Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Convicto por robo

Yo no maté a “Sapo” Ibarra. Dije que quería matarla, que debería matarla y que iba a matarla, pero no la maté. Se lo dije a ella misma: “Debería matarte, voy a matarte”, pero no lo hice. Tenía ganas de matarla y tenía intención de matarla, pero me faltó prestancia. A ella le consta, aunque de poco sirve porque aunque quisiera ya no puede rendir testimonio, o capaz que sí, porque de milagros se compone la runfla de hampones que andan por las calles y que todos saben que son hampones salvo los testigos de los milagros que los libraron de la cárcel. Yo no soy hampón ni asesino, ni siquiera homicida, aunque quería matarla y lo dije y se lo dije, pero no la maté, y bien lo saben dios y ella. Aunque ya se sabe que dios no participa de estos juicios mundanos y ella no puede venir a decir que yo no la maté, y quizá sea lo mejor porque con el miedo que se llevó a la tumba, siempre esperando a que le cumpliera mi palabra y la matara. Si pudiera hablar se contentaría mucho de ayudar a que me encerraran. Ya la veo aquí, señalándome con esa cara de víctima y asegurando: “Él me mató, ahí está, es ése mi asesino”, como si un muerto pudiera ser propietario de quien le mata o como si matar a alguien implicara venderse en propiedad al muerto. Y capaz que es así, no lo sé porque nunca he matado a nadie, aunque a “Sapo” Ibarra le dije “Debería matarte, no por puta sino por mentirosa, y voy a matarte”, pero no la maté. Lo que sí debe ser es que “Sapo” Ibarra es dueña de quien la haya matado, infeliz, dedicado el resto de sus días a pensar “maté a ‘Sapo’ Ibarra”. Pero no termina así nomás esto. A “Sapo” Ibarra solo le queda, como a cualquier asesinado, su asesino, y esta vez no me joden por la boca, o sí, por la boca, pero empleada a posta; esta vez me la cargo y ni su asesino le dejo. Qué hombre de mal no será cuando mató a “Sapo” Ibarra y andará por ahí piensa que te piensa en la cara de la muerta a la hora en que le tasajeó el pescuezo y en el susto de huir y en la bronca de hacer perdedizo el cuchillo, limpiarse la sangre de ella -que la suya no sabrá limpiarla- y borrar todo rastro suyo del cadáver y del cuarto. Jodido se quedó, propiedad de “Sapo” Ibarra, que ya ni vida tiene y solo le queda para de suyo, mientras le viva, su asesino, pero me la cargo, como me oyen, porque la dejo sin propiedad de su asesino, no porque lo maté, no, que no merece morir quien quiera que haya matado a “Sapo” Ibarra. Se lo quito más fácil, seguro de que es bueno y tiene conciencia, y de que como cualquiera con conciencia se hace remordimientos, así que anote nomás y hágalo público: “Sapo” Ibarra merecía la muerte y su asesino no debe mortificarse por haberla matado, sino alegrarse y exigir que se lo agradezca el mundo, y aunque declaro que yo no maté a “Sapo” Ibarra, acepto que dije que iba a matarla, acepto que quería matarla y acepto que la iba a matar, y como no tengo coartada y no hay más sospechoso que yo y tengo el móvil y aunque no tengo el arma, que esa la pude tirar al río, seguramente lo hice y yo maté a “Sapo” Ibarra, porque “Sapo” Ibarra merecía la muerte tanto como que yo no merezco la cárcel y quien quiera que haya matado a “Sapo” Ibarra no merece ser esclavo de la conciencia de haberse cargado a “Sapo” Ibarra y mejor hará en hacerse esclavo de la conciencia de haberme condenado a la cárcel y quién sabe si a la ejecución, de modo que en adelante se olvida de “Sapo” Ibarra y piensa en mí todos los días y noches que le resten, que no podrá evitarlo, como que “Sapo” Ibarra no podrá venir a protestar por dejarla tan muerta, tan sin nada, tan sin, ni siquiera –como cuadra a los muertos de asesinato–, su asesino.

 

 

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