Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Místicos versus apocalípticos

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Este es un ensayo-cómic. Lo es porque el cómic ha venido a ser real. De un lado del ring, los místicos. Del otro, los apocalípticos. Máscara contra cabellera, técnicos contra rudos. Poco a poco se aclarará la cosa para que tú mismo, querido lector, tomes posición. Digo, si lo deseas. Si no, no. ¿O no eres dueño de tu libre albedrío? El mundo al que Trump nos desea llevar es maniqueo, pero nuestra alma no. ¿Por qué entonces propongo la lucha de dos puntos de vista encontrados en forma maniquea, místicos versus apocalípticos, representantes del bien los primeros, del mal los segundos; destructores, auténticas encarnaciones de la oscuridad los apocalípticos, constructores, posibles, a veces delirantes materializaciones de la luz los místicos; guías extremas ambos de nuestra alma, que cuentan con modelos reales en el mundo de verdad, ya no sólo en la ficción. Este sólo hecho justificaría que me ocupara del tema. Pero lo hago, además, porque me resulta muy divertido hacerlo.

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Existen místicos con los pies en la tierra y místicos que, como el Quijote, hubiera sido mejor que jamás recobraran la cordura para poder seguirlos en sus aventuras hasta el fin de los tiempos. Existimos místicos lectores: a saber, cualquiera que haya sentido que el tiempo desaparece cuando lee. Así de fácil. Sólo que la mayoría no cultiva a fondo el vicio. Místicos filósofos, como David Bohm, y místicos poetas, como San Juan de la Cruz. También abundan, claro, los místicos New Age. Algunos vienen descarrilados de la psicología Gestalt, otros de la psicodelia y otros del chamanismo ancestral de México y otras partes del mundo. Ya sea porque las encarrile o las desencarrile, muchos de esos vuelos psicológicos, que operan desde la esquina mística, resultan provechosos para las personas. Pero otros no. Hay algunos que no sólo no traen provecho, sino que aportan alguna dificultad adicional a la vida de la gente que acude a ellos en búsqueda de una vida más rica y feliz. A final de cuentas nada de qué espantarse. O sí. Solo pensar es un acto peligroso. No se diga vivir a plenitud. ¿Dejarse gobernar por el miedo será buena opción? Los vuelos mágicos que aportan más confusión que descubrimientos actúan desde la esquina del miedo y dominados por el miedo se suman, quiéranlo o no sus protagonistas, al lado oscuro de la fuerza. Enloquecen por el temor, como Anakin, ese niño encantador y cabroncete, cuando perdió a su mamá (¿o era a su esposa?). Todos los que vimos las películas con alguna pasión ya sabíamos la respuesta aun antes de plantear la pregunta, ¿no es cierto? ¿O acaso alguien de por aquí suele llegar, en un momento imprevisto e incongruente, a confundir a su esposa con su mamá? No, ¿verdad? Lo sabía: aquí sólo lectores que han alcanzado la autonomía emocional plena. Y lectoras, por supuesto, aunque, bajo este supuesto, el de cambio de género de Anakin, no habría que aludir al complejo de Edipo, sino de Elecktra. Al respecto me pregunto si no integraría una práctica de provecho que las mujeres ima54 ginaran la historia de Anakin en mujer. Pero recuerden que la joven jedi se extraviaría por el temor de perder al hombre que ama, que en su alma experimentaría como perder al padre perdido.

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La lucha maniquea a la que aludo es un juego de fuerzas imaginarias que tiene como protagonista a la palabra. Según Jung nuestra unión metafórica con el todo debe abrirnos la cabeza, no cerrárnosla. He aquí otro punto de oposición entre místicos y apocalíticos. Los primeros la abren; los segundos, la cierran. Los místicos contribuyen a ensanchar y consolidar la autonomía personal; los apocalípticos abonan a la dependencia y el chantaje. ¿O acaso existe un chantaje más escandaloso que anunciar la muerte final de todas las cosas para que renazca todo ahora sí de verdad bien? Según la leyenda antigua, entre los caballos que conducen el carro del amor jala un grupo que obedece a nuestro motor mezquino e inseguro, egoísta, que tira en favor de los celos y la posesividad: son los caballos apocalípticos, esos animales mezquinos, egoístas y caprichosos que conspiran desde nuestro interior en nuestra propia contra. Por fortuna concurre otro grupo de caballos que empuja en pro de la generosidad y el amor propiamente dicho. Y aquí les comparto un dato que aprendí de la mujer que amo: el amor propiamente dicho es procurar la felicidad del sujeto amado aun cuando la disfrute sin nosotros.

