Adriana Curiel

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Mexicana sonriente, con más pecas que pecados, diletante soñadora de la literatura. Cuenta con una larga trayectoria en el periodismo de negocios. Ha publicado en los medios internacionales: Mergermarket, Financial Times, Forbes y Latam Investor. En México colaboró para El Financiero y la revista Obras, de Grupo Expansión.

Dime quién soy

One does not become enlightened by imagining figures of light, but by making the darkness conscious

Carl Jung

Me exiges respuestas. Tal vez sea el único que pueda dártelas, pero no sé cómo. Al enterarme de que perdiste la memoria me alegré, ¡me alegré tanto! Por un momento calmé mi rabia.

Lo que daría yo por olvidar. Aunque después, al verte tan entregada a mamá, regurgitaba odio. ¿Cómo no desear ser el hijo pródigo? Yo lo había provocado por no contarte el pasado, quería verte feliz. Tantos años defendiéndote. No contemplé que volcarías tu amor en ella.

Cabizbaja, hurgando sangre seca entre tus uñas, me preguntas otra vez “¿quién soy?”. Eres la niña más dulce, la que me sonreía con los ojos cuando nos encerraban en el baúl. La que se dejaba convencer de que era un juego. Ahora que te veo así, en cuclillas, meciendo tus piernas huesudas, recuerdo nuestra infancia. Ponía mi dedo en tus labios para que guardaras silencio, obediente acomodabas la cabeza entre mis costillas. De tanto callar, consumida por tu propia lástima, te volviste muda. Ojalá no hubiera estado tan flaco para servirte de almohada.

Si nos separaban me gritabas en silencio. Los que crecimos en el mismo vientre aprendimos a comunicarnos antes de saber hablar. Privilegio de gemelos. Me volví tu intérprete y guardaespaldas. Acurrucados en la caja de madera hicimos el pacto. Te defendería siempre. Pero te fallé, ¡te fallé tantas veces!

Debí al menos ponerte en alerta el día en que volví. Quería que fueras feliz, que empezaras de cero. Tenías dieciséis años, todavía eras muy joven para aprender a vivir. Mientras miles cruzaban el Río Bravo en busca de salvación, nosotros nadamos contracorriente para encontrar la nuestra en México.

Con la tía Margarita recuperaste el habla, los gestos de alegría. Olvidaste la oscuridad de Galveston. No imaginé que regresarías con mamá, mucho menos que intentarías salvarla. Me preguntas quién eres. Tú eres esa niña triste, sensible, en busca de amor.

Cuando recibiste la llamada que anunciaba la muerte de papá y la precaria salud de mamá, no dudaste en acudir en su ayuda. Por tu propio pie volviste a la isla gris.

Ella apenas se movía. Sus manías se multiplicaron con los años. No pagaba por servicios, porque nadie sabía hacer las cosas como ella. Soportaste los olores inmundos, limpiaste sin descanso durante semanas.

Al principio aprovechó tu desmemoria para hacerse la santa, provocar tu lástima. Gastaste todos tus ahorros en una silla de ruedas, por darle paseos bajo los breves rocíos de sol, que apenas alcanzaban a acariciar sus rostros.

Tus frágiles huesos empujaban triunfantes las carnes desparramadas de aquella mujer que un día se negó a caminar, aunque no le faltaran piernas.

El ancho malecón no le era suficiente, le molestaba la ligera estela que desprendían los corredores a su paso. Las risitas infantiles sobre bicicletas parecían lastimarle la piel. Se quejaba del ruido de las gaviotas que se mecían suspendidas en el aire bajo un compás de libertad. Arengaba contra el asqueroso mar café, contaminado por las petroleras. Imaginabas que las olas se escondían en la niebla y el sol se ocultaba en el denso nimbo para desaparecer de su mirada. Las aguas turbias hicieron un intento por remover tus pálidos recuerdos.

“El mar es el mar”, la animabas. Asociabas la playa con la felicidad gracias a la única foto que teníamos de la infancia. Las placenteras vacaciones familiares solo tuvieron cabida en tu imaginación. La imagen secuestraba un instante de alegría y lo convertía en inexistente dicha.

Durante semanas continuaste con la rutina: duchas, masajes, cambios de pañal, paseos, medicina. Limpiaste vómito, orines, comida arrojada al suelo. Viste en las noticias que venía una histórica tormenta invernal, creíste que estabas preparada para lo peor. No fue así. Descubriste que el primer mundo no es a prueba de apagones. Los gritos del viento se colaban entre las ventanas mal empotradas. La tubería se unió al llanto con chirridos agudos. Mamá pataleaba en la cama, exigiendo un café caliente que no podías ofrecer. Estufa, horno, teléfono, cerradura dependían de una electricidad que se negaba a regresar. La falla eléctrica se llevó también la calefacción, el agua se redujo a un goteo de grifo.

Las horas se volvieron días de oscuridad. Estalactitas de hielo escurrían por las paredes. El hedor de la pila de sábanas orinadas y el escusado tapado removía tus entrañas.

Trataste de echar a andar la 4×4 de papá. Solo lograste accionar el radio. Alertaban sobre los peligros de refugiarse en los autos como fuente de calor. Te atrajo la idea de morir así, caliente, dormida. Al menos los gases podrían callar a mamá. Pero el motor estaba congelado.

Caminaste kilómetros en el hielo negro. La única tienda abierta solo aceptaba pagos en efectivo. Por suerte papá tenía un bote repleto de monedas que, antes de la tormenta, ya nadie recibía. La gente se arrebataba víveres. Aún quedaban estantes atiborrados de comida preparada para microondas. Te aferraste a unas latas de atún. El regreso se te hizo más corto. Estabas tan orgullosa de haberle conseguido comida a mamá. Pero ella te aventó las latas en la cara, quería algo caliente.

Le ofreciste tus cobijas limpias. Decidiste bajar al sótano en busca de una fuente de calor. Abriste el pesado baúl de madera. Extrañada, leíste tu nombre y el mío marcados con uñas desde dentro. La madera apolillada escondía las verdaderas fotos familiares. Nuestros pequeños cuerpos infantiles condenados a saciar necesidades ajenas.

La cascada de recuerdos te tumbó en el piso. El dolor te impedía respirar. Yo estaba de vuelta para defenderte. Pasé mis dedos por los zurcos que dibujaban nuestros nombres. Tomé las cadenas con las que solían sujetarnos, la cámara de mamá y el martillo de papá.

Mamá no ocultó el terror al escuchar mi voz. Sus inútiles balbuceos me recordaron a los míos, veinte años atrás. Entonces, la que reía era ella mientras te obligaba a envolver mi cuerpo, para luego arrojarlo entre los tres a las aguas marrones. Nunca imaginó que encontraría la forma de vivir en ti y cuidarte hasta el final.

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