Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

La edad de la inocencia

La más tierna infancia es madre de la ingenuidad. Mi tío Javier fue uno de los primeros en hacérmelo notar. Aún recuerdo cuando platicaba con mi papá mientras mis dos hermanos y yo le pedíamos que nos hiciera magia. No recuerdo sus gestos de impaciencia del tipo:

-Dios mío, como chingan estos escuincles y Toño que no les dice nada.

Lo deduzco porque él, seguramente ya en el límite del “si no hago esto les voy a romper su madre yo”, inflaba una bolsa de plástico y nos decía que si teníamos paciencia saldría de ahí un conejo. Claro, eso nunca pasaba porque nos impacientábamos y salía el aire de la bolsa o porque, aburridos, terminábamos por quedarnos dormidos. Años después, yo ya un poco más curtidito, le decía que me volviera a poner una bolsa inflada para ver si de ahí no le salía un madrazo y el sólo reía.

Ingenuo de mí, también, cuando me di cuenta de que yo no podría ser cura. Con la mano encima de la Biblia juro que es cierto: fui monaguillo en la iglesia La Conchita de la calle de Mina, en el Centro Histórico. Incluso fui el jefe de una banda de acólitos y estaba decidido a hacer carrera pero se atravesó en mi vista una fotografía de Meche Carreño y, a la tierna edad de diez años, eso me conmovió más que dos padre nuestro y tres ave marías y comencé a frecuentar a la señora Manuela con un fervor que ya quisieran tener los seguidores de Maradona por su ídolo. Nada raro hasta aquí. La ingenuidad surgía cuando, al terminar de platicar con aquella doña, me entraba el remordimiento de conciencia y le pedía perdón a la virgencita. Al paso de los meses me di cuenta que no podría vivir pidiendo perdón religioso tres o cuatro veces al día. Eso no sería vida, me dije. No me vayan a mal entender. Esto último también fue una expresión de ingenuidad porque nunca creí que, 45 años después, podría agradecerle a la virgencita que, al menos una vez a la semana, pudiera yo desfogar mis muy humanos menesteres.

Todos creímos en los Reyes Magos y Santa Claus, incluso aunque en mi caso ninguno de ellos se apiadó y me trajo El Chutagol o El Exin Castillo. El ratón no existía en mis tiempos o mis padres tuvieron buen cuidado de no presentármelo porque jamás supe de él. Pero mi ingenuidad en este caso no era portarme bien y de todos modos ver que me traían pura madre. Mi ingenuidad era creer que podrían llegar los reyes o santa a un departamento que no tenía chimenea y donde dormíamos en un cuarto mí mamá, mi papá, mis dos hermanos y mi tía Martha. O sea magos y con trineo, va, puedo entenderlo, pero ¿trapecistas? No.

En mi más tierna edad creí que a la niña del Exorcista la poseyó el demonio por portarse mal y yo por eso rezaba todas las noches y, como me pedía mi mamá, me portaba como vela. En ese tiempo, quienes tengan más de cincuenta años y vivieron en la Ciudad de México no me dejarán mentir, se expandió la especie de que unos japoneses estaban inyectando algo en la panza de los niños. El rumor fue tan fuerte que un día cerraron las escuelas. Yo no podía ni dormir del pinche miedo, me imaginaba inerte como figura de Pompeya o como estatua de marfil una dos y tres así, pero sin bailar el twist. Pero hubo un momento en el que me repuse y pensé que, frente a los japoneses, yo usaría la tapa de mi pluma Bic que había habilitado como cápsula de Hayata, para convertirme en Ultraman en caso de ser necesario, cosa que, por fortuna, no fue.

Ah, la ingenuidad. Alguna vez creí que la cubeta de aluminio podría activarse como lavadora con el jabón Ariel, también pensé que tomar chocolate Pancho Pantera me hacía más fuerte y sí, creí que podría jalarle las colitas a alguna niña que me gustara para hacerle saber eso, precisamente, que me gustaba. Creí que con tenis nuevos podría correr más. Que yo era mejor que “El Pajarito” Cortés. Que las mujeres me verían tan guapo como mi mamá. En lo único que no me equivoqué durante esos años es en que el América sería el mejor equipo de futbol de todos los tiempos.

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