Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Por una izquierda liberal

Y socialdemócrata, claro está. Necesitamos una izquierda consciente de la necesidad de contar con instituciones funcionales; en primer lugar, con instituciones que garanticen el ejercicio de las libertades ciudadanas. Entre éstas, cabe traer a cuento unas de las instituciones menos exaltantes que uno pueda imaginar: los partidos políticos. Me temo constituyen un mal necesario. En las sociedades de masas actuales acabaríamos presas del fascismo sin ellos.


En los Estados Unidos, por ejemplo, si no existieran los partidos republicano y socialdemócrata, Trump ya hubiera abierto campos de concentración para los mojados. Así que admitamos el dato duro: sin partidos políticos, acabaríamos, tarde o temprano, siendo presas de alguna forma de autoritarismo vengador, llamémosle populismo o no. Y aquí aclaro: no creo que AMLO constituya un peligro para México en ese sentido o en algún otro. No creo que arruinaría el andamiaje democrático, aunque no tanto por él, sino por la fortaleza y pluralidad de la sociedad mexicana, que le pondría un límite si, en su deseo de salvar a México, se le ocurre, por ejemplo, pelear a muerte con el Congreso o algo por el estilo.


Confío en que la fortaleza y pluralidad de la sociedad mexicana le impediría quebrantar el orden constitucional, pero confío en ello porque existen instituciones, como el propio Congreso y la Suprema Corte de Justicia, que de un modo u otro representan esa fortaleza y pluralidad ciudadanas. Pero el hecho de que la posible llegada de AMLO a la presidencia plantee el tema, argumenta en favor del auténtico fortalecimiento de las instituciones democráticas, no en su contra. No obstante, el discurso anti político de AMLO aboga en su contra; ya lo sabemos, se trata de puro maquiavelismo político, y él es un buen político.


¿Quién se atreve a hablar bien hoy de los diputados y senadores de México? Nadie. En primer lugar, porque es muy difícil hacerlo. En segundo, porque es muy riesgoso: uno seguro perderá popularidad si se arriesga. Sin embargo, debemos recordar aquí que sin división de poderes no existen las libertades políticas. Resulta claro que México necesita un Congreso mínimamente presentable y un presidente que lo respete por principio, como regla básica del juego.


Como presidente, ¿AMLO acataría el principio de división de poderes? La verdad no lo sé, pero insisto: la duda existe, y no de manera infundada. AMLO sólo sabe gobernar con mayorías, no con un Congreso dividido, como en forma previsible será el Congreso en la primera mitad del siguiente sexenio. No obstante, mantengo la fe: confío en que AMLO acataría la voz última de la Suprema Corte de Justicia. Se trata de una confianza personal y, por lo tanto, dudosa. Ni modo: necesitamos instituciones democráticas funcionales y no sólo la Corte y las cámaras; también, y aunque no nos gusten, los partidos políticos. A despecho de su justificada impopularidad, son imprescindibles en el mundo contemporáneo.


Ninguna sociedad de masas puede sustentar un gobierno democrático sin instituciones democráticas funcionales. Dicho en otras palabras: ninguna democracia puede sostenerse en la voz de un caudillo. O de varios. Sin institutos políticos mediadores. De tal suerte que, si pienso en el México de hoy, no sólo concluyo que necesitamos un partido de izquierda liberal, sino que el PRD debe apostarle a serlo. Debe renovar sus cuadros dirigentes, abrirse a nuevos liderazgos emergentes, en favor de una izquierda liberal y consecuente. ¿Pero qué entiendo por una izquierda liberal y consecuente? Comienzo por el final: por lo consecuente. Los tiempos lo imponen. Se cifra en una definición política: deben llevar un candidato propio para 2018.


