Cinque Terre

Alejandra Escobar y Mariano Yberry

“A mi hija la violaron, al mío lo asesinaron, sólo exigimos justicia”

La vida de Alhelí y Ernesto cambio en un día… No, en realidad la de ella cambió en unas cuantas horas y la de él terminó en un segundo.


Alhelí también es estadística, forma parte del 18.2% de mujeres mexicanas que en ámbito comunitario han sido violentadas sexualmente, según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones de los Hogares (ENDIREH) 2011[1].


Todo ocurrió el 21 de febrero de 2013, alrededor de las 21:30 de la noche. Alhelí, de 15 años, le pidió permiso a su mamá para ir a la casa de Ernesto, su novio de 16. La madre de la menor accedió, una hora después ella regresó, diferente, temerosa y angustiada porque tenía que contarle “algo que le daba pena”. Alhelí fue víctima de una violación.


Los hechos ocurrieron en menos de dos horas. Cuando ella arribó a casa de Ernesto abordaron su camioneta y se trasladaron a un parque para platicar de su futuro, del camino que apenas empezaban a recorrer un par de jóvenes.


En la soledad y oscuridad una patrulla se acercó y descendieron tres agentes municipales de Chimalhuacán, Estado de México. Uno de ellos les pidió que se bajaran para responder un interrogatorio, Ernesto accedió y Alhelí permaneció en el vehículo. Sin embargo, el policía que manejaba la unidad también le dijo a Alhelí que debía descender pues le iba a hacer unas pequeñas preguntas.


Para evitar problemas aceptó, lo que no sabía entonces es que ese interrogatorio no llegaría. El policía la condujo a varios metros de distancia.


Mientras caminaban irónicamente le hablaba de los peligros de la zona, pero al topar con un campo de futbol la orilló a una barda, le cubrió la boca, la abrazó con piernas y brazos y abusó sexualmente de ella. Alhelí sólo pudo llorar.


Ernesto, a metros de distancia no sabía qué ocurría, temía. En ese instante, el policía número tres llegó al llano y espetó: “otra vez estás haciendo lo mismo”; sí, se refería a la violación. No obstante, el agresor dijo: “no, estoy hablando por teléfono”, mientras se subía la bragueta. Antes ya había amenazado a Alhelí: “ni una palabra de esto o mato a tu novio”.


La víctima regresó con su pareja, subió a la camioneta y arrancaron. En el camino él le contó que el agente lo había extorsionado al quitarle todo su dinero, le preguntó qué había pasado, si estaba bien. Llorando ella no dijo nada, una, dos, tres veces. Antes de llegar a su casa le contó –el policía me violó.



Alhelí no sólo forma parte del casi 20% de mujeres mexicanas que han sido violentadas en el ámbito comunitario, está dentro del 1.1% de las mujeres que en ese ámbito fueron violentadas por un policía o por un militar; pero estos números son de 2011 (la última documentación oficial) y a cinco años de distancia las estadísticas pueden ser muy diferentes.


La historia de la pareja, sin embargo, apenas había cambiado. Cuando ella llegó a su casa y le contó a su madre lo sucedido, decidieron trasladarse al hogar de Ernesto -junto a su hermana- para que las acompañara a interponer la denuncia. En teoría el proceso sería fácil, acudir al Ministerio Público y contar los hechos. No lo fue.


Mientras caminaban vieron una patrulla, ¿casualidad?, tal vez. La hermana la detuvo para que las auxiliara, se acercaron, pero Alhelí empezó a temblar. -Qué pasa, preguntó su madre; -fue él, respondió ella en el instante en que observó al conductor.


Su hermana reacciona y les explica que necesitan la ayuda porque el novio de Alhelí la había golpeado, pero ellos se niegan si la familia no les cuenta con detalles lo acontecido.


La patrulla apaga las luces y se difumina entre la noche y las calles vacías.


Ellas siguieron su camino, llamaron a la puerta y Ernesto abrió, ya sabía lo que pasaba. Minutos antes, mientras Alhelí le contaba con vergüenza a su madre el delito del que había sido víctima, su novio, inquieto, desesperado, caminando de cuarto a cuarto les relató a sus padres lo que había pasado en el parque y les pidió ayuda.


No dudaron, prendieron la camioneta y todos, en ese vehículo, tomaron camino rumbo al Ministerio Público. Pero la hermana de Alhelí quiso regresar a casa por su padre porque conocía a una abogada que podría ayudarles, dieron vuelta.


Al estacionarse, la madre y hermana de Alhelí fueron por su papá pero en pocos minutos escucharon gritos. La patrulla con los tres policías otra vez apareció. Todos salieron corriendo.


Ernesto y sus padres increparon al violador para que respondiera por el delito, la hermana de Alhelí y su padre intentaron subirse a la camioneta para evitar su fuga. Todo era confuso, gritos, oscuridad, miedo.


Al observar lo que pasaba, la madre de Alhelí corrió a tocar las puertas de los vecinos –por favor ayuda, mi hija acaba de ser violada. Al verse atrapados intentaron huir, pusieron el motor en reversa y la madre de Ernesto quedó atrapada, cayó. En segundos se puso de pie, no quería que los policías huyeran, y no lo lograron porque quedaron atorados en la banqueta luego de chocar con otro automóvil.