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El místico observa y conoce. Confía, tiene fe. El apocalíptico, en cambio, sólo tiene ojos para sí mismo, pero ni en sí mismo puede confiar. Narciso es apocalíptico. Sócrates, un místico entero, cabal, que ni siquiera cuando su daimon o genio personal lo pone a delirar abandona la tierra y la razón. Nadie más adverso a Sócrates que el personaje que pierde la cabeza ahogado en su propia imagen. Así que propongo esas posibilidades extremas del ser humano para ilustrar la lucha que se celebra en el alma de cada quien sin tomar en cuenta, con preocupante frecuencia, la voluntad del sujeto afectado. Sujeto que por algún motivo que hay que averiguar ha venido a confundirse a sí mismo con un objeto. Sí: un objeto. ¿O no es cierto que alguien que siente y hace cosas que su razón le indica que no tiene que sentir ni hacer está actuando como títere de sus propias emociones, anhelos y resentimientos? Evidentemente no se descartan los casos de individuos que actúan según lo que sienten y se dan cuentan de lo que sienten y por qué lo sienten, pero sospecho que también ellos mantienen dentro de sí esa ardua y peligrosa lucha entre Sócrates y Narciso. Una obviedad: si todos llevamos un Sócrates y un Narciso en potencia, cuando Narciso reina en acto, Sócrates es relegado a la basura.

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El pensamiento apocalíptico aspira a suprimir la faceta oscura, caótica y vanidosa, de la existencia. Suena paradójico, yen realidad lo es: si los apocalípticos cultivan una amistad íntima con el caos y la oscuridad, ¿cómo podrían aspirar a suprimirlos? No es que la gente que juega de ese lado del ring sea consecuente, la congruencia no los suele distinguir. Pero los apocalípticos quisieran que no existiera ningún pecado en el mundo. Por esa razón sólo en su nivel más sublime no son aburridos. Sueñan con extirpar la paradoja de la realidad –ese eterno impulso dialectico– o, lo que es lo mismo, con el fin del mundo. En su negativa a lidiar con las contradicciones que animan el devenir de las cosas instituyen el más revolucionario de los afanes, la más grande de las utopías: desaparecer a los seres humanos que en los hechos existimos –Oh, Gran Satanás, actúa veloz y certero, por favor– para abrir paso a una humanidad perfecta, dueña ya de la estabilidad inmóvil de la eternidad. Una humanidad que viva al fin en el paraíso, ese célebre establecimiento al que, en lo que a mí concierne, asistiría sin dudar al llamado caliente y verdadero. Querido lector: si crees que hablo sin darme a entender no formas parte, por desgracia, de la legión que identificamos el paraíso con el amor. Pero el paraíso de los apocalípticos no es ése. La razón se impone fast track: si para ellos no hay paraíso, mucho menos habrá un paraíso caliente y verdadero, o lo habrá, pero sólo para después del Apocalipsis, un trámite que se antoja muy difícil y arduo de remontar, por decir lo menos.

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No lo oculto: pecador como soy, he debido remontar algunos apocalipsis. No importa que al fin y al cabo todo sea vanidad, a veces me avergüenza la mía. Otras actúa en contra de mí mismo y los demás. Pero otras me ayuda a despreciar y seducir el mundo, según la posibilidad que me sea más propia en cada momento. Entonces no lucho contra mí mismo. Quizá resulte imposible que mi parte mística alcance a desterrar a mi parte apocalíptica, pero sin duda la puede sublimar y aprovechar en su favor. No se trata que me derrote a mí mismo, sino de conferirle una forma a mi ímpetu, incluso a mis ímpetus más apocalípticos. Por eso practico la ficción, pues los apocalipsis que tienen lugar en el mundo real no son nada divertidos.

