Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Antonin Artaud, un diablo de verdad

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Poseído por el demonio de la creación, dicen que Antonin Artaud se quedó ciego después de ver. Lo más fácil era advertir que la alteración sistemática a la que sometió sus sentidos lo llevó a ese punto. Quedar ciego, después de ver. Por eso su figura fascina y atemoriza al mismo tiempo. Es un fetiche o una suerte de tótem, aunque para algunos sea, inexplicablemente, un tabú. Octavio Paz lo llamó el Desesperado. Sospecho que utilizó la mayúscula para advertir que alcanzó las cumbres de ese arquetipo. Durante años me sedujo ese juicio de Paz, pero ahora lo pongo en duda. Ahora sospecho que de un modo inconsciente confundió el arquetipo con el estereotipo. Veamos el punto con un poco de calma.

 

Se me ocurre, para empezar, un ejemplo que contraste. Diógenes encarnó, no cabe duda, el arquetipo del cínico. ¿Se puede decir, de la misma forma, que Artaud encarnó el arquetipo del desesperado? No lo creo. Ciertamente los retratos del final de su vida que se han conservado de él muestran una profunda desesperación, pero los otros, los retratos de joven, revelan lo contrario: esperanza y belleza románticas en su más depurada expresión. ¿Qué le sucedió a ese romántico tardío? Recuérdese que el propio Paz ubicó en el romanticismo el origen de lo que llamó la otra voz: la réplica que la poesía impone al proyecto racionalista, ya embarcado en la ilusión del progreso, apelando al misterio del sueño y la sinrazón. En el romanticismo Paz encontró el inicio de la poesía moderna, que para él era esa otra voz, y en las vanguardias artísticas de la primera mitad del siglo advirtió una actualización de ella.

El romanticismo y las vanguardias artísticas de principios del siglo XX son así dos momentos distintos de una sola voz, justo esa otra voz que se opone a la barbarie de la racionalización mecánica que quisiera reinar más allá de la parte oscura que nos habita aunque no nos demos cuenta. Románticos y vanguardistas se sumergieron en esas indomesticadas regiones del ser humano que algunos llamamos inconsciente, y otros simplemente oscuridad o arbitrariedad o incluso accidente; la parte ingobernable de nosotros mismos, que tiene un lenguaje propio, inteligible de acuerdo a su propio código, pero incomprensible bajo los criterios de la racionalidad común y corriente: el otro lado de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, y de esa inmersión extrajeron poesía. Si los católicos y los cristianos puritanos han asociado esa zona de sombra con el pecado, el cuerpo y sus impulsos prohibidos, los protagonistas de la otra voz le concedieron un espacio en el reino de la armonía. Pero la sombra resulta irreductible porque nació con la conciencia humana. Surgió acaso con la prohibición del incesto en sus diferentes modalidades, por lo que habría que levantar por entero esa prohibición para desaparecerla. Pero sucede que se ha probado una y mil veces que cuando se disuelve esa prohibición el desastre y la oscuridad toman las riendas de la situación por completo, ya sin un remanso de sosiego. Por algo la prohibición del incesto representa, como demostró Levi Strauss, la única ley de cumplimiento universal en las sociedades humanas. La metáfora se encuentra muy sobada, pero se mantiene atinada: el ser humano está compuesto de luz y oscuridad. Conscientes de esa dualidad, antes que intentar suprimir nuestro lado oscuro, el romanticismo y las vanguardias lo exploraron y expresaron en serio, en sus mejores momentos llevados por un sentido trágico de la existencia. El propio Paz lo hizo. Formó parte de las vanguardias artísticas de las que escribió su historia.

Conoció a Breton y otros surrealistas. No dejó constancia de que conociera personalmente a Artuad, pero no cabe duda que adquirió noticia cercana de su vida y obra.

 

En los años treinta Antonin Artaud comandó “El teatro de la crueldad”. En él propuso cimbrar al público para regresarle el alma haciéndolo partícipe de un acto perturbador. Artaud deseaba cambiar el mundo y la vida desde la escena, en una especie de improvisación de jazz violenta y agresiva, es decir, como un heavy o punk que no se comercializara jamás. ¿Hay en ese lance místico desesperación o esperanza? Considero que las dos cosas. Artaud buscó un arte total. Ya no el libro total, como Mallarme, sino el acto pleno; si no libre de fisuras, lleno de sentido y vitalidad. Resultaba natural que le entusiasmara el proyecto de escritura automática fundado por Breton. Artuad quería regresar el arte a su origen primigenio, a saber, servir como fuente esencial no sólo de la cultura, sino de la constitución de la tribu. Devolverlo a su calidad de acto chamánico capaz de fundar comunidad. De hecho vino a México en búsqueda de ese chamanismo fundacional.

 

Pero lo malo no fue eso. Lo malo fue que lo encontró. O lo bueno. Algunos de sus textos más brillantes, radicales y controvertidos brotaron de su contacto con ese México que encontró en el consumo de alucinógenos y otros estupefacientes una vía de contacto con el otro lado de las cosas -en el entendido, claro está, de que ese contacto con el misterio primigenio cura, se trate de un contacto imaginario o real.

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Poeta, dramaturgo, místico, demente y filoso ensayista, Antonin Artaud sabía que la disociación de la conciencia que produce la catarsis sana, y él no sólo quiso sanarse a sí mismo, sino a toda la humanidad. Por eso hay quienes pueden venerarlo como a un santo. Lo cierto es que su romanticismo lo volvió loco. Un caso parecido, pero no igual, al del Quijote. La locura del Quijote es romántica.

Cabe presumir, por tanto, que en su cordura Alonso Quijano no era un romántico. Un error común consiste en confundir a Cervantes con Alonso Quijano; ya no con Don Quijote, sino con su faceta cuerda. Pero Cervantes no fue Alonso Quijano ni Don Quijote. Miguel de Cervantes contuvo a los dos juntos y a todos los otros personajes que creó, pero él mismo fue otra cosa: una criatura de carne y hueso. Una criatura que seguro importó más a Cervantes que cualquiera de sus personajes. Sea como sea, el Quijote es un loco romántico, entrañable por su razonado y razonable amor a la justicia. Por su parte, Antonin Artaud también es un loco romántico, pero un loco que seduce y atemoriza, aunque por cierto también razone –con Levi-Straus y Maerleu Ponty, por ejemplo– el indiscutible amor por la justicia que anima su búsqueda radical en la vida y el arte. Ambos, el Quijote y Artaud, están tocados, de alguna manera, por el otro lado de las cosas, pero bajo una modalidad especial: la locura. Pero no cualquier clase de locura: la locura divina. Y ambos, al final, mueren solos. Poco importa que todos muramos solos, así muramos rodeados de gente. Ellos murieron más solos que nosotros.

Durante un tiempo André Bretón fue una especie de Sancho para Artaud. El señor con los pies en el suelo que fungía como el lazo mínimo del loco divino con la comunidad. Un día Breton visitó a Artaud en un manicomio.

Artaud se encontraba persuadido de que los enfermeros del psiquiátrico que fueron por él a su departamento eran policías fascistas que lo mantenían secuestrado por algún motivo político insospechado. Bretón sabía que Artaud había caído en una crisis y en verdad alucinaba. Y también sabía que Artaud sólo confiaba en él. El propio Artaud se lo comunicó durante la visita. Le explicó que ya no creía en nadie, sino en él, en Bretón. Si Bretón afirmaba que los enfermeros del psiquiátrico no eran fascistas, lo iba a creer. Por unos segundos Bretón se estremeció, pero al cabo le confesó la verdad y Artaud cayó en un llanto desolado.

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¿Acaso será verdad que Artaud no se volvió loco, sino que nació loco? Cabe la posibilidad, evidentemente, sobre todo porque los psiquiatras de la época le recetaron opio, láudano y otros estupefacientes, para tratar los desórdenes que presentó de niño. Con razón se convirtió en el seguidor más cercano de Rimbaud y Baudelaire, para no hablar de De Quincy y Lewis Carroll, que se inscriben en la tradición inglesa. Dentro de la intensidad francesa no resulta inverosímil que un escritor radical renuncie a las letras en su búsqueda de sentido, libertad y rigor ético. Entre nosotros Heriberto Yépez desertó de la literatura por temor a prevaricar. Es claro que la intensidad francesa no nos resulta desconocida. Yo mismo exploro profesionalmente, desde la escritura y mi ejercicio como psicoterapeuta no sólo las fronteras de la locura y la cordura, de la fantasía y la realidad, sino también los interesantes laberintos del inconsciente como vía de acceso a una mayor autonomía personal, algo que no puede pensarse sin Freud y la fenomenología aplicada de la psicología Gestalt, por supuesto, pero que sería muy aburrido sin el surrealismo francés. Considerar adquirir la comida de cada día no lleva a las personas a prevaricar.

Por lo menos no a todas. ¿Cómo es entonces ser escritor de tiempo completo? Si uno no quiere prevaricar es para mantenerse libre y conservar no sólo la autonomía, sino la integridad personal. Así Yépez. Lo que no entiendo es por qué tuvo que renunciar a la escritura para no prevaricar. No importa: ese gesto lo emparenta con Artaud. Ambos han querido renunciar a las letras por temor a vender las cosas sagradas. Artaud no lo logró y la verdad espero que Heriberto Yépez tampoco lo consiga. Observar que la literatura mexicana integra una ramificación de la repostería francesa constituyó, por ejemplo, un dato exacto y revelador. Naturalmente disiento en muchos puntos con él, pero poseía la virtud de amenizar los debates públicos de México y ampliar el espectro y alcance de nuestro establecimiento cultural.

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El propósito de disolver la diferencia entre la vida y el arte constituye una pretensión válida, pero de muy difícil realización en un mundo gobernado por el dinero. La razón es simple: el arte no es una mercancía a pesar que, ya consagrado, el artista venda lo que antes no vendía. Para los artistas no consagrados ese resulta, obviamente, un gran problema: vivir a campo abierto no resulta fácil. Las historias se cruzan y la familia deviene tribu: se entiende que no cualquiera se mantenga congruente en el propósito de no vender las cosas sagradas. Los artículos son los que se venden: las obras y las firmas valen según el prestigio que van adquiriendo entre los administradores entendidos –y los no tan entendidos– del diálogo literario, político e intelectual de cada país. Y en el funcionamiento de ese andamiaje circula dinero, que sabrá Dios como se administra, pero sin duda el valor de una obra –o incluso de una idea– no puede tasarse en pesos y centavos. No, me temo que tampoco en dólares.

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”Hay que concederle a las palabras sólo la importancia que tienen en los sueños”, escribió Artaud. ¿Cómo entonces pudo enloquecer? ¿Cómo, si sabía que el lenguaje está compuesto por una materia alada, igual que la vida? Artaud deseó, como todos los surrealistas, que su inconsciente quedara plasmado en la página en blanco. Muchas veces fue exagerado, pero nunca ilegible. Si muchas veces fue solipsista, sólo lo fue para mirar más allá de sí mismo. De hecho, intentó mirar hasta los orígenes mismos de la humanidad y, en contra del orden familiar, abogó en favor del desorden tribal. Es, como digo, un personaje que fascina y atemoriza al mismo tiempo.Un Diablo de verdad.

 

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