Cinque Terre

Noé Morales Muñoz

Esto no es París

“Te distraes y puedes pensar que estás en París”, dice Norza mientras recorremos Recoleta, el barrio donde me alojo. El comentario no es una trivialidad turística: describe perfectamente una subjetividad geográfica y una idea arquitectónica que, aún con su dosis de obsolescencia, aún permanece y determina ciertas formas de habitar y de transitar Buenos Aires. Aquí he llegado y aquí he de pasar los siguientes cincuenta días.

Caminamos por una de las avenidas amaneradas y preciosas de este barrio de clase alta en que se concentra buena parte del sector conservador de la sociedad porteña. Viejitas afables que sacan a pasear a sus perros de diseñador por las calles y plazoletas art nouveau; hombres y mujeres hermosos que salen a correr a toda hora, enfundados en ropa deportiva de última generación, dejando ver la turgencia de sus carnes y la neurosis inherente a todo velocista; inmigrantes de China y Bolivia, abarroteros los primeros, en el negocio de la verdura los segundos, que han creado espacios de convivencia mercantil –los minisúpers– en que, salvo por la sonrisa de los dependientes, puede conseguirse casi de todo –del precio luego hablamos. Un barrio pijo, cheto, fresa, con sus fisuras y zonas de contradicción, como muchos hay en el mundo.

Por fin hallamos un taxi. Nos asiste un cierto aplomo, una especie de fraternidad elegante y estética que se vería transfigurada unas horas después por efecto de los tragos que, indiscriminadamente, nos sirvieron en una fiesta abarrotada. Ya allí, mientras de fondo sonaban algunas cumbias destacables y nos engarzábamos en el tipo de discusiones bizantinas que sólo se dan cuando se rueda en tierra de ebriedad, he pensado: “no, esto jamás podría ser París”.

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La elegancia que, aún con lo escandaloso de sus manierismos, muchos porteños conservan –mientras nosotros la perdimos a los primeros fernets con Coca Cola– resulta casi admirable dada la permanente y circular inestabilidad política y económica que persiste en la Argentina. Imposible no neurotizarse cuando la cotización del dólar cambia cada hora y no queda sino entregarse a los tentáculos de un mercado cambiario clandestino cuyas dinámicas de transacción recuerdan a las de la adquisición de cocaína en cualquier lugar. El dinero en los cajeros automáticos puede esfumarse cualquier domingo y así resucitar los peores fantasmas de la historia argentina reciente. Sólo una nación que ha pasado por el corralito puede albergar tan vasta y estereotípica proliferación de psicoanalistas. El carácter nacional, al menos parcialmente, encuentra su explicación en la incertidumbre perenne a la que es sometida la billetera y la cuenta bancaria.

Incluso para robar, el argentino conserva, si no la elegancia, al menos una cierta discreción artesanal. No es que no existan los delincuentes con pistola, pero lo cierto es que muchos asaltos suceden sin violencia física, afincados en la capacidad retórica e histriónica de quien los comete. Ven que te muestro en la oficina las promociones de los paseos a Uruguay. Ven para que veas a las chicas y regreses a la noche con tus amigos. Ven que acá te damos la mejor cotización para tus dólares. Agencias de viaje, prostíbulos o boutiques que no son agencias de viaje, prostíbulos o boutiques sino centros de secuestro express y de extorsión psicológica. De ahí probablemente se salga íntegro en lo físico pero rasurado en lo financiero, porque así es el chamuyo: es un asalto pero a la vez es la afirmación del engaño, del triunfo del pícaro sobre el gallo ciego, la corroboración de que aquel tango que compusiera Discépolo hace ochenta años sigue vigente: “El que no llora no mama / Y el que no afana (roba) es un gil (idiota)”.

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Será acaso por esas y otras contradicciones que esta ciudad es fascinante. Una de las más poderosas tiene que ver con cómo, pese a la inestabilidad propia de cualquier rincón latinoamericano, las fronteras argentinas no han dejado de ser permeables, en obvia combinación con su ubicación geográfica. Bolivianos, paraguayos, peruanos, colombianos, ecuatorianos, uruguayos, dominicanos, chinos, coreanos y africanos varios negocian su ciudadanía con los locales y ejercen como pueden las múltiples formas de subsistencia en el subdesarrollo. El coctel de inflación, descontento, pesimismo e improvisación le conceden a la Argentina un rostro de presente perpetuo. Quizá sea que como yo he decidido vivir la vida un poco de la misma forma, como también soy proclive a la veleidad epistemológica, me siento tan a mis anchas. Quizá sea por eso que lo pienso mejor y digo: esto no es París; quiso serlo y no fue. Entonces es mejor…

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