Un candidato de izquierda liberal


Y no sólo presentar una candidato propio: morir con él en la raya, hasta el día de la jornada electoral e, incluso, más allá de ella. Abandonar la lógica burocrática, de repartición de cuotas por tribu, en favor de un esquema metódico y abierto de incorporación de candidaturas de ciudadanos claramente identificados con los principios de la izquierda liberal. Se trataría de una selección ideológica, pero centrada en la elección de buenos candidatos y mejores representantes políticos de la ciudadanía, con un candidato con las mismas características a la presidencia de la República. Pienso en Juan Zepeda, por supuesto. Lo digo con esa claridad porque Miguel Ángel Mancera no es un hombre de izquierda liberal, y Zapeda, sí. Por otra parte, una alianza con el PAN carece de sentido, tanto para el PAN como para el PRD, es decir, para el destino institucional de este país. No lo olvidemos: se trata de consolidar las instituciones democráticas, no de ganar por ganar ni de competir por competir: conviene, en suma, que el PAN siga siendo el PAN, y el PRD, el PRD.


La agenda del liberalismo moral


¿Debo recordar que una izquierda liberal es una izquierda que promueve los derechos lésbico-gay sin cortapisas? ¿Que respalda también la legalización de la mariguana y la despenalización del aborto? ¿Que AMLO no impulsa ningún avance en estas materias y tampoco el PAN? ¿Que, en su organización interna, el PRI no es un partido liberal, sino piramidal, como muchas veces el propio PRD lo ha sido (pero que gracias al libre debate de ideas que, aunque parezca increíble, aún se conserva en su interior, puede dejar de serlo, mientras que el PRI, no)? ¿Debo abundar pues, en esas obviedades? A mi parecer, no. Existen, sin embargo, otros temas en los que resulta perentorio abrir el debate, pero desde la izquierda pensante, ya no sólo vociferante. La izquierda de moral liberal debe ir más allá tanto de la izquierda de la superioridad moral como de la izquierda que llama otra vez a sacar al corrupto PRI de los Pinos con una alianza desnaturalizada entre el partido llamado a promover la agenda moral de la izquierda liberal y el partido que impulsa la agenda moral de la derecha conservadora. Y eso pese a la más reciente eficiencia política que mostró esa alianza en las elecciones locales. Lo dicho: no se trata de ganar por ganar, sino de fortalecer el andamiaje político democrático. De manera que pregunto lo mismo, pero de otro modo: ¿es sostenible un andamiaje democrático asentado en dos partidos políticos sin identidad, otro corrupto y otro que reniega de su condición de partido político gracias a su presunto y real carácter de movimiento de masas? Sólo muy a trompicones, como siempre. Sea como sea, considero que desfigurar la identidad del PRD y el PAN no contribuye a consolidar un régimen democrático. De modo que me pongo reiterativo: necesitamos que el PAN siga siendo el PAN y el PRD, el PRD.


Frente al soberbio desdén de AMLO, el PRD debe mantenerse como la opción institucional de la izquierda liberal. Vamos, en caso que AMLO gane, ¿quién, si no el PRD, puede seguir promoviendo, desde el ámbito institucional, la agenda del liberalismo moral de izquierda? Resulta indispensable, sin embargo, caer en la cuenta de que la Ciudad de México, no es México: la rebeldía moral que ciertos sectores de Morena de la ciudad de México han conseguido mantener frente al conservadurismo de AMLO no se volverá un fenómeno nacional, de modo que los sectores progresistas de Morena verán relegada su agenda y AMLO gobernará de cualquier modo, pero no con una agenda liberal de izquierda. Ergo: resulta indispensable un PRD que asuma, explícitamente, esa agenda. Una estrategia que reincide penosamente en lo mismo: una alianza electoral con el PAN en 2018 comportaría un despropósito. Lo formulo sin ambages; si el PRD no desea acabar de desfigurarse por completo, y a la postre desaparecer de la historia de México, debe hacer suya la agenda del liberalismo moral de izquierda con un candidato propio y consecuente con ella, competir con todo en 2018 y consolidarse como uno de los pilares de la democracia en este país.

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