Adriana Curiel

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Mexicana sonriente, con más pecas que pecados, diletante soñadora de la literatura. Cuenta con una larga trayectoria en el periodismo de negocios. Ha publicado en los medios internacionales: Mergermarket, Financial Times, Forbes y Latam Investor. En México colaboró para El Financiero y la revista Obras, de Grupo Expansión.

La fiesta del rebaño

Un mes después de que cerraran el bar donde trabajaba no tuvo más alternativa que regresar a casa. La noticia tampoco le hizo gracia a la esposa de su padre, quien la alojó en el cuarto de servicio y la obligó a permanecer alejada del resto de la familia por quince días. A Regina no le importó, prefería evitar el contacto con aquella mujer y su hija, a quienes no consideraba su familia. Dedicó los primeros días a arreglar su nueva vivienda en la azotea. Colgó una hamaca entre un poste y el tinaco. Agradecía contar al menos con un lugar para fumar sin ser molestada. Por suerte tenía reserva de mariguana, mezcal y tequila.

Cuando por fin pudo entrar a la casa, tuvo que lidiar con la paranoia de su madrastra y ayudarla a desinfectar cada pequeño objeto que cruzara por la puerta de entrada. Había días buenos en los que incluso lograba entablar una conversación normal con su padre y ayudar a la más pequeña con la tarea, pero inevitablemente Esther sacaba un tema sobre su atuendo, la importancia de retomar sus estudios, el horror que le causaban sus tatuajes, el exceso de maquillaje, las uñas negras, la imagen que representaba para su hermana. Regina volvía a su encierro en la azotea. Para matar el tiempo caminaba por la cornisa retando la gravedad. Dormía de día y bebía de noche. Hasta que la contactó Fernando, un cliente frecuente del bar con quien alguna vez tuvo sexo casual.

<¿Me acompañarías a una fiesta kinky?

<Jajaja
<¿Qué tan kinky?

<Pues acá, medio bondage.
<¿Has escuchado de las fiestas del rebaño? Es para que los jóvenes nos contagiemos y ya seamos inmunes.
<¿No estás harta de estar encerrada?

<¡Claro! —Respondió agitando la cabeza.

<Esta es la invitación, si te animas yo pago tu entrada.

La imagen tenía un fondo de nubes. Con frases escritas al revés que tuvo que leer frente al espejo. “Fiesta bondage. Próximo jueves, 10 pm. Antifaz o disfraz riguroso. NRDA. Al pagar por PayPal recibirás las indicaciones en tu whatsapp”.

<Pongo tus datos para que te llegue la contraseña y la ubicación.
<¿Quieres que pase por ti?

<No, yo llego. —Poca gente sabía que había tenido que dejar su pequeño apartamento por falta de pago.

<Vete guapa. Yo llevaré una máscara de pájaro.
<jajaja

<¡Va!

No se lo pensó mucho. Bajó a comer y tomó la tarjeta de crédito que su padre había dejado entre llaves y monedas desinfectadas en una bandeja junto a la puerta. De regreso en su guarida buscó lencería y máscaras bondage en Amazon. Eligió cada detalle de su atuendo y pidió envío exprés.

Los siguientes días estuvo más tiempo en la casa, ayudó con la preparación de la comida y la limpieza, para mantenerse atenta al timbre y evitar que alguien más recibiera el envío. Cuando por fin lo tuvo en sus sus manos corrió a probárselo.

Guardó perlas, maquillaje, plumas y tacones en una bolsa de tela junto a las llaves de su coche. Después de cenar se retiró temprano a descansar, con el argumento de que apenas había dormido unas horas las noches pasadas. Se vistió con la nueva lencería que cubrió con una vieja pijama y esperó sentada en la cama a que la casa durmiera. Pasaban de las 10 pm y abajo seguían en el trajín de la limpieza nocturna con gritos de Esther incluidos. “Llegaré tarde”, pensó agobiada. Buscó una forma de bajar hacia la calle, pero no encontró asidero.

