Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Mientras dure diciembre

La historia no sería tan buena si no hay nadie para contarla. Mirad lo que hicieron, se volaron a sí mismos. Estúpidos.

 

Julian Barnes

 

En diciembre las sombras son más largas, eso ya se sabe. Y las tristezas más hondas. Y todos, salvo los niños, somos más taciturnos. Algunos, en diciembre, somos más melancólicos que el resto del año. En diciembre apetece más leer a Machado que a Byron y cae mejor Chopin que Beethoven. Todo es cosa de las calendas y la inútil conciencia del transcurso. Sobre todo si el abuelo murió en diciembre, sobre todo si el último mes de la abuela fue diciembre. Y si las niñas ya no vienen a visitar a sus padres y los padres ya no tienen ganas de hacer reuniones con los hijos y el gato se mete entre las sábanas, al fondo, allá donde se calientan y calientan los pies. Y el perro se hace rosca y mira turbado y piensa que es verdad que lo hemos recogido de la calle y le dimos hogar, alimento, cariño y un baño de vez en cuando pero ya podríamos comprarle un abrigo y dos pares de guantes. Y el pez muere porque la pecera estaba cerca de la ventana la noche que heló. El pez muere, atención, no es cualquier cosa y, sin embargo, nadie recuerda al pez al día siguiente.

 

Dice Julian Barnes que hay buenas razones para agradecer y detestar a nuestro último lector, aquel con el que callaremos para siempre. Cierto que se molestará en leernos, pero queda claro, si es el último, que no recomendará que se nos lea. No lo dice Barnes, lo añado yo: A nuestro último lector no le gustará nuestra obra. Otro tanto sucederá con la última persona que nos recuerde, ese que no tendrá nada que transmitir sobre nosotros.

 

¿Cómo serán los últimos seres que hablen de la especie humana? Es verdad que nuestro legado como especie no da para reprochar que se nos olvide. ¿Y el arte? Bueno, ellos tendrán el suyo, ¿no? Y si no lo tienen no debemos ofendernos: por más que lo amemos y sea la bandera ególatra de nuestra especie, el arte no es más importante que la especie humana, que todos los seres vivos, que el planeta entero, que el sistema solar del que somos los únicos pobladores. ¿Qué puede importar el arte de una especie que se destruyó a sí misma a sabiendas de lo que estaba haciendo?

 

Pero no seamos catastróficos y fatalistas: apenas es diciembre, aún quedan tres meses de invierno por si ya no fuese a volver la primavera.

 

Siempre quise conocer a una joven belleza a la que pudiera decirle y que me entendiera cabalmente: “Te recordaré cuando se acabe el mundo”. ¡Ah, si la encontrara! ¿Cómo sería su trono? ¿Cómo sería el tálamo para la noche del encuentro y el adiós? ¿Qué rumbo tomaría al amanecer? ¿Cómo sería mi recuerdo? ¿Cómo sería su sonrisa quizá enamorada en el momento preciso del fin del mundo? Ya, no voy de aguafiestas, pero la recordaría yo, ella no habría prometido recordarme ni creo probable que lo hiciera. ¡Qué vulgar es el amor!

 

De joven, antes de que terminara el mundo, pasaba los diciembres en Cuernavaca. Muy joven me desfloré con una mujer francesa de la que nunca volví a saber nada. Fue en La Pradera, nos encontramos una tarde en que ambos paseábamos a la hora de la siesta junto a las vías abandonadas del ferrocarril. Sucedió entre zarzas y ortigas, el Edén se alineó con el Infierno. Hablamos poco. De flores En Cuernavaca nunca se van las flores, ahí, a un lado, las lilas; enfrente las buganvilias; al otro lado los malvones; sobre los árboles, rododendros, tabachines o magnolias. Y era la juventud, mi juventud, una flor que germinó en diciembre y se marchitó esperando la llegada de las golondrinas que tendrían que anunciar la primavera. Nunca regresó la primavera, ahora ya no importa.

 

Una vez, sólo una vez, tuve invitados en casa. Cierto botánico petulante quiso dejar claro que las flores abundan en diciembre: Bellis perennis, calendula officinalis, viola tricolor, cosmos, petunia, catharantus

 

–¿No le parecen demasiados latinajos para un hombre verdaderamente culto?, dije y le pedí que abandonara mi casa. Lo acompañé a la puerta y le di una patada en el culo.

 

Para mi incredulidad se notaba incomodidad entre los demás invitados. Una pálida señorita anoréxica que escribía poemas y, a juzgar por su forma de inclinar la cabeza, gastaba hemorroides, destensó la situación:

 

– En diciembre germinan muchas flores –dijo con voz suave–, ahora mismo recuerdo algunas. Y empezó a tirarse de los dedos hacia atrás como si enumerara a los Niños Héroes: Alstroemeria, anturios, áster, alcatraz, mini alcatraz, clavel, crisantemos, margarita, delphinium freesia, gardenia gerbera, hortensia, iris, lirio asiático, lirio oriental, eustoma, orquídea, rosa, boca de dragón, mamá araña, statice stephanotis, malcolmia, tulipán, y creo que son todas, así dijo.

 

Volvió la incomodidad entre los invitados. La atribuí a los impertinentes nombres en latín y, por supuesto, a la rosa. Los rosales no florecen en diciembre, eso es sabido por todos, salvo en la cabeza de Sir James Matthew Barrie. Usted se queda a dormir, le dije a la señorita, aquí tenemos Vitacilina, bitoque y todo cuanto puede necesitar. Aceptó y nos aliviamos del frío decembrino con nuestros huesudos cuerpos. Los invitados recobraron la serenidad.

 

Cuando desperté al día siguiente, la dama se había ido con todo y tubo de Vitacilina, lo que me pareció desatento.

 

Cuando desperté al día siguiente, la dama se había ido. No son pocas las noches que podría referir con idénticas palabras. Las sombras son largas, muy largas en diciembre, los huesos duelen, la memoria preserva algunos nombres, los cambia, olvida algunos, añade nuevos muertos. Un día alguien es el último que nos recuerda, alguien es el último que nos lee. La melancolía se amilana y va cediendo sitio a la futilidad de la alegría. ¡Es tan vulgar la alegría! Como el amor. Y como lamentar que tantas flores, tanto arte y, en fin, tanta belleza, esté condenada a extinguirse por la negligencia de una especie prepotente. Un día, ya fastidiados todos, nadie lamentará lo inminente ni pondrá atención a diciembre y la llegada del invierno. Un día ya nadie esperará la primavera. Y un día, al día siguiente, la dama se ha ido, para siempre.

 

¿Cómo serán los extraños seres que recuerden por última vez las flores, los diciembres, la humanidad y este planeta y su sol?

 

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