Por una oferta editorial más allá de la academia y el mercado

Autor: Andrew Taruson

Lo que se disuelve en el aire

No cabe duda que el arte y la literatura han contribuido a forjar el mundo. Tampoco puede caber duda que han contribuido a transformarlo, ya que no se puede forjar el mundo sin transformarlo de la misma manera como no se le puede transformar sin forjarlo. Se trata de un proceso de custodia y revolución, de ruptura y recimentación incesante. Por eso cada revelación estética nos resulta a un tiempo conocida y extraña, logra convertir lo ajeno en familiar y lo familiar en algo nuevo o por lo menos distinto, pues gracias a esa voz que antes ignorábamos lo veamos con nuevos ojos y a nosotros mismos también. De pronto nos reconocemos en lo desconocido porque nos damos cuenta que éramos nosotros mismos.

Todo arte es revolucionario porque devela el mundo al tiempo que nos muestra la cubierta que lo oscurece, a final del camino de manera irremediable. Pero si todo arte es revolucionario, ¿por qué existen autores conservadores? Por muchas razones, supongo, pero lo son sólo en sus posturas políticas, no en sus obras. Toda obra de genio es de algún modo revolucionaria. Los juegos metafísicos de Borges demuestran que incluso las más penetrantes revelaciones metafísicas tarde o temprano devienen escolástica, discursos vacíos sobre las preguntas sagradas (si hablamos en lenguaje religioso) o esenciales (si lo hacemos en el filosófico). Y ese integra un acto revolucionario: al jugar en sus cuentos con los dilemas más trascendentales Borges mezcló géneros, atentó contra escuelas y academias, destrozó retóricas vacías y puso en duda la ética de profesores e investigadores que disfrutan de viajes y presupuestos sin decir nada en realidad. Poco importa que ellos no se enteren del atentado. El atentado borgeano está allí para quien sepa observarlo: no sólo la teología integra una rama de la literatura fantástica, también lo integran la filosofía, la sociología, la antropología, la historia, el periodismo, la psicología y las ciencias políticas. Digo, devienen literatura fantástica si se pierden de vista los hechos en favor de la escolástica, esa invencible manía de escribir disertaciones sobre las disertaciones. Y vaya si resulta fácil olvidar los hechos en favor de esas disertaciones. Pero incluso si los hechos no se pierden de vista ninguna de las ciencias que tienen por objeto el comportamiento del ser humano se muestran capaz de alcanzar la verdad de ese comportamiento por la sencilla razón de que le conferimos su sentido a la hora de estudiarlo. Pero no sólo por eso. También porque, encerradas en sus propias esferas, ninguna de esas disciplinas puede dar cuenta de la complejidad del mundo contemporáneo. Algunas de las mayores aportaciones a la psicología actual provienen de la antropología, por no hablar de la inutilidad de las ciencias políticas sin el periodismo o de la filosofía sin la novela –donde aterrizó durante un tiempo en Alemania y el centro de Europa, aunque también, aunque muy a su manera, en la novela francesa– pero, ay, la novela ya ha sido limpiada de la filosofía para complacer a los lectores que sólo leen para pasar el rato, que son la mayoría. Ni modo. Ahora la filosofía tendrá que aterrizar en otro lado. Si aterriza. Ya veremos. Mientras, dejemos asentado que tanto en la academia como en la literatura dominada por las grandes editoriales se instituyen carreras y etiquetas obligatorias, moldes y escalafones y colas bien disciplinadas que los autores deben hacer si desean una porción del queso, es decir, del dinero, la promoción y el prestigio que les permitirá vivir sin renunciar a ser quienes son. La búsqueda de la verdad y la genuina experiencia literaria quedan relegadas a las exigencias del molde. Dicho de otro modo: los moldes se imponen a los autores y los autores devienen personajes que han aprendido a cumplir el papel que se demanda de ellos, salgan o no en la televisión. A la oferta editorial en nuestra lengua le falta escapar de las cuadraturas impuestas por la academia y el mercado. Son moldes centrados en una especialización a la que se le escapa la complejidad del mundo actual. Incluso la novela –atada a la demanda de ligereza del público lector– renunció a comprenderla. Ya sea en la especialización que entusiasma a la academia o en la que exige el mercado, los escritores, investigadores y periodistas logran sobrevivir e incluso ganar algo de dinero y prestigio, pero casi siempre a costa de ceder al molde. Salta entonces la necesidad de nuevas ofertas editoriales, capaces de asumir el riesgo y romper las restricciones de la academia y el mercado en favor de los autores. Y, claro, en detrimento de los moldes y los pasillos estereotipados. ¿Pero cómo se logra eso? En primer lugar, saliéndose uno mismo de la foto. La regla es no salirse. Hay que concentrarse en narrar como hoy se debe narrar, enfocarse en un nicho de mercado y seguir más o menos los pasos que otros han seguido para emerger de la marginalidad. Así seguro se triunfa. Pero se trata de un triunfo pírrico. Tanto, que de pronto da la impresión que la literatura y el arte –para no hablar del pensamiento político o del pensamiento a secas– se han sumado, en México, a eso sólido que, como todos sabemos, se disuelve rapidito en el aire.