Una hora más tarde bajó sigilosa y salió de la casa. Cuando cerró la puerta de su viejo Platina se sintió aliviada. Tomó el volante, arregló el espejo retrovisor y exhaló con fuerza. “Seguro soy asintomática. Todo va a estar bien. Igual y hasta los estoy salvando a todos”, se dijo convencida.

Encendió el motor, activó el limpia parabrisas para retirar la gruesa capa de polvo que lo envolvía. Escribió un mensaje para su amigo:

<¿Listo? Allá nos vemos —y emprendió el viaje.

La voz del teléfono le fue dando indicaciones del camino. “Haz llegado a tu destino”, dijo por fin. Reconoció el lugar, estaba en el bosque que llevaba al exconvento del Desierto de los Leones. Había asistido junto a sus amigas a un tour de leyendas nocturnas durante sus años de preparatoria.

—Vaya lugar para una fiesta, con que no sea en las catacumbas —rió nerviosa. No vio más autos que el suyo. No le pareció extraño. Sabía que muchas de esas reuniones clandestinas solían contratar servicio de Valet Parking para esconder los autos. Miró la pantalla de su teléfono, su amigo no había leído el mensaje anterior. “No me digas que te dio puto”, suspiró. Encendió la luz interior y terminó de maquillarse, se deshizo de la pijama y se enfundó un vaporoso vestido traslúcido.

<Qué onda, ¿ya vienes? —tecleó asustada. No hubo respuesta. “La cita era a las 10 y son casi las 12. Ya debe estar enfiestado este pendejo”, se dijo. “En fin, ya estoy aquí”.

Salió del auto y vio un río de luces encaminarse hacia la espesura del bosque. “Allá debe ser la fiesta”, se dijo convencida. Una delgada lluvia se precipitó sobre las altas ramas de los árboles. Se acomodó el corset, se colocó el arnés que desplegó en su espalda unas alas negras y aseguró el antifaz con velcro sin lastimarse el peinado. Dejó el celular y la cartera debajo del asiento. Cerró el auto, colocó las llaves en la llanta y siguió las luces.

El frío del bosque le erizó la piel hasta sentir el calor de antorchas ardientes. En la entrada la recibió una mujer con cabeza de cabra y vestido blanco, quien le hizo un ademán como si le preguntara algo.

—¡Ah, claro! La contraseña. La dejé en el coche. ¿La fiesta del rebaño?
—El cielo y el infierno te esperan, querida. La doncella viene conmigo, madame —escuchó decir a un hombre que portaba un largo pico de cuervo y le extendió cortés la mano.
—Qué formalidad —le respondió la recién llegada y apretó su mano.
—Estás en el jardín de los secretos. ¿Quieres pasar primero al cielo o al infierno?
—Creo que podemos empezar por el cielo —respondió divertida.

Regina estaba fascinada con la creatividad de las máscaras y los impecables disfraces de los presentes. Los más sencillos llevaban penachos de flores y plumas, cuernos y sombreros extravagantes. Le sorprendió en particular el atuendo de una mujer con un arreglo de jaula y pájaros en la cabeza, quien iba del brazo de un hombre con cuatro caras.

Su amigo le ofreció vino en una copa de hierro, que aceptó gustosa. La sencillez del templo no parecía estar acorde con la majestuosidad de los muebles y candelabros. Un piano tocaba acordes melodiosos que retumbaban en la bóveda del convento. Algunas parejas bailaban con tan elegante cadencia que parecían flotar, y otras se tumbaban en los sillones para hacerse caricias.

—No me imaginaba algo así, gracias por invitarme.

—Gracias a ti por venir —dijo el hombre cuervo haciendo una reverencia.

