Adriana Curiel

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Mexicana sonriente, con más pecas que pecados, diletante soñadora de la literatura. Cuenta con una larga trayectoria en el periodismo de negocios. Ha publicado en los medios internacionales: Mergermarket, Financial Times, Forbes y Latam Investor. En México colaboró para El Financiero y la revista Obras, de Grupo Expansión.

Soledad

“Fighting against our destiny would be a battle

like the bunch of spikes that would resist the sickle”.

Lord Byron

Es difícil entender a qué se viene a esta vida. En su caso, el único don que tenía era sobrevivir. Nada le importó la presencia de un diu en el útero, o los brebajes caseros que bebió Margarita para abortarla. En una demencial premonición, la llamaron: Soledad.

Seis meses después de parir. En un arranque de ira y desolación, Margarita decidió quitarse la vida en vísperas de Navidad.

La despechada secretaria no soportó el constante rechazo de su amante. El respetable empresario, que estaba por recibir a su primer nieto, no podía permitirse un escándalo de esas dimensiones. En desesperada carta de suicidio, casi ilegible, Margarita pidió perdón por llevarse a Soledad.

No calculó que al desmayarse, el gas bajaría hasta su nariz. En tanto que la densidad del venenoso fluido no llegaría tan pronto a la cuna, permitiendo que un vecino de prodigioso olfato la rescatara.

Para Soledad, los siguientes meses fueron alegres. Su tía Carmen recibió gustosa a la pequeña morenita en una casa de losetas floreadas, a escasas cuadras de la Basílica de Guadalupe. Un perro y dos niños gemelos, cinco años más grandes la acompañaron.

Carrie Fisher observa a su madre Debbie Reynolds mientras ésta actúa en un teatro de Las Vegas, en 1963.

Todavía usaba pañales. Esperaba en brazos de Carmen la llegada del autobús escolar donde viajaban sus primos, cuando una vagoneta sin placas cruzó la luz roja sin frenar. El bólido impactó contra un sedán azul que voló hacia ellas, prensando a su tía contra la pared. Su conductor no corrió con mejor suerte. Falto de cinturón rompió el parabrisas con la cabeza, cayó a pocos centímetros de la olla humeante de manteca hirviendo donde un carnicero freía chicharrón y quesadillas de sesos. Los paramédicos no podían explicarse cómo la pequeña de dos años logró salir con sólo un chichón en la cabeza. Abrazaba el zapato ensangrentado de su madre adoptiva cuando la rescataron.

Con dos hijas muertas, su abuela aseguró que Soledad había nacido maldita y tuvo miedo hasta de darle el biberón. Aceptó criar a los gemelos, incluso al perro, pero se negó a recibir a la niña en su casa. Las flores del sepelio no se habían marchitado cuando el padre de la criatura arribó bajo amenaza.

El quincuagenario empresario tenía miedo a ser descubierto. Resolvió darle su apellido para poder sacarla del país. Ante la posibilidad de que el fruto de su desliz amoroso esparciera desdicha, le colgó el escapulario de su madre. La matriculó en el costoso internado religioso Institute of the Sacred Heart en Chicago.

Soledad De la Cruz creció bajo el yugo de las buenas costumbres católicas, pero con el corazón silvestre. Sin saber dónde guardar las emociones. Su padre confundía su cumpleaños llamándola unas veces en junio y otras en julio, excusándose por el parecido de los meses.

Ante la insistencia de tener recuerdos de Margarita y Carmen, Don Luis De la Cruz tuvo a bien enviarle sendos recortes de periódico que daban cuenta de los dramáticos accidentes en los que Soledad estuvo presente antes de saber escribir.

Soledad recibió la misiva con desbordada alegría. Pensó que las niñas que dudaban de la veracidad de sus historias por fin le creerían; sólo consiguió espantar a las pocas que le hablaban.

Acostumbrada a tener por compañía nada más que sus pensamientos, armó su guarida en el jardín. Cuidadosa envolvió con el escapulario el rollito de periódico, lo introdujo en una caja de cerillos y lo sepultó bajo el rosal más frondoso. Mismo del que todas sus compañeras huían por estar plagado de abejas.

Tenía nueve años en el invierno de 2013. De las 96 niñas que vivían en el internado, sólo dos no partieron a sus casas a pasar las fiestas. Marlene tenía pocos meses de haber entrado al instituto. La escuálida niña apenas hablaba, decían que su madre estaba internada en un hospital psiquiátrico por depresión.