Nuevas formas de ser autor

Ningún arte ni ciencia humana revela por completo la verdad sobre nosotros mismos porque nosotros mismos la construimos. Quizá no la conozcamos, pero la construimos. O mejor: la vivimos. Sin embargo, tranquiliza ignorar los hechos: advertir la verdad sobre uno mismo no constituye una empresa fácil. Los libros nos ayudan a encontrarla; por eso es importante que se coloquen más allá de los requerimientos del mercado. Una empresa muy difícil en un mundo dominado por el dinero. A decir verdad imposible, al menos sin el concurso de los recursos y los resortes de los que dispone el establecimiento cultural en su conjunto.

Autor: Andrew Taruson

Al igual que cualquier verdad al descubierto, el arte y la literatura no son mercancías. No lo son porque no son producto del trabajo enajenado, sino de su contrario. La literatura y el arte componen juegos que obsequian revelaciones de peso cuyo valor no puede tasarse en pesos y centavos. Por eso la oferta editorial debe transcurrir más allá de los requerimientos del mercado, no sólo de la academia. Ningún autor “difícil” vende. Tampoco la poesía. El Estado mexicano cuenta con un aparato editorial enorme, pero ocurre que gira en torno a los moldes consagrados, quiero decir, sobre las formas de ser autor que ya existen. Evidentemente publica autores que rebasan cualquier molde, pero los publica cuando su revolución ya ha devenido esquema a seguir. Y no veo cómo pueda ser de otra manera. El Estado no está para aventuras. O la está, con los jóvenes, pero bajo los caminos previamente trazados, sin dejar demasiado espacio para que florezca un nuevo camino. Existen pasos claves para obtener una beca del FONCA como los hay para acceder a un doctorado. Desde la elección del tema existen restricciones: unos facilitan los trámites, otros, los dificultan. No se diga el método o, si se prefiere, la forma. No alego en favor del experimentalismo ayuno de rigor y sentido, sino de la auténtica originalidad. La fórmula de que los escritores conformen el jurado que concede los recursos y las oportunidades me parece insuperable, pero algo sucede allí que no alcanzan a llenar el hueco que debería ser llenado. Se nos impone, entonces, la faena de paliar en forma mínima las omisiones evidentes. Necesitamos una oferta editorial que no sólo abra espacios a nuevos autores, sino que permita la emergencia de nuevas formas de ser autor. La complejidad del mundo lo requiere. Las casillas con las que seguimos jugando parecen del siglo XIX. También la crítica. No digo el pensamiento, porque propiamente hablando no tenemos. Seamos honestos: la producción intelectual mexicana –al menos en lo que al terreno de las humanidades se refiere– deja mucho que desear. Seguramente no vamos a mejorarla de la noche a la mañana. Pero si no tomamos de algún modo la iniciativa, jamás lo vamos a lograr.

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