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Sólo por mórbida necesidad me he solazado en la prisa apocalíptica, esa deliciosa catacumba del sufrimiento. Si el apocalíptico espera el fin del mundo es porque anhela el paraíso aquí y ahora aun cuando el aquí-ahora se lo escamotee con las arduas y evidentes letras de la realidad. Entonces el apocalíptico llora desesperado y desesperado acecha, como el hombre que tiene el corazón torcido y teme perder a su mujer a pesar que su mujer le pertenece de verdad, es decir, de la única manera como una mujer puede pertenecer a un hombre, un hombre a una mujer o una gay a otra gay: con libertad absoluta, vivida ordinaria y extraordinariamente en cualquier tiempo y lugar, una libertad que una persona segura de sí misma puede permitirle a su pareja, aunque su faceta egoísta y temerosa se lo dificulte. El apocalíptico es inconsolable porque no se aviene a la imperfección de las cosas, no se hable del sentido trágico de la vida, que detesta porque nunca llega a vivir la tristeza como una forma de la belleza ni la belleza como muchas, muchas otras cosas, además de tristeza, claro está.

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Imposible hablar del Apocalipsis y no traer a cuento al Bosco. “La diferencia que (…) hay de las pinturas de este hombre a las de los otros -escribe Fray José de Singüenza-, es que los demás procuraron pintar al hombre cual parece de fuera; éste solo se atrevió a pintarle cual es dentro”. Es decir, llevamos un Apocalipsis dentro. Y un paraíso. Incluso quizá un rescoldo de fuego eterno. Si así es, no existe manera de suprimir el libre albedrío de nadie. De modo que calma: desde el principio de este ensayo no había nada de qué preocuparse.

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En su corazón el apocalíptico no tolera las frustraciones propias de la vida. Ya porque no está contento con su condición mortal, ya por simple berrinche, se rehúsa al fracaso y la privación. En una inflexión audaz y sin dudar extrema convoca a la muerte para anular a la muerte misma. Que ya nada sea para que todo sea redondo y cerrado y se prolongue para siempre en la estúpida complacencia de la perfección. El apocalíptico desconoce el carácter efímero de la eternidad: desea vivir para siempre dentro del seno de su madre. Pero momento. ¿Acaso vivir dentro de su madre no fue algo que también pretendió, por ejemplo, un místico como John Lennon? Gran pregunta que ha merecido cómics cariñosos e irónicos dedicados a la celebridad beatle, pero no resuelve el problema de si querer vivir para siempre dentro del seno materno surge de una pulsión mística o apocalíptica. Más apocalíptica que mística, según me parece obvio. Pero hay que explicarlo: al apocalíptico le cuesta más trabajo aceptar los cambios que al místico, entonces los apocalípticos hubieran preferido no nacer jamás, pues nacer implica un cambio, indudablemente. Concordemos que todos sufrimos los cambios propios de la vida. Los sufrimos incluso cuando son gobernados por el amor –bueno, no incluso, sobre todo en esos casos. Pero el apocalíptico sufre mil veces más porque su mundo siempre se está acabando, mejor dicho, porque “ora sí seguro mañana se va a acabar”. Es inflexible ante la crítica e impermeable incluso a las observaciones más obvias, no se diga a las que demandan de él una mejor comprensión de sí mismo: de lo que él mismo hace y no desea hacer, de lo que sufre y no ha aprendido a sufrir ni remediar. Abundan, por supuesto, los apocalípticos inconscientes, personas incapaces de reconocer que viven de una manera apocalíptica. No son peligrosos, sino para sí mismos y las personas que los rodean. Aunque hoy en día pueden llegar a adoptar cualquier apariencia, en múltiples ocasiones deslumbran con la bronceada brillantez de la gente más exitosa del mundo. Igual que los místicos, por cierto. Un detalle que aumenta la confusión de la gradería, que pide le resuelvan la vida con ideas transparentes, no con la difícil trama de la complejidad. ¿O no siempre ha sido un error juzgar a alguien por su apariencia? Así es. Un error. Y, sin embargo, a final de cuentas todo lo que las personas somos se encuentra insinuado de algún modo en nuestra apariencia. Nos define la manera como nos expresamos, como nos vestimos y desvestimos, como salimos de nosotros mismos al encuentro del otro, de los otros. No somos sino lo que exteriorizamos en el devenir del tiempo, sin embargo, creemos que somos más. Los interiores oceánicos y complejos pueden resultar muy bellos e interesantes, pero con facilidad viran al lado apocalíptico de la película.