Sor Bertha, la cocinera, sintió pena por las pequeñas y preparó una celebración especial. Horneó galletas de jengibre, desempolvó unas viejas luces para adornar la cocina. Soledad invitó a Marlene a hacer un muñeco, le pareció verla sonreír por primera vez cuando la redonda cabeza de su helado amigo rodó al piso.

Entre las dos devolvieron la pesada bola de nieve a su sitio. Soledad le puso su bufanda al muñeco, que ambas bautizaron como Muégano, por sus deformidades. Soledad entró a la cocina en busca de una zanahoria cuando se topó con las galletas recién salidas del horno. Se retiró los guantes, se agachó en silencio para probarla a escondidas de Sor Bertha, que escalaba una escalera metálica para colgar la última tira de focos.

La regordeta cocinera aprovechó su presencia. Emocionada, pidió que enchufara las luces. Soledad se chupó los dedos. Sin darse cuenta tomó el cable pelón y lo conectó a la corriente. Su pequeño cuerpo convulsionó por unos segundos. Sor Bertha rodó escalera abajo golpeando las paredes con sus gritos. Marlene salió corriendo despavorida por el susto.

Al ser una emergencia eléctrica, la cocina rápidamente se pobló de bomberos y médicos que atendieron a las heridas. Sólo pudieron explicar que la niña sobreviviera a causa de un clavo enterrado en el zapato de goma por donde salió la furia eléctrica, después de recorrerle el cuerpo y reducir su dedo índice a dos falanges.

El personal de emergencia devoraba los muñecos de jengibre que repartían las sores en agradecimiento, cuando se percataron de la ausencia de Marlene. La pequeña había huido en busca del consuelo materno sin que nadie lo notara.

Soledad pasó esa Noche Buena sedada en un quirófano, mientras trataban de reconstruirle el dedo. A Marlene la aplastó una tormenta de nieve, que detuvo su búsqueda a media noche.

Mr. Louis de la Cruiz, como le llamaban las sores sin tomar aire, con pésimo acento, llegó una semana después. Visiblemente molesto, ordenó a Soledad hacer sus maletas. Las vendas de su mano, junto a las capas de hielo del jardín, le impidieron desenterrar su tesoro. El registro del suicidio y aplastamiento de vísceras de las hermanas Hernández permanecería custodiado por abejas cada primavera.

Convencido de la maldición que acechaba a la niña, Don Luis deseó a toda costa deshacerse de ella. Sabía que un poder divino lo castigaba por haber roto los votos matrimoniales. El suicidio de la estúpida secretaria habría ofendido al Creador, condenándolo a través de aquella siniestra criatura.

No tuvo más remedio que alejarla lo más posible de su familia. La inscribió en el Instituto Internacional de Señoritas de Madrid. Apretaba los dientes cuando se sentó junto a ella en el avión. Emocionada por tenerlo cerca, la niña tomó su mano. Don Luis se soltó despacio, limpiándose las palmas en el pantalón. Le aseguró que a su edad no podía cruzar más de una vez al año el Atlántico para visitarla. El cambio de horario dificultaría también las llamadas.

En España pasó siete años sin sobresaltos. Salvo el incendio de una capilla en la que prendió veladoras a Margarita y Carmen. Tenía 16 años cuando concluyó los estudios de enseñanza básica.

Nunca existió una foto familiar en su buró como las que tenían el resto de las alumnas. Hubo años en los que su padre no recordó ni junio ni julio. Durante las Navidades definitivamente no quiso saber de ella.

Don Luis no tenía contemplado qué hacer para entonces. Sólo se le ocurrió enviarla a un curso de italiano en la región de Lombardía, al que habían asistido un par de nietos de su mejor amigo.

Soledad no perdía la esperanza. Sin más amigos que sus libros, obtuvo las mejores calificaciones de su clase. Creyó que el viaje a Italia era un regalo por su esfuerzo.

En Lombardía se hospedó con una familia local. Compartió cuarto con Romina, la hija mayor de los Failoni. Una rubia de risa desparpajada, mirada profunda con ojos color mar. Esos meses junto a ella aprendió a vivir como una adolescente normal. Fumó tabaco, probó alcohol, pero lo que más le interesaba eran las historias de amor de Romina. Aprendió rápido el italiano recitando novelas rosas.