Otra vez todos se abalanzaron sobre la patrulla, Ernesto sobre el conductor, tenía coraje. El copiloto, al que una y otra vez las familias le pidieron actuar con principios y detener a su compañero, se bajo, sacó su arma y los amagó, retrocedieron.



La vida de dos familias se transformó en segundos, vieron destellos, escucharon por lo menos tres detonaciones y los agentes huyeron. Ernesto dio tres pasos, miró a su madre –llama a una ambulancia, le dijo, y se desvaneció. Los disparos no fueron del copiloto, fueron del conductor.


Volvieron a correr, lo trasladaron al hospital más cercano pero las heridas eran graves. Uno de los médicos le explicó a Alhelí que a ella no podían atenderla porque primero tenía que hacerlo un médico legista, entonces ella y su madre decidieron trasladarse al Ministerio Público.


Al llegar, poca atención les prestaron hasta que recibió una llamada, Ernesto había fallecido.


El tormento no terminó ese día, ha durado tres años. En ese instante, el MP no pudo proceder, fue hasta que cerraron calles y se manifestaron al otro día a espaldas del Palacio Municipal de Nezahualcóyotl, el municipio vecino, cuando iniciaron las investigaciones. Los nombres y fotografías de los responsables aparecieron, arribó el entonces procurador de justicia estatal y les prometió justicia, pero la sentencia todavía no llega.


El 27 de marzo de 2013, la Procuraduría General de Justicia del Estado de México informó sobre la detención de Pedro Luis Becerril Ríos, el presunto responsable de la violación y asesinato, en el municipio de Santa María Chimalapa, Oaxaca, donde permanecía oculto. Andrés Hernández Guitiérrez, otro de los involucrados, fue detenido el 17 de abril de ese mismo año en la población Concepción de Buenos Aires el estado de Jalisco; tres meses después se detuvo al último probable responsable, Francisco Jiménez Aréchiga.


La vida de las familias y la de Alhelí no volvió a ser la misma. Es estos tres años ha intentado por lo menos en dos ocasiones quitarse la vida; pocas son las veces que sale a la calle, vive con miedo.


La violencia en el ámbito comunitario se entiende como todos aquellos actos perpetrados por personas desconocidas y conocidas, sin que exista una “relación entre el sujeto objeto de violencia y el generador de la misma en los distintos ámbitos: familiar (padre, madre, hermano, suegro, cuñado, u otro); laboral (patrón o compañero de trabajo); educativo (maestro, compañero de escuela, autoridad escolar), institucional (policía), ni que exista una relación de amistad. Por lo tanto este tipo de violencia es perpetrada mayoritariamente por desconocidos, aunque también se pueden incluir personas conocidas por la mujer, pero con la que no mantenga alguna de las relaciones descritas con anterioridad”.[2]


La Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LGAMVLV) define en su artículo 16 la violencia en la comunidad como “los actos individuales o colectivos que transgreden derechos fundamentales de las mujeres y propician su denigración, discriminación, marginación y exclusión del ámbito público”. Exclusión que de acuerdo con el análisis realizado por la investigadora Sonia M. Frías a los resultados de la ENDIREH 2011, en muchas ocasiones debe ser entendida como autoexclusión.


En este ámbito convergen otros tipos de agresiones como el hostigamiento sexual.


Según los datos de esa encuesta, a lo largo de su vida casi una de cada cuatro mujeres (23.7%) ha sido objeto de piropos o frases de carácter sexual que le molestan o incomodan, 13.6% ha sufrido tocamientos o ha sido manoseada sin su consentimiento, casi ocho de cada 100 mujeres alguna vez han tenido miedo de ser atacadas o abusadas sexualmente, 1.3% ha sido violada, y a 1.4% la han obligado a ver escenas o actos sexuales o presenció actos de exhibicionismo.


En todas las agresiones anteriores con excepción a la violación en más del 60% de los casos el agresor resulta ser un desconocido (hasta 89.9% en lo que tiene que ver con el acoso y 71.20% referente a los tocamientos). Respecto a la violación la mayor parte de los agresores son “amigos”, desconocidos, algún familiar (no nuclear), vecinos y jefe del trabajo.


Alhelí es estadística al igual que Carmen, Yolanda, Laura y Catalina, quienes a lo largo de su vida sufrieron o sufren violencia psicológica, física, sexual, económica y patrimonial, ya sea en el ámbito familiar, comunitario, institucional o laboral. En la siguiente semana conocerás las otras tres historias de mujeres como tu, como tu hermana, tu madre, tu vecina o tu amiga callan y son estadística o que pudes evitar que lo sean.




[1] http://estadistica.inmujeres.gob.mx/myhpdf/105.pdf


[2] http://web.inmujeres.gob.mx/transparencia/archivos/estudios_opiniones/cuadernos/ct35_3.pdf


*Nota: A petición de los abogados los nombres reales de Alehlí y Ernesto fueron modificados. El proceso legal contra los tres presuntos responsables continúa.

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