Emiliano Meza

Madre páter

Desde el fondo de la oscuridad, rebota un eco. Conforme se consolida la presencia del sonido, puedes distinguir que se trata de una voz. Es aguda, pero firme. Persistente.

Al cabo, tus párpados se descorren cautelosos, pero el destello abrasa tu visión. Por un instante, la voz desaparece tras la luz, pero retorna cuando la silueta de una mujer eclipsa el fulgor. Mejor dicho: la silueta de su cabeza, que lleva el cabello suelto hasta los hombros morenos, de los cuales cuelga un vestido blanco. Su sombra es un oasis en la inmensidad lumínica.

Ella es quien habla. Aunque no se dirige a ti, cada tantos compases te arroja una mirada negra, rasgada. Le sonríes, pero ella no te presta atención: le ocupa continuar hablando.

No entiendes lo que dice, pero las palabras quedan tatuadas en tu mente:

–…porque te pertenece nuestro futuro y debo ofrendarte cada gota de sudor y de sangre que cueste cubrir tus necesidades… –especialmente cuando su tono de voz se dispara hasta comenzar a declamar–: ¡…y perecerán los fantasmas del odio y la egolatría que nos condenarían al atraso por los siglos de los siglos…!

Estiras las manos: con una palpas su mentón, pero la otra solo toca su vestido porque te aleja de su pecho al percatarse de que te mueves. Su voz impostada se suma a su indiferencia. De súbito, tu humor detona en una rabieta: la irritación lo colma todo: es intolerable: la luz es blanca, pero ahora parece rojiza, como el escozor de un estornudo interrumpido. La frustración te rebasa y comienzas a gimotear.

–Ya se despertó –espeta fastidiada y luego guarda silencio.

–¡Corte! –exclama un megáfono. Acto seguido, el trino de una campana mecanizada engulle tu llanto. Las luces se apagan y revelan el desplazamiento de paneles escenográficos que desmontan una decena de siluetas grisáceas. Pasas a los brazos de otra persona, quien te entrega a alguien más. Conforme te alejas, buscas retornar con la mujer del vestido blanco llamando su atención con tus lágrimas; es por eso que tu mirada está posada sobre ella cuando se disuelve entre la multitud de siluetas, luego de quitarse la peluca de trenzas barrocas. Al disiparse la gente, sólo permanece un blasón de la patria sincrética sobre la franja de la bandera que más se asemeja a un hueso seco.

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