores para alcanzar el éxtasis.

María deambuló por montañas, caminó sobre mares, se internó en la selva. No sentía cansancio físico, pero intuía pausas, tal vez de días. Después de un largo viaje, invariablemente despertaba en su débil cuerpo. Sin esforzarse demasiado dejaba la cama hospitalaria para emprender el vuelo.

La presencia de Paolo le sanaba el pensamiento. Sus vapores habitaban su alma dolorida, desanudaban, con paciencia, el amasijo de sentimientos acumulados con los años. Sin darse cuenta, esa pesada carga la había vuelto intolerante, obligándola a permanecer en soledad. La nueva María era grácil, volaba sin prisas, ofrecía la sonrisa a todo lo que encontraba en el camino.

El filamento plateado intensificó su luz, purificándole las entrañas. María tuvo miedo. Cuanto más salud recuperaba, más difícil era salir de su cuerpo.

Una día, la lucha por desprenderse le pareció interminable. Cuando lo logró, descubrió a Paolo vigilando su agitada respiración.

La pareja se elevó en silencio. Escogieron distraerse entre dunas del desierto. Ayudando al viento con su tarea, hicieron figuras en la arena. Cruzaron ríos, cascadas, mares infinitos, hasta detenerse en el pico de una montaña nevada. María acurrucó sus cavilaciones en la cálida densidad de Paolo. No imaginaba un sentimiento tan perfecto. El amor le brotó por los poros como lágrimas de luz.

En la plenitud sintió cómo el veneno que la mantenía dormida desaceleraba su efecto obligándola a regresar. La fortaleza adquirida fue nimia ante el desasosiego de perderlo.

—¿Si no vuelvo a verte? ¡Enséñame a desprenderme! —le suplicó.

—Es tu hora de vivir y mi tiempo de morir —María quiso aferrarse. La felicidad, volátil, se le desvanecía entre los dedos.

—Probablemente ni siquiera me recuerdes, dijo la nube entre susurros. La silueta marchitó sus vapores, de verde tornasol intenso volvió a su amorfa figura gris, hasta desintegrarse.

María regresó como estampida al cuerpo. Abrió los ojos, la mano entrelazada a la suya era la de una enfermera. Le habían retirado máscara y tubos.

—Vuélvanme a dormir, imploró.

Apretó los párpados. Las palabras de la enfermera eran un zumbido lacerante. María prefirió seguir la voz del barbitúrico que todavía recorría su sangre.

Escarbó en la memoria remembranzas de aguas cristalinas…, pero encontró un mar espeso como petróleo, supurando dolor. El líquido amargo le corrió llanto por las venas y se detuvo en su corazón.

María pudo ver al personal médico apresurar maniobras de reanimación. Un choque eléctrico la devolvió a la piel verdosa. Pestañeó por última vez. Viajó en caída libre, devorada por la tierra, sin intención de sujetarse.

Se detuvo en un espacio apagado, donde no había materia. Tampoco encontró colores, sabores ni olores. Sin movimiento. La muerte del tiempo.

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