Soledad se animó a hablarle de su pasado. Romina resultó ser la primer persona en entusiasmarse por sus escabrosas anécdotas, no necesitó recortes de periódico para creerle. Contrario a los dichos de la abuela y el padre, Romina creyó que su nueva amiga podría tener poderes curativos.

En vísperas de primavera, la invitó a acampar con amigos en las faldas de la montaña. Los helados amaneceres frente a la Cascate del Serio fueron los mejores que Soledad recordara.

Durante una caminata, encontraron un pájaro herido. Romina insistió en que Soledad lo curara. La adolescente lo tomó entre sus manos, pronunció una oración en español y lo regresó a las nubes. El ave aleteó hasta perderse en el bosque. El grupo aplaudió emocionado sin darse cuenta de que metros adelante cayó en un lodazal panza arriba sin poder siquiera clavar el pico.

Soledad quiso refrescarse en uno de los ríos que rodeaba el campamento. Se deshizo del calzado, calcetines y chamarra para sumergirse en el agua helada. De inmediato tiritó de frío. Desde lo alto de una roca Romina se burlaba de sus labios azulados. Soledad nadó hacia la orilla cuando una corriente la tomó por el tobillo haciéndola girar para luego tragársela. La hermosa italiana no dudó, se arrancó las botas y saltó en su rescate.

La morena salió metros adelante. En tanto que el cuerpo hinchado de Romina apareció dos días después a siete kilómetros de donde quedaron el par de botas enlodadas. Nadie la culpó. Su sentencia era continuar respirando.

Atormentada por su desdicha, Soledad buscó seguir los pasos de su madre. Asaltó el botiquín del campamento. Tragó hasta la última pastilla. Esperó su fin. Sólo consiguió una diarrea explosiva.

La policía italiana obtuvo el número telefónico de su tutor a través de las monjas españolas. El teléfono sonó de madrugada en la casa de los De la Cruz y fue respondido por el único ser que podía escuchar el timbre a esa hora, la esposa de Don Luis. Jacqueline, quien hasta ese momento ignoraba su existencia. Exigió conocerla.

Soledad dejó escurrir los recuerdos que le brotaban por los ojos en la ventanilla del avión. Sobrevolando el Atlántico pensó en las posibilidades de que fuera inmortal. ¿Sería verdad que estaba maldita?, ¿tendría poderes como creía Romina? Se convenció de que había nacido para trascender. ¿Viajaría a la Luna?, ¿descubriría la cura del cáncer?, ¿mataría al próximo Hitler? O simplemente ¿daría a luz al nuevo Mesías? Lo cierto es que repelía a la muerte.

Apenas reconoció a su padre. El anciano la recibió en el aeropuerto de México con una bofetada que la dejó sorda por unos instantes. Doña Jacky, como la conocían cariñosamente, combatía un rabioso cáncer que le comenzó en una mama y estaba devorándola por dentro. El coqueteo con la muerte le había endulzado el carácter.

La adolescente luchó durante el trayecto en auto por mantener los ojos abiertos. Una fatiga soporosa la vencía mientras don Luis susurraba instrucciones sobre lo que podía o no decirle a su familia.

Aquella viejecita era la unión de los De la Cruz. Parió cuatro varones que le dieron diez nietos, ninguna niña. En cuanto la vio entrar a su cuarto, sonrió emocionada por reconocer gestos de sus propios hijos. Fue amor a primera vista.

Soledad permaneció el resto del día a su lado. Se esforzó por contarle las pocas historias que no incluían tragedias. Tuvo la necesidad de tomar prestadas anécdotas ajenas, especialmente de Romina, para no aburrirla.

Ese fin de semana Doña Jacky preparó una comida en su honor. Un hermoso jardín, flores, globos de colores llenos de frases alegres la recibieron. Decenas de desconocidos con facciones similares y apellido idéntico la llenaron de besos. Apenas pasaban las seis de la tarde, todavía no se había metido el sol de marzo, pero Soledad estaba exhausta.

Finas sábanas de bambú la envolvieron. Completamente incrédula de su nueva fortuna, cerró los ojos. Por fin sabría lo que era tener familia…

Una semana después, los De la Cruz caerían en cama, uno a uno. Morirían primero los más viejos. Presos de un virus del que pocos sabían en México.

 

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