Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Los mercados y otras pulgas

Todos hemos caminado entre alguno de esos mercados que hay en cualquier lugar del mundo; a mí me gustan particularmente, por eso cuando estoy en otro país procuro visitar los sitios más emblemáticos para comer, sus museos y sus plazas y, naturalmente, sus mercados o tianguis. Me fascina mirar los pescados más extraños en Roma o entre muros elípticos los pulpos en el Tsukiji de Tokio, y los calzones más exóticos que haya visto, en París, allá en Las Pulgas donde compré un Chanel número 5 (que al abrirlo horas después descubrí que olía a eucalipto porque era pirata). Ah, las alpargatas de Madrid o las babuchas musulmanas, en el Rastro; aún conservo una chamarra de piel usada que me costó cinco euros.

En mi casa (que es la casa de ustedes) tengo verdaderas joyas aunque entiendo que para cualquier persona sean trebejos o chácharas –si no es que basura–, memoria de algún juego perdido en el tiempo o piezas sueltas de lo que alguna vez fue una caja de música o un rompecabezas (en sentido estricto así se llaman las piezas sueltas del ajedrez, “trebejos”), además de las antenitas de vinil de uno de los héroes modernos y vilipendiados de la historia. Los dados de cristal de Murano, en una de las tantas islas de ese lugar entrañable que llamamos Venecia o el pequeño Pinocchio de madera, comprado en la mismísima casa del florentino Carlos Collodi, quien fuera no sólo escritor sino periodista. Ah, los helados del Puente Viejo, pero ese recuerdo es parte de otras historias.

No son baratijas sino trofeos de guerra el tarro cervecero alemán, adquirido en alguna calle escondida en Berlín, ni el libro viejo de Barcelona de recetas de cocina o el pequeño cristal de Viena. Me gustan los mercados y el grito que aunque se grite en cualquier idioma ya sabemos lo que significa: que tenemos la enorme fortuna de estar frente a un objeto muy valioso a un precio de risa y por ello tengo conmigo una pequeña lámpara hindú de la que luego vi réplicas en todos lados y a un precio infinitamente menor que el que me fijó aquel mercader de Venecia o el costo que me destinó una hermosa mujer de ojos verdes devastadores para desprenderse de unos aretes históricos, lo dijo así, porque pertenecieron a los primeras hippies que llegaron a poblar este planeta. Y yo le creo. Ahora que se pusieron de moda las estafas maestras, evoco aquel mercado de Estambul, el Gran Bazar, donde a la menor distracción te quedas con los bolsillos vacíos, sonriente por el trato amable que te han dispensado, y un frasquito en la mano de azafrán. Ah, mi pipa para la marihuana comprada en Ámsterdam o mis playeras de Lennon en uno de los mercados sobre ruedas de Nueva York.

Esté donde esté, no hay duda (me siento un ciudadano del mundo): visito el mercado sobre ruedas. Por eso cada que puedo levanto en todo lo alto mi pipa holandesa consentida (también la compré usada) desde la que, desde entonces, se difuminan extraños vapores; de Praga son mis zapatos también con un dueño original que no fui yo, y de Lisboa los calcetines baratos, adquiridos al ritmo de llévelos mi señor para que resistan más sus piernas; ah, pero la gorra de mi hijo Mateo -del mismo estilo de los tiempos de la segunda guerra mundial– no se explica sin ese fuerte abrazo que me di con un negro encantador que quién sabe qué me decía pero sonaba bonito desde sus labios morados y sus ojos pelones. Luego de un memorable regateo a señas donde privaron las sonrisas.

MLT

Y qué decir de por acá en nuestro país. Nada como el tejuino para calmar la sed en una caminata por uno de los baratillos de las hermosas tierras de Guanatos, y nada como los cuadernillos esos que cuentan las leyendas de Durango, sin detenerme en una mayólica que compré en Hidalgo ni en la guitarra que traje de Morelia. Me gustan los mercados, definitivamente. El grito de “pásele, pásele, métale la mano güerita, sin miedo ándele que no le pica el gusano”; por cierto: desde esos amasijos de ropa tuve la suerte de encontrar la casaca de Roger Staubach que, para que los más jóvenes me entiendan, es el papá de todos los quarterback en la historia de la NFL. Digan lo que digan.

Acá en la Ciudad de México, el agua de coco del tianguis de La Raza, espesa, espesa, las tacos dorados de Tepito o los de tripa cocida junto con el refresco de Mundet rojo de la colonia Portales, al que considero el mejor lugar para comprar libros -recomiendo el local de Don Ramón- así como La Lagunilla es el mejor sitio para hacerse de discos de acetato, muebles del siglo antepasado –en particular colonial mexicano– y porcelanas Viejo París y biscuit, además de piezas de alabastro. El Chopo (que es el nombre de una especie de árbol llamada Álamo negro) es un sitio emblemático de la colonia Guerrero, en la Ciudad de México, últimamente para conocer la cultura dark y que es tan seductor como el mercado musulmán de Beijing, donde la gente come alacranes fritos como nosotros tomamos cerveza en los mercados.

MLT

Mi arraigo por los mercados proviene precisamente de mi infancia y aún de la adolescencia. Hijo de padres mercaderes oriundos de la colonia Guerrero, por eso cuando oigo el grito de la oferta que sea veo a Marco Antonio y a Mercedes, a mis propias raíces. Eso fue lo que sentí hace unos días frente a ese viejo de estatura mediana como de setenta años, que traía un envidiable sombrero de bombín y un traje con cuello de pajarita –idéntico a mi papá– que me mostró una sonrisa plena, diría que contagiosa por su alegría, no importa que exhibiera, calculo, apenas unos siete dientes a lo sumo y un manojo de pelos en la nuca. En la calle de Comonfort, el domingo pasado, el viejo me ofreció esta revista Life de 1963 que ahora guardo como un tesoro: en la portada avisa del reportaje “En la Cuba de Castro” al que acompaña con una gran foto del imponente Comandante, además de otras notas como la de la disertación que quiere dilucidar las razones del culto a Marilyn Monroe, sí, eso se escribió hace más de cincuenta años.

Los fierros viejos que vendieron y los tamales asados de la San Felipe de Jesús, los muebles viejos de la Santa Cruz Meyehualco (ahí hay que ir los martes muy temprano), las quesadillas del mercado de la Cabeza de Juárez allá en Neza que, estoy seguro, les ha de parecer a los japoneses tan extraño como a mí su Nishiki Market de Kioto.

Por eso me abandono siempre en los mercados de cualquier lugar: porque son espacios que se hallan como en una dimensión distinta, donde se bifurca el pasado con el presente y donde de vez en cuando me miro a mí mismo esperando a quien llegue a comprarme el