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En la dimensión sublime ubico a Cioran como el mayor de los apocalípticos. En cuanto a pensadores de fusta es el único apocalíptico que conozco de primera mano. De la cultura pop no localizo a ninguno que de verdad encarne alguna forma del espíritu apocalíptico. Sólo aparece en mi mente la imagen de Roger Watters señalándose a sí mismo, en cuanto superstar que arrastra masas, como líder fascista. Pero la imagen constituye una advertencia sobre el fascista en potencia que acecha detrás de cualquier persona que arrastra tras de sí a muchas otras personas, ya sea que cante o no. De modo que Roger Watters no es un verdadero apocalíptico. Aun en sus debates teológicos más maniqueos, como Amused to dead, no pierde la esperanza en la humanidad, y queda claro que un verdadero apocalíptico, como Cioran, no alberga ninguna esperanza por la humanidad. Ya lo dije y lo sostengo: de los pensadores de fusta, Cioran es el mejor de los apocalípticos. Imaginar que Nietzsche es apocalíptico constituye una barrabasada que no voy a discutir. Pero me pregunto si el punk, el heavy, el dark, el grunge y sus innumerables géneros y subgéneros son auténticas ramas apocalípticas. Más aún, me interrogo sobre si su contenido autodestructivo lo es. Y resuelvo que no. La razón: abren la mente, no la cierran. Lo cual no los convierte en místicos de la misma manera como la apertura mental que trae consigo su lectura no le quita lo sublime apocalíptico a Cioran.

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Gracias a que no admite la tragedia, el apocalíptico se rehúsa a la comedia. A sus ojos la aparición de la tragedia despoja de sentido a la vida. Y ciertamente la muerte no es bonita, pero si no muriéramos, podríamos posponer todo en forma indefinida y posponer todo en forma indefinida no parece que sea algo que podamos identificar con la realización personal. -“Mejor morir hoy antes que posponerme, ya ves que luego no tengo tiempo”, -puede bromear cualquiera, pero el apocalíptico no ríe. Por la misma razón que la totalidad resulta incognoscible, todos nos equivocamos, pero los apocalípticos se equivocan dos veces. La humanidad les vale madre. Y no sólo de broma. En serio. Los que se disfrazan de apocalípticos pero no son verdaderos apocalípticos aman, en cambio, la crueldad humorística. Saben distinguir entre la crueldad ficticia y la crueldad real, lo que no implica que no haya quienes tienen clara esa diferencia y aun así resultan incapaces de disfrutar el humor negro.

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En la eternidad no existe el tiempo. Tampoco aciertos ni errores. Allí el silencio y la quietud gozan de un reinado absoluto. ¿Cómo no dar pie a que algo exista? ¿Cómo no desear que haya día y noche, tristeza y alegría, unión y separación? En la eternidad no se dice nada porque en ella todo ya se ha dicho. Nada se mueve porque todo ya se ha movido. Todo se ha reunido porque todo se ha separado. Vivir duele por lo mismo que se siente. En la eternidad, en cambio, nada duele porque todo ya se ha sufrido; nada se siente porque todo ya se ha sentido. En la eternidad encuentro la arjé de los presocráticos, el principio o fundamento de lo que existe. Un principio que se puede sostener sin incurrir en la separación del alma y el cuerpo que extravió a Platón, no se diga a los platónicos y neoplatónicos.

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En las antípodas del delirio apocalíptico se localiza la aceptación del sentido trágico de lo que existe. Todo lo que nace se encuentra condenado a morir. Por fuerza deviene, tarde o temprano resulta inestable. Cuando T.S. Eliot observa que el ser humano soporta poca realidad describe una experiencia difícil de evitar. Criaturas frágiles como somos, nos cuesta un trabajo enorme admitir que todo está habitado por la paradoja, que la vida transcurre al mismo tiempo bella y triste, en cada momento y para cada cual única y, sin embargo, la misma. Nada para aprender humildad como la tragedia. Pero también nada para demostrar quienes somos. Claro, si sobrevivimos al trance.

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Finalmente me pregunto, estimado lector, si el pensamiento místico puede conciliarse con el sentido trágico de la vida. Concluyo que sí. Así que vivo conforme a mi utopía personal aunque sé que jamás voy a conseguirla por completo.

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