Santino Cortés

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Poeta

Hemingway poeta: el que busca, encuentra

Es el dios de bronce de la literatura estadounidense. El periodista, escritor, guionista, deportista y cuentista Ernest Hemingway, es mejor conocido por sus novelas, esas que le dieron el premio Nobel en 1954, sin embargo, para la mayoría tiene un espacio en blanco, como si nunca hubiese existido: su poesía.

Desde que tengo memoria, en mi casa Ernest Hemingway ha sido idolatrado y respetado como lo que es: un hombre que cambió la forma en que se escribe y de igual manera, la literatura estadounidense para siempre.

Las fotos de los álbumes familiares estaban plagadas de fotos mías y de papá portando con orgullo el semblante de Hem impreso en una playera o una gorra, con la leyenda que reza: “Sloppy Joe’s. Key West, Florida”.

Hemingway no sólo aparecía en los álbumes familiares, sino en las conversaciones que solían tener Papá y Lichi, o Eliseo Alberto, el autor del libro “Informe contra mí mismo” (Alfaguara, 1998); también en algunas fotos en el estudio. Por supuesto aparecía en los libreros, a donde sea que fuéramos, sin importar mudanzas o viajes.

Hem, como solían llamarlo, me acompañó a muchos lugares, sin yo saber muy bien el porqué, hasta que una tarde en la azotea le pregunté a Papá por Hemingway, a lo que respondió de manera breve: “Te voy a subir algo.”

A los minutos volvió con una amarillenta revista en las manos; era una copia de la revista Life en que se publicó “El viejo y el mar”. Lo recibí y leí, y leí, y leí. Al terminar, le avisé a papá, a lo que me respondió: “Ese es Hemingway”.

La presencia de Ernest en mi vida no cesó después de eso; leí “Islas en el Golfo”, “París era una fiesta” y demás; descubrí su presencia en Cuba, su amor por la isla, cosa que me unió aún más a él, y estoy seguro de que es una de las razones por las que papá lo quiere tanto. Mi amistad con él no hizo más que crecer, lo habituaba cada vez mas, compartía su amor por los gatos, la pesca y el mar. Encima, nos unía la misma tragedia, a mí, a papá, a los 3 millones de cubanos en el exilio y a Hem: la revolución cubana.

Cuba tiene la capacidad de inundar de melancolía a aquél que la visita al momento de partir, incluso sabiendo bien que puede regresar. Por lo mismo, destroza a aquél al que obligan a irse, sea voluntariamente o no.

Ernest Hemingway en su casa de Cuba. E.M.

La sentencia de muerte de Hemingway fue el triunfo de la revolución cubana, con su paraíso electo arrebatado de las manos, cuando empezaron las expropiaciones, la escasez de comida y de licor, lo único que lo ataba a la isla; no le quedó más que ir a pasar el último año de su vida en Key West, a 90 millas de Cuba, antes de darse por vencido y pegarse un tiro en Idaho, a 3000 millas de ella.

Conforme fui conociéndolo más, descubrí que había un espacio en blanco, o al menos poco explorado en sus letras: la poesía. Por más que busqué, encontré pocas cosas o archivos pdf de baja calidad.

Tuve que recurrir a papá, mi gran guía sobre Ernest, para saber por qué no había nada al respecto. Su respuesta fue, como de costumbre, sencilla: “No era un buen poeta”. Me negué a creer que fuera malo; era imposible que Hem no escribiera buena poesía.

Ya sin lugares donde buscar decidí ir a Key West, donde sin duda, encontraría respuestas para el espacio en blanco, pues allá pasaron los años más felices y también los más dolorosos de su vida.

Para este viaje fui con papá, mi cicerón, para poder, de una vez por todas, cerrar ese espacio en blanco. Saber si en verdad su poesía era mala o papá solamente estaba jugando conmigo.

Llegar hasta Key West es como descender a un lugar donde no pasa el tiempo; se tiene que llegar o en avión o en coche desde Miami. En menos de tres horas pasamos del ajetreo y caos de la ciudad, a un lugar donde el calor es tan aplastante que dan ganas de convertirse en una iguana.

Se tiene que pasar por varios cayos antes de llegar, cada uno más caluroso que el anterior, acompañado de puentes, cada uno más largo que el anterior, hasta pasar por el legendario puente de 13 kilómetros.

Cuando por fin llegas, pides a gritos un aire acondicionado o una cerveza, o cualquiera de los dos; de preferencia ambos.

Nuestra primera parada fue en el sitio de las playeras y las gorras: el bar “Sloppy Joe’s”. Ordenamos un pan con pescado a las brasas, papas fritas y una cerveza “Landshark”. Ya comiendo y con las energías más altas, papá empezó a contarme sobre el paso de Hem por el Cayo, tan lejos de Estados Unidos, a pesar de serlo, y tan cerca de la isla.

