Cinque Terre

Mayra Murillo

Abril, suspiré fuerte cuando el carro se apagó (cuento)

Tras diez años de trabajo en la misma empresa, terminé desplazado por un joven becario de 21 años recién cumplidos. Mi trabajo en el departamento de mercadotecnia había llegado a su fin. A mis 35 años lo había perdido todo. Mi mujer se había marchado con mis dos hijos apenas treinta días antes de mi despido, alegando por supuesto mi descuido para con la familia. Me abandonó dejando la casa literalmente vacía. Tras varias noches de insomnio en el colchón que amablemente me dejó en el suelo, decidí emborracharme con el dinero que también amablemente la compañía me había dado por mis diez años de servicio. Me senté en el primer bar que encontré de camino. Sólo y deprimido uno encuentra consuelo en cualquier bar, no importa lo sucio o sórdido que este sea. Me senté en la barra como cualquier otro borracho, encendí un cigarro tras otro y pedí un tequila doble. Media botella de tequila después me fui de la barra a una mesa vacía en el rincón más obscuro de aquel odioso lugar. Observé alrededor como si ante mis ojos se representara una obra de teatro, como si yo fuera totalmente ajeno a lo que allí sucedía. Vi un par de parejas besándose, tipos como yo, bebiendo y mirando el fútbol, la mesera yendo y viniendo con cara de pocos amigos. Cada vez más ebrio me concentraba en mi sufrimiento. La nostalgia trajo a mi mente las caritas de esos niños traviesos que daban una lata atroz, me costaba pensar que eran mis hijos. Corrían por la casa de un lado a otro detrás del gato, o de cualquier cosa que tuviera movimiento, reían estruendosamente. Subían a mi cama y abriendo mis párpados con sus deditos me despertaban diciendo -es de día papá-, despierta ya. Yo, abría los ojos encendía la tele y le subía el volumen buscando su atención. Ellos se quedaban allí mirando la pantalla por algunos minutos y luego salían corriendo de nuevo, olvidándose de mi. Yo volvía a dormir hasta pasadas las doce del domingos y de cualquier otro día de descanso. Desayunaba lo que fuera que mi fastidiada mujer hubiera dejado por allí, la seguía con la mirada por la cocina, lavando trastes, o limpiando, yo mismo me sorprendía con mi desinterés, esas escenas cotidianas no me inspiraban amor o ternura, en realidad no me inspiraban nada, lo único que me sorprendía de verdad era mi fastidio.

Tras tres días de borrachera ininterrumpida, desperté al lado del inodoro, temblando de frío, me levanté con esfuerzo y me sentí asqueado de mí mismo. Como pude me arrastre al baño. Me metí a la regadera con agua fría, me lave los dientes, tomé una aspirina y bebí un vaso completo de melox. A medida que adquiría mayor lucidez iba sintiendo más repulsión. El desagrado me obligó a levantar la ropa sucia, las botellas, los ceniceros, a tirar la basura de semanas. Fui al centro comercial a comprar un pequeño frigobar, al supermercado por comida. Lave ropa, limpie pisos y me dispuse a buscar empleo. Las siguientes semanas fueron de angustia, nadie parecía querer darme trabajo. Mi cuenta de banco se vaciaba poco a poco. Mi mujer me había demandado por la pensión alimenticia. Y lo peor: yo seguía fastidiado.

Pasé toda la mañana pensando seriamente en tirarme de un puente, hasta que rompí las dos llantas de mi carro tras caer en un bache, que a plena luz de día no pude ver. Y es que no miraba nada, todo pasaba sin detenerse, la vida se me iba y yo vagaba muerto en vida, respirando por costumbre.

Me subí a un taxi medio destartalado que me aceptó con todo y la llanta que llevaba rondando rumbo a la vulcanizadora. ¿Qué te pasó brother? ¿A poco no viste el bache?. -Pues no, no lo vi-, contesté yo advirtiendo con desagrado la exagerada familiaridad con que me hablaba. Subió la llanta en la cajuela, me llevo a la vulcanizadora. –Ésta es la última talacha que le aguanta su llanta jefe, va a tener que comprar otra-. Lo que me faltaba pensé yo harto. -Pues va a tener que esperar- me sorprendí diciendo en voz alta, -porque yo ni trabajo tengo-.

De vuelta en el taxi, ese cuate me dijo con la misma familiaridad del principio. -La patrona anda buscando un taxista, si quieres te recomiendo-. Me quedé pensando durante el trayecto y mientras le pagaba, le dije de golpe -recomiéndame con tu patrona-.

