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Crónicas de un televidente

Sólo fue un acostón, lo juro. Un par de horas de alcoba en los que al final decidí entre la disyuntiva de apagar la luz y dormir o andar rumbo al teclado para recomendar Crónicas de un televidente, de Héctor Villarreal, que llegó ayer a las oficinas de etcétera.

Deben leerlo, escribo en la pantalla. Pero me arrepiento y borro la frase, y la vuelvo a escribir y la vuelvo a borrar. Uno no puede decirle a los otros lo que deben hacer, me digo. Minutos después al fin decido: deben leerlo. Y deben hacerlo, porque el autor de estas crónicas de la ciudad de México no les dirá a ustedes cómo deben ser o cómo son –no es prestidigitador–, ni les hablará bonito a los ojos para hacerles creer que ustedes son el quiebre histórico de la sociedad alternativa y que él, claro, me refiero al escritor, es algo así como la conciencia crítica de la nación. (Sin duda, siempre hay algo delirante en ese tipo de pactos entre el autor y sus lectores –al respecto hay muchas historias de éxito– y por ello Villarreal me parece no sólo honesto sino valiente: convertirse en un espejito de la bruja es más fácil que incitar a correr a Alicia).

Entonces, este libro deben leerlo si les entusiasman las invitaciones a pensar y a imaginar (si no, no), porque Crónicas de un televidente intenta comprender fenómenos urbanos, más no contar historias, aunque dentro de ese ejercicio de comprensión hay historias con las que sin duda nos vamos a identificar, lo mismo para revisar el culto al carro y recordar cuando lo enceramos, conquistamos con él o envidiamos el del vecino de Iztapalapa, que para intentar olvidar aquella noche desquiciada en la que libros Crónicas de un televidente supimos que todos somos iguales ante la inseguridad y los gritos que otro día podrían ser los nuestros porque el sigilo del ladrón ya no es tal y nos encontramos en la intemperie. ¿Que la Santa Muerte nos ampare y si es así, a todos o sólo a quienes matan?

Pero además se agradece que el cronista no sea el héroe de la película ni se construya un arquetipo como coartada para de todos modos brillar en sociedad, en cambio creo que Villarreal logra un trabajo literario de gran calado, ameno pero no por ello complaciente con la simplificación, al contrario, el autor nos invita a pensar sin poses y a reír sin remordimientos; ah, porque Villarreal tiene de políticamente correcto lo que tiene de auténtico Andrés Manuel López Obrador cuando afirma que no está obcecado por la Presidencia de la República.

El preámbulo de este libro indispensable es exquisito. En serio, quienes me conocen saben que el único aplauso fácil que brindo (y en cualquier circunstancia) es al América, pero en este caso me rindo a los pies de tres páginas escritas por Roberta Garza y las saboreo como uno de esos postres que seguro ella tan bien sabe preparar (¿qué tal una trufa de chocolate?), y sí, sentado en mi lado favorito de la cama, que es el izquierdo, casi al borde del precipicio, y unos tragos de ron. Sin duda fue un acostón memorable.

Crónicas de un televidente
Héctor Villarreal
Editorial Almadía S.C., México, 2016, 141 págs.

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