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“Entre Sodas y Refrescos. Traguitos de Recuerdos”: un libro como pocos

                                                                  Por Sergio Dávila Espinosa

Imagen del libro Entre Sodas y Refrescos. Traguitos de Recuerdos, de Marco Levario Turcott.

Puede parecer que leer un libro sobre refrescos sea un tanto trivial. No lo creo, y si lo fuera, confieso que, a pesar de no ser un gran consumidor, lo disfruté.

En primer lugar, debo decir que se trata de un libro muy bonito, como pocos.

Su formato, tipo de papel, ilustraciones y vínculos a videos o música, son un continuo goce. Pero también los relatos que su autor, Marco Levario Turcott, aguerrido, profesional y confiable periodista, hace de la historia de los refrescos, deteniéndose con el gusto de un coleccionista en las botellas, etiquetas, marcas y comerciales, que hacen de su consumo una experiencia singular.

Es imposible leerlo sin remontarse a los recuerdos propios. A la historia personal con el refresco.

La mía está marcada por una castración temprana como resultado de una extraña guerra sin cuartel que mi papá emprendió contra este producto afirmando “que se nos caerían o picarían los dientes”. En casa nunca los consumíamos. Pero cuando nos invitaban a alguna fiesta o íbamos de visita a alguna casa, siempre nos ofrecían y podíamos tomarlo.

Arte del libro Entre Sodas y Refrescos. Traguitos de Recuerdos, de Marco Levario Turcott.

Pero que no se nos ocurriera pedir Coca-Cola, porque al parecer, ese refresco era para “idiotitas”, nos reclamaba furioso (de verdad furioso, nunca lo olvidaré) al regreso de esa reunión. Mi papá tampoco tomaba refresco de ordinario, pero en casa siempre había Coca-Colas para las reuniones familiares o con sus amigos, en las que preparaba “cubitas”, preferentemente con Ron Potosí. Evidentemente, nunca me animé a cuestionar esa contradicción. La Coca era para idiotitas o bien, para adultos.

Es un libro como pocos.

Es imposible leerlo sin remontarse a los recuerdos propios. A la historia personal con el refresco.

 

También cuando salíamos a comer a restaurantes teníamos oportunidad de pedir refrescos, pues mi papá consideraba que eran más confiables que las aguas frescas, que quién sabe qué procedencia tuvieran. Como médico, siempre le preocupaba una posible infección intestinal por agua que no fuera previamente hervida. Pero entonces las opciones eran el Sidral Mundet, pues afirmaba que era hecho con manzanas naturales y estaba pasteurizado, o las Chaparritas, por no tener gas. Él en cambio, pedía Sangría Señorial.

Ah, y debo decir, que lo recaudado por la venta de algunos de los ejemplares de este libro, al menos del mío, Marco lo donó de manera generosa para regalar sonrisas a niños y mariachis de la plaza Garibaldi.

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