Su acompañante la tomó por la cintura y la hizo bailar despacio. Lo recordaba más bajo y desgarbado, pero le gustó su nueva actitud. Era difícil mirarlo a los ojos por la máscara. La música cambió y las parejas comenzaron a intercambiarse. Lo mismo manos femeninas que masculinas la hicieron girar, rozando su cintura, sus pezones, las nalgas hasta dejarla completamente mareada. Una mano la detuvo suavemente y la sacó del extraño baile.

—Vamos a que tomes aire, susurró detrás de la máscara.

El jardín de los secretos estaba iluminado con cientos de dimunutas luces parpadeantes que semejaban un campo de luciérnagas. Regina respiró el aire fresco, pero el mareo no se alejó del todo. Se sentía observada por aquellos destellos.

El hombre de cabeza de cuervo le extendió otra copa. —Ahora vamos a lo divertido. La tomó del brazo y la condujo a las catacumbas.

A la entrada de los túneles, una mesa repleta de manjares recibía a los visitantes que parecían haber olvidado los modales y comían con las manos, en actitud caníbal, trozos de pierna y senos de un gran pastel en forma de mujer desnuda.

Su acompañante apareció con una antorcha encendida en la mano. Regina supuso que la bebida tenía algo más que simple vino. Sentía la boca seca, pero sobre todo estaba sedienta por descubrir lo que había en las entrañas de aquellas catacumbas. Su experiencia de sexo grupal se resumía a un par de tríos en los que participó más embriagada que convencida, pero nada se parecía a lo que sus sentidos recibían esa noche.

Los gemidos apagaban la música del salón contiguo. Triángulos con ojos apuntaban como flecha el camino a seguir por los pasadizos. En su andar sorteó cuerpos ensortijados que recibían lo mismo azotes que caricias. Dentro de la última celda, encadenada de brazos y piernas, reía y gritaba la mujer de cabeza de cabra, coronada en un círculo de velas.

Era tan hermosa que quiso tocarla, descubrir su rostro. El hombre cuervo le ofreció una llave de hierro. Sin decir palabra, Regina se apuró a quitarle los grilletes. La mujer se despojó de la máscara para mostrar por completo su belleza.. Aquella rubia de ojos amarillos la tomó por la oreja y la besó despacio.

Sintió un temor desconocido. Tuvo el impulso de retroceder, cuando unas manos la sujetaron por los tobillos, la oscuridad le impidió ver cómo trepaban como enredaderas por sus piernas para inmovilizarla.

El hombre se deshizo del disfraz de cuervo, la rodeó por la espalda, le quitó las alas y le arrancó el vestido. Sintió una lengua que le recorrió del hombro a la nuca.

La hiedra de manos que la ataba siguió subiendo por entre sus piernas hacia su sexo. Los dedos crecieron como ramas deslizándose por su pubis hasta penetrarla.

Exhaló placer y miedo. Un viento helado recorrió los túneles apagando a su paso velas y antorchas. Las manos que la sometían se desvanecieron junto con sus acompañantes, la rozó una corriente de vapor y la reja se cerró de golpe dejándola sola en la celda en completa oscuridad.

Afuera la lluvia arreciaba y el agua comenzaba a subirle por los tobillos. Gritó aterrada sin comprender lo que pasaba. Empujó la puerta de barrotes que se abrió sin resistencia. Recorrió el camino de vuelta, siguiendo los reflejos de la tormenta, tropezando con el agua, sosteniéndose apenas de las paredes húmedas. De las celdas provenían lamentos y rezos. Los cuerpos, el banquete y la bebida se habían esfumado.

Lloró emocionada al sentir la lluvia en la cara. No quiso voltear atrás. Corrió lo más rápido que pudo chocando con ramas y piedras por el ennegrecido bosque hasta llegar a su auto que seguía tal y como lo dejó. Tomó la llave de la llanta y entró a su espacio seco y tibio. Encendió el motor y vio la hora 12:10.

Su celular bajo el asiento vibró anunciando un mensaje. Era Fernando:

<¿De qué hablas, chula? La fiesta es mañana.

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