Adriana Curiel

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Mexicana sonriente, con más pecas que pecados, diletante soñadora de la literatura. Cuenta con una larga trayectoria en el periodismo de negocios. Ha publicado en los medios internacionales: Mergermarket, Financial Times, Forbes y Latam Investor. En México colaboró para El Financiero y la revista Obras, de Grupo Expansión.

Carita de porcelana

Foto: mott.pe

Mateo habitaba mi recuerdo. Alto, desgarbado. Dueño de una personalidad indomable. No se guiaba por estaciones del año ni husos horarios. Absorto, vestía mi cuerpo en óleos que más tarde recubría con sudores. Pinceladas me recorrían como lenguas en un festín de colores.

Cambiaba de lienzo a menudo, incluso por hermosos varones. No me molestaba. Me pertenecía su mirada profunda, acompañada del suspiro sonriente y dolorido de sabernos perfectos, mas no eternos. Me decía “carita de porcelana”.

Almacenaba datos con lucidez sobrenatural. Solía recitarme poemas, diálogos de películas y canciones, incluso en idiomas que no dominaba. Ateo por convicción, conocía mejor la Biblia que cualquier cura letrado.

La novia celosa que lo apartó de mí no estuvo cuando recorrimos servicios médicos forenses para buscar a su padre. No hubo rastro ni móvil de su desaparición. Mateo nunca volvió a ser el mismo. Cambió la sonrisa por una paleta de grises y rayas blancas.

Ser su musa se volvió extenuante. Se obsesionó con recrear mis facciones en cada pintura. Hacía moldes exactos de mis gestos, que estrellaba contra el suelo cuando no resultaban como había imaginado.

Ardió en cólera al enterarse de que había aceptado un trabajo formal, me llamó ordinaria. Lo dejé con la torpe intención de recuperarlo. Amarré su mirada de antaño a mis entrañas para recurrir a ella cuando la necesitara.

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Era un cumpleaños más tedioso de lo habitual. Acudí sin gana a la boda de mi hermana. Su matrimonio cristiano arruinó el deseo de borrar ese recuerdo con alcohol. Me sentí obligada a asistir. Después de la muerte de mamá, yo era lo único que le quedaba.

Me alejé de los cánticos. Prendí un cigarro, barrera invisible contra predicadores. El celular vibró en mi bolsa. En la pantalla apareció un número desconocido. Contesté.

—¡Feliz cumpleaños! —una voz cansada, familiar, sonó del otro lado del auricular.

—Gracias —respondí extrañada.

—No sabes quién soy, ¿verdad?

—Mmm, no. A ver, habla más.

—Carita de porcelana —el corazón me retumbó en el estómago. La emoción se deslizó por mis pómulos.

—¡¿Mateo?! —grité, alterando a las felices coristas aplaudidoras de Cristo.

Hacía diez años que lo buscaba. Lo último que supe por amigos es que, en aparente euforia química, saltó de un tercer piso contra el pavimento. Convencida de ser la única que podía salvarlo, su madre lo encerró sin derecho a llamadas ni visitas. Ese día logró salir del laberinto averiado de su cerebro para recordar mi cumpleaños.

Una semana después toqué la puerta de una descuidada casa en la colonia Portales. Mateo, gordo y pelón, abrió la puerta. Arrastraba los pasos.

Quince años se detuvieron las carpetas floreadas sobre muebles de madera. La mesa de centro, una especie de pecera que albergaba extraños animales de ojos desorbitados, permanecía intacta. La única diferencia era que las extrañas figuras se habían multiplicado, al igual que las repisas en las paredes. La fotografía retocada de la boda de sus padres era testigo.

La madre apareció derrumbando mis recuerdos con su taconeo. Llenó la estancia con azucarado perfume y botanas. Se sentó en medio de los dos. Hablé del clima.

Mateo ya no leía ni pintaba. No había un solo registro de su obra en esa sala.

Cuando la mujer se levantó a traer más agua, busqué en las pupilas perdidas a mi Mateo; él sólo tenía interés en devorar las papas fritas. Al llegar a casa desahogué frustración y alegría por su media partida.

Seguí visitándolo hasta ganarme la confianza de su madre. Los martes por la tarde, la señora se reunía con amigas para pintar porcelanas. Cuando conseguí su atención me aseguró que el accidente no fue causado por consumo de drogas.

—Eran las voces. No soportaba escucharlas más —el diagnóstico fue esquizofrenia, la mirada perdida era causada por las pastas que lo controlaban—. El doctor me explicó que era yo mismo el que hablaba.

No recordaba cómo había llegado al techo desde el que se aventó. Solo quería detener las voces.

—¿Qué te decían?

—Repetían sin cesar que matara a Angelita y quemara la casa —me mostró la cicatriz que le dividía el cráneo y otras dos profundas en estómago y cuello—. Ángela me encontró, con un cuchillo enterrado.

Perdoné a la anciana. Imaginé el dolor de ver a un hijo en ese estado. Noté que la tensión le subía desde el temblor de la pierna a la cara. Me levanté a darle vuelta al casete. Hacía años que no veía uno, reconocí mis garabatos en el rótulo y sonreí.

—¿Has escuchado hablar de Spotify? —negó con la cabeza—. Te voy a conseguir un celular para que me llames a la hora que sea y escuches la música que quieras —se sorprendió al saber que existía una aplicación en donde podía crear sus propias listas musicales. Me contó que hacía días había logrado encender su vieja computadora con acceso a internet.

—Pues vamos y te la instalo —dije, poniéndome de pie en seguida.

Mateo dudó.

—La computadora está arriba. No creo que a mi mamá le guste que subas.

—Prometo que no te voy a hacer nada que no te haya hecho antes  —reí entretenida, subiendo las escaleras.

Me siguió nervioso. La computadora resultó más vieja de lo que pensaba. No iba a darme por vencida. Sabía lo feliz que un melómano podía ser con esa sencilla herramienta. Comenzó a frotarse las piernas.

—Me voy bajando para que no nos vaya a encontrar mi mamá aquí a los dos. —Me pareció un poco ridículo que, después de todo lo que habíamos vivido, fuera pudoroso. Lo escuché arrastrar sus pantuflas por la escalera.

Aburrida, deambulé por la casa. Entré a un cuarto repleto de terroríficas porcelanas humanas. Un rostro llamó mi atención. Era la cara de su padre en un rictus de dolor. Me acerqué a mirarlo cuando las escuché. Los susurros fueron tomando voz.

—Mata a la vieja.

—Quema la casa.

—¡Mátala!

—Mata a la vieja.

—¡Quema la casa!

—¡Mátala!

—¡Mátala!

Retrocedí asustada. Su madre apareció a mis espaldas.

Ahora que mi cara es pequeña, frágil y blanca como la cal, me uno al coro que pide matarla.

 

 

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