Alberto Gonze

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Tacitas medidoras para la personalidad

En la película “Another Year”, escrita y dirigida por Mike Leigh, una pareja que lleva muchos años de casados, tiene como amiga a una muy peculiar mujer que padece un mal al que la Ciencia no ha sabido o no ha querido etiquetar como enfermedad mental, ni las Leyes como delito: ¡Querer llamar la atención en todo momento! Perdón, es que a mí este tipo de personas realmente me ponen muy mal de mis ya de por sí nerviosos nervios.

Como todos ustedes, a lo largo de mi vida me he topado con gente así, con personalidades “ligeramente” excesivas que sólo podrían estar cómodas dentro de un cachalote gigante. Recuerdo a uno en particular, invitado de una amiga a una reunión en su casa y que terminó en deseos irrefrenables de cometer un crimen; ese hombre llegó, se presentó y sin darnos chance a los demás de hacer lo mismo, empezó a hablar sin que nadie pudiera detenerlo. Después de unos minutos, yo estaba en shock, me pregunté si respiraba en algún momento o si tendría algún tipo de respirador artificial oculto. Cuidado y alguno de nosotros intentaba ignorarlo y hacer platica con alguien más, porque se dirigía a quien hubiera osado no prestarle atención para hacerle una pregunta que él mismo contestaba y que le servía de pretexto para continuar con su monólogo. Como era la casa de mi amiga y su invitado, los demás no nos atrevimos a hacer una descortesía, nadie trató de callar al hombre que seguía hablando y robando la atención de los demás. Cuando se le acabó el tema -es una ironía- y el parlanchín se retiró, todos miramos con odio a nuestra amiga, quien de inmediato se disculpó y nos aseguró que de haber sabido que este hombre no tenía miedo de quedarse afónico, jamás lo habría invitado. Según ella, él antes no era así, era “normal”. Meses después, cuando mi amiga hizo una nueva reunión, todos los invitados primero nos aseguramos de averiguar si su amigo, el que parecía querer el récord Guinnes por decir más palabras por minutos, estaría presente. La respuesta fue un rotundo y casi ofendido “jamás”.

Es imposible no hacerse preguntas retóricas ante este tipo de fenómenos: ¿de verdad esas personas no se dan cuenta de lo que hacen? ¿lo ignoran o se hacen patos? Caray, se necesita ser ciego y sordo para no ver y no escuchar la molestia que generan, la incomodidad que provocan. Son maestros en el arte de ignorar a los demás. Quienes hemos tenido el infortunio de encontrarnos con estos seres, debemos sacar fuerzas de nuestro interior, ponernos a prueba y resistir con estoicismo las ganas de decirle a la tía que es una inventada; hacemos lo humanamente posible callarnos la boca y no provocar una Tercera Guerra Mundial en el núcleo familiar, cuando el tío o el primo con este problemita de personalidad desbordada, arruina la cena de Navidad al querer ser el centro del universo de la pachanga.

Paciencia, prudencia, verbal continencia. ¡Cuánta verdad había en tus palabras, Javidú, aunque dijiste mal el refrán!

No deja de ser interesante y hasta divertido, analizar a la gente así. Permítanme desmenuzar algunas características típicas estos ladrones, vampiros succionadores de atención.

Están los que quieren llamar la atención a través de la verborrea, hablar hasta por los codos. Un querido amigo me contó que hizo el experimento de responderle a una mujer que sólo hablaba de sí misma, recitándole el poema “La Suave Patria”, cuando era su breve turno de contestar. La mujer jamás se dio por enterada, tan atenta estaba a ella misma que asentía al escuchar las palabras creadas por Ramón López Velarde, para después seguir con su conversación unilateral.

Cuando nacemos, nos regalas notas,

después, un paraíso de compotas,

y luego te regalas toda entera

suave Patria, alacena y pajarera.

Luego están los “yo también”, esos que al enterarse de que nos ocurrió algo, no necesariamente insólito, puede ser algo cotidiano, de inmediato se lanzan a explicar que a ellos les pasó exactamente lo mismo pero de manera más impactante. Si te salió una roncha en la nalga derecha, ellos tendrán cientos de ronchas en el mismo glúteo. Si fuiste a desayunar tortas de chilaquiles en La Condesa, ellos las comieron también pero hace muchos años, antes de que se pusieran de moda; si fuiste al estreno de una película, ellos la vieron en el estreno anterior al estreno. Hago un paréntesis en esta lista descriptiva, que no crítica (ajá) para lanzar una teoría: dado este perfil, podríamos estar frente a mitómanos de hueso colorado, mentirosos que inventan una realidad inexistente para no quedarse atrás. O tal vez son sicópatas, porque no sienten ningún tipo de empatía ante un éxito ajeno, pero tampoco se compadecen ante una calamidad o tragedia, porque eso implicaría perder, quedarse atrás, ser menos. Si te duele la pierna, a ellos les duelen ambas; si el marido te puso los cuernos, a ellos se los pusieron de la peor manera; si tú estás sufriendo, ellos sufren más. ¡Paren de sufrir!
Luego viene la antípoda de los anteriores, los “yo nunca”. Si hiciste algo, ellos jamás harían una cosa así, o no cómo tú la hiciste. Por lo general, aquí entra un elemento de metichez muy grande, pues indirectamente te señalarán cómo se hacen las cosas. Agresividad pasiva. Te dan a entender que tu atuendo es ridículo, la peor elección que pudiste hacer, porque ellos nunca se pondrían unos tenis rojos después de los treinta años; ellos nunca andarían con un novio como el que tienes, que podrá ser trabajador, educado, tratarte bien, ser excelente amante, pero no, ellos elegirían a alguien mejor. ¡Sí, ahorita! Otra faceta que desarrolla este tipo de personalidad, tiene que ver con hacerse la víctima, deporte practicado por tanta gente que ya debería ser tomado en cuenta para las Olimpiadas, porque su intención es la de hacer lanzamientos, sí, te lanzan la responsabilidad para ver si tú la cachas:

-A mí nadie me dijo que ese jacuzzi iba a ser un gasto innecesario. Si me hubieran dicho que no lo iba a ocupar, no lo habría puesto, pero como nadie me dijo nada…
(Conversación genuina y nada relacionada con lo que yo estaba preguntando)

No existe un manual que nos indique cómo debemos tratar, por no decir lidiar, con este tipo de personas, pero lo más sensato en considerar si vale la pena ponerle un alto, hacerle ver que necesita una tacita medidora para calcular si se está pasando con su apasionada manera de ser, o si todavía es chistosa y soportable para los demás; si de plano no vale la pena y no tienes manera de detener su desbordamiento, haz como yo, que empiezo a meterme en mis pensamientos hasta que me pierdo, me fugo, me voy. Ya me fui.

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