Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Especial de navidad: Cuentos para niños postmodernos – Olvido (III)

III. Ensalada de historias. Combina elementos de narrativas existentes para contar una nueva historia. (Fragmento de la película Mr. Nobody + narración  de El Corán: sura XV + fragmentos del libro Las experiencias del deseo: Eros y misos  de Jesús Ferrero, de donde por cierto proviene la sura). 

Olvido

Puedo recordar hace mucho tiempo. Mucho antes de mi nacimiento. Estaba esperando con aquellos que aún no nacían. Cuando no hemos nacido, lo sabemos todo. Todo lo que sucederá  en el futuro. Cuando es tu turno de nacer, los Ángeles del Olvido colocan un dedo sobre tu boca. “Shh …”  Y dejan una marca en el labio superior como símbolo de que lo has olvidado y deberás descubrir a cada paso: tu propia historia. La marca queda en la boca como señal de que somos seres hechos de palabras, de lenguaje; somos hombres que nos relacionamos con la boca, a partir de sonidos y sonrisas, de sabores y de besos. Por eso nuestros labios forman un corazón y la palabra amor en toda lengua se dice juntando los labios y lanzando un beso al igual que la palabra madre.

Antes de olvidar escuché que el hombre que lo crea todo, el gran autor de todas las historias, decía a los ángeles:

Cree un ser mortal de barro arcilloso y moldeable; cuando lo haya terminado, infundiré en él parte de mi espíritu. ¡Caed postrados ante él!”. Todos los ángeles se postraron, pero no Iblis, que rehusó juntarse con los que se postraban.

Así que el gran contador de historias le preguntó: “¡Iblis! ¿Qué te ocurre que no estás con los postrados?”.

Iblis respondió: “No soy quién para postrarme ante un mortal que has creado de limo arcilloso y moldeable”. El ángel de la vanidad ignora el porvenir del ser moldeado por el Gran Moldeador: sólo ve a «un mortal».  No puede ver lo grandioso que puede llegar a ser: una conciencia que, según se puede deducir del mito, estaría destinada a ser más abismal que la angélica y a contener en ella lo divino.

Todo ser humano guarda algo de divino, aquello que llamamos humano, con lo que no se nace, una grandeza que deviene de la educación, de la conciencia y de la compasión. Cuando realizamos esto, el otro nos resulta familiar porque lo hemos confundido con el otro o los otros que llevamos dentro, y cuando esa alucinación es compartida se da el flechazo, que es el proceso de hacer inmediatamente familiar lo extraño. El flechazo del amor no lo sentimos sólo por el amado, cada semestre lo experimentamos en un grado más sutil por esos jóvenes alumnos en quienes dejamos algo de nuestra propia vida, en quienes reconocemos la chispa de lo divino.

Sirvan estos cuentos de Navidad para hacernos recordar aquello que sabemos pero olvidamos al nacer, que es el otro el que nos da sentido y que de nuestra historia depende ser héroes o villanos.  Todos podemos redescubrir aquello que los derechos humanos salvaguardan y las religiones prometen, ese algo del cosmos que se asoma cada vez que nos miramos a los ojos o nos regalamos en un abrazo.


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