Terminando de comer fuimos a la Meca: la casa de Hem en Key West. Su fachada, amplia, carcomida por el salitre y con una breve entrada, nos recibió con una caseta de cobro; 50 dólares por entrar a obtener respuestas.

Una vez dentro, los famosos gatos de seis dedos inspiran el mismo misterio que su antiguo dueño; al recorrer las habitaciones, llenas de fotos de los amores, las vivencias y libros de Hem, su presencia es constante, acompañándote hasta que hallas lo que allí has ido a buscar.

Mi primera respuesta la encontré en un rincón de su comedor, una foto de una de sus visitas a Cuba, junto al poeta Herberto Padilla, bajando de un avión de Cubana de Aviación. En aquél entonces Herberto no era el poeta del “Caso Padilla” que fracturó a la intelectualidad mundial y Hem ya era el escritor de “El Viejo y el Mar”, a un año de su muerte.

Mi segunda y definitiva respuesta la encontré en la tienda de regalos; entre los gatos recostados sobre los suvenires y posters de la casa; un libro de poesía me sonrió, la tapa negra recitaba “Ernest Hemingway Poem Anthology”. (Bison Books, 1992). Por fin, había encontrado el Santo Grial.

Salimos de la casa y caminamos hasta el muelle desde donde, puedo jurar, se ven las luces de La Habana. Pedimos pescado frito y un trago de ron Pilar, ese que se fundó en honor a Hem y lleva el nombre de su amado bote de pesca.

Hemigway en el salón de su casa de Cuba, en 1953. JFK PRESIDENTIAL LIBRARY

Acompañado por papá y el ron, abrí el libro, que me recibió con lo tantas veces advertido: un poeta de metáforas simples, escritas con la pasión con la que carga el poeta adolescente, que, a pesar de ser bella, cae en lugares comunes y tiende a ser repetitivo, como en el poema “And loved each other”: “Comíamos bien y barato y tomábamos bien y barato y dormíamos bien y nos dábamos calor y nos amábamos”. * (Bison Books, 1992)

El poema “To Good Guys Dead”, me recibió con más de lo mismo, un poeta guiado por sus pasiones, sin búsqueda de la belleza etérea que caracteriza a la poesía, emoción; sin nada más: “Nos arrastraron; rey y país, Cristo todopoderoso, y lo demás. Patriotismo, democracia, honor—Palabras y frases, o nos humillaron o nos asesinaron”. *(Bison Books, 1992)

Sin embargo, Hem es quien es, apareció con su luz en tan oscura noche, con el poema “All armies are the same”, donde a pesar de tener emociones a flor de piel, transmite su dolor con una sencillez exacta, tan característica de él, sin metáforas demasiado complejas, a la par del poema y el sentimiento de resignación que buscaba transmitir: “Todos los ejércitos son iguales, la publicidad es fama, la artillería hace el mismo viejo sonido, el valor es un atributo para muchachos, los soldados viejos tienen terceros ojos, todos los soldados escuchan las mismas viejas mentiras, los cadáveres siempre han llenado archivos”.* (Bison Books, 1992)

Hem era un cronista con alma de poeta. Dentro de su poesía buscaba ejecutar el mismo estilo de contar que inventó; de pocas palabras, pocos adjetivos y de una brevedad impresionante; pero la poesía obedece a sus propias normas.

Después de tantos años y algunas travesías, terminé de encontrar al hombre que desde que recuerdo ha estado colgando de las paredes de la casa, con su poesía, sus crónicas, sus libros, sus gatos y hasta su ron.

Encontrar a Hemingway no es tarea fácil. Como toda persona que escribe poesía, es un ser que trasciende tiempo y lugares. Sin embargo, para encontrarlo, se tiene que comenzar por buscarle a 90 millas de La Habana.

Cuando terminé este texto se lo mostré a papá, que me respondió: “Este no es un texto sobre Hemingway, es un texto sobre un viaje”. Inevitablemente vino a mi mente la reflexión de Hem respecto al comentario de Nathan Asch sobre su libro “Fiesta”, que contó en su famosa entrevista con George Plinton: “Charlando con Nathan me comentó: Hem, ¿qué es eso de que has escrito una novela? Una novela, ¿eh? Hem, estás escribiendo un libro de viajes”. No me sentí demasiado desalentado por lo que dijo Nathan y reescribí el libro… conservando los viajes”. Ahora puedo sentarme a beber un vaso de ron con Hemingway, a quien tanto había estado buscando. Ya soy de los de Hem.

*Traducción del autor

 

 

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