Así fue como termine siendo taxista. -Es muy peligroso-, me advirtió mi padre, -tanto pagar tus estudios para que termines de taxista-. El primer día me senté allí en el sitio, fumando un cigarro tras otro sin entender muy bien que estaba haciendo ahí, por fin llego el pasaje, nada especial, ir, venir de un lado a otro como había hecho hasta entonces, con la misma actitud y el mismo dejo, solo que ahora me pagaban. No está mal, me dije al contar las ganancias de la primera semana, nada mal. No requiere gran esfuerzo, no tengo que pensar mucho, ni hablar si no quiero. La vida me iba pasando como había pasado los últimos cinco años yo me esforzaba por darle a la que para entonces ya era mi ex mujer y a mis aparentes ex hijos las pensiones atrasadas para evitar tanto la cárcel como el cargo de conciencia. Por lo demás comía lo que se me atravesaba, no hablaba con nadie y los fines de semana trabajaba día y noche para no morirme del aburrimiento.

Todo transcurría así, la vida, como ya dije, pasaba. Nada me importaba hasta esa lluviosa tarde de un sábado de abril. El atardecer había transcurrido hermoso, hasta yo, incapaz de disfrutar la belleza de absolutamente nada, podía reconocerlo. Caía una lluvia menuda por toda la ciudad. El sol se ocultaba lentamente con destellos ámbar, haciendo relucir las gotas que resbalaban por el parabrisas. El choque de la lluvia y el pavimento ardiente por el calor de la estación, hacian subir un suave vapor blanco que llenaba de una sútil bruma las calles para mí, hasta entonces, siempre grises. La gente caminaba con paraguas, las muchachas vestidas de sábado se mojaban los pies y los niños zapateaban en los charcos a pesar del enojo de sus madres. Yo estaba cautivado con la escena, absorto como probablemente no lo había estado nunca.

En eso estaba cuando subió a mi taxi una pareja a la que no presté mucha atención. Me acomodé en mi asiento y dije como como de costumbre -buenas noches-. Ellos no respondieron, sin preocuparme encendí el motor, esperando me dijeran hacía donde se dirigían. Noté un silencio extraño así que me volví en dirección a ellos y volví a repetir. -Buenas noches-. La muchacha, alrededor de los 30 años, de piel muy blanca y con el cabello teñido de rojo, sonrió, con un codazo le dijo al joven que la acompañaba,- Anda di, habla-. Él la miró sonriendo pero sin decir palabra. -Anda dile- repitió ella sin dejar de sonreír. Yo los miraba a uno y a otro, tratando de resolver aquel misterio, a lo mejor no tienen dinero, me dije mentalmente. Finalmente ella acomodándose el lacio cabello rojo se puso seria, con las mejillas encendidas empezó a decirme atropelladamente. -La cosa es- tartamudeo, -la cosa es- repitió un poco más fuerte, seguramente al advertir que yo no conseguía oírla bien, -Queremos que nos deje hacer el amor en su taxi-, -¿Qué?-, pregunté yo seguro de que no haber entendido bien. –Sí, deseamos hacer el amor aquí, es decir, tener sexo aquí. Tras un suspiro que me salió del alma, (no sé muy bien si por la sorpresa, la incomodidad o alguna forma de excitación), respondí –No, no es necesario, conozco varios lugares donde puedo llevarlos-. Empezaba a darles opciones cuando ella me dijo, -No, queremos hacerlo aquí, en su taxi. -No señorita-, dije yo ya molesto, – no puedo hacer eso-, Tal vez mi compañero se preste, yo no-.

–No- repitió ella, -debe ser usted-. -Está bien- dije yo, -les cobro quinientos pesos, los dejó un rato solos en cuanto obscurezca y cuando terminen se van-. Le respondí pensando en que dado lo pusilánime del novio, no le alcanzaría a esa niña para más de un cuarto de hora de arrumacos, además era más barato un hotel, así que concluí que ellos no aceptarían . –No- repitió ella -tiene que ser usted-, -Mire-, me dijo pero con los ojos fijos en el muchacho. -Mi novio y yo queremos cumplir una fantasía-, -queremos hacer el amor en su taxi, en movimiento, debe ser sobre Reforma, en Paseo de la Reforma, al obscurecer, usted debe manejar en silencio, sin música, para que podamos oir el ruido de los otros autos, el de la lluvia azotando el toldo del carro-. Luego me miró de nuevo a mí, pero esta vez desafiante. -¿Cuánto nos cobras por cumplir la fantasía?-. –Nada, porque yo no cumplo fantasías, yo transporto personas, manejo un taxi, nada más-. -Ya bájense- les dije francamente enojado. Por primera vez el novio abrió la boca. –Mira- me dijo, -Es su fantasía, y yo pago lo que sea por cumplirle a esta mujer lo que ella quiera-, -Necesitas ser tú, no otro, tu nos das confianza-, -te hemos observado de cuando en cuando, parece no importarte nada- agregó con voz más decidida. -¿Qué más te da, mira te doy todo lo que tengo-, y saco varios billetes de quinientos pesos, los puso sobre el asiento del copiloto. Yo calculé unos cuatro mil pesos, quizá algo más. Mi cabeza empezó a maquinar, pensé en la multa si nos detenían, pensé en el dinero frente a mí, y por último, pensé en la aventura, palabra para mí hasta entonces desconocida. Finalmente acepté. -¿Qué debo hacer?- Pregunté, -Nada- me dijo ella -solo conduzca, en silencio, sin música, con las ventanas entreabiertas.

Empecé a manejar un tanto nervioso, las manos me temblaban un poco así que tuve que asirme con fuerza al volante. Un leve sudor apareció en mi frente. Era una rara sensación de incomodidad, una mezcla de emoción y ansiedad, un sentimiento que no alcanzaba a identificar. En el asiento de atrás no parecía suceder nada inusual, el único nervioso ahí parecía ser yo. Todo empezó hasta que entramos en Paseo de la Reforma, fue entonces que ella empezó a besarlo en los labios. Yo mantenía la vista al frente, al principio sin problema, luego con esfuerzo, pues empezaba a escuchar los susurros y los ruidos propios del amor. De vez en vez miraba el retrovisor, en algún momento vi que ella se desprendió de la camisa blanca que llevaba abotonada hasta el cuello. Así, entre beso y beso se desnudó por completo. El tránsito de la hora no era el acostumbrado, posiblemente porque no coincidía con la quincena, así que yo me detenía exclusivamente en los semáforos. Completamente desnuda empezó a desabrochar la ropa de su pareja, a pesar de la lluvia pude oír el ruido del cierre metálico de los jeans del novio. Empecé a sospechar qué seguía y acerté. Momentos después el muchacho se esforzaba por no gritar de placer, mientras yo ya sudaba francamente, mi cara siempre pálida enrojecía encendida. Mis manos temblaban, la excitación que no había sentido en meses estallaba bajo mi pantalón, en las sienes, en el estómago. Era una sensación de emoción a punto de reventar, una mezcla de pasión contenida, un alboroto obligadamente pacífico. El que no pudiera hacer nada más que conducir hacia mucho más excitante la experiencia, entonces me di cuenta que por primera vez en muchos años me sentía vivo. Una sensación de alegría eufórica me inundo.

Ella se recostó en el asiento, abrió las piernas y supongo que se tocaba, pues por el retrovisor pude ver el rostro atento y exultante de su pareja mirándola. No pude evitar ver de reojo y ella me miró con una sonrisa maliciosa, por un instante, instante en que mi cuerpo se sacudió. Luego el joven excitado hasta el extremo se despojó de los pantalones y le hizo el amor. Ella jadeaba, susurraba, por un momento me pareció que hasta gemía. El carro se impregnó del olor propio del sexo, pero el perfume de ella le daba un toque delicado a la escena un poco salvaje que ocurría dentro del taxi. Desaparecimos literalmente en Paseo de la Reforma, era como si nada importará a nuestro alrededor. Nadie pareció darse cuenta, tal vez la lluvia que caía ya copiosamente evito la curiosidad de vecinos y agentes de tránsito. Tal vez solo sea que no pude percatarme de nada pues mi cuerpo, mi alma, estaban concentrados en sensaciones para mí desconocidas. El grito final de placer de ella hizo estallar mi turbación. Suspiré fuerte cuando el carro se apagó, volví a encenderlo con un poco de trabajo, tosí y me aclaré la voz como hacemos cuando estamos nerviosos. Me propuse retomar la calma y retornar el camino por donde hasta entonces habíamos circulado. Los ánimos poco a poco fueron calmándose. Se vistieron sin decir palabra. Conduje hasta el lugar donde se habían subido. Me detuve en silencio, ellos descendieron también en silencio. El muchacho regresó y asomándose por la ventanilla me dijo -gracias, buenas noches-. Los vi alejándose tomados de la mano.

Yo, fui a buscarte tras años de no verte, me dejaste entrar con un poco de sorpresa a la misma casa de la que me fui ocho años antes azotando la puerta. Me ofreciste un café que no bebí pues cuando volviste te tome en mis brazos y te hice el amor como nunca antes. Por primera vez te vi a los ojos, me miré en lo tuyos como no lo había hecho nunca en los de nadie. Por primera vez se mezclaron en ese acto amatorio ternura y pasión. Por primera vez pude reconocer algún indicio de la palabra amor, para mi desconocida.

Desde entonces, hacemos el amor a diario y en distintos lugares, nos cumplimos fantasías de todos tipos, desde las más simples hasta las más elaboradas. Desde esa tarde de abril me siento vivo como nunca estuve antes. Aprendí a amar como no sabía que podía y la ternura se derrama incluso hasta esos dos niños a quienes antes no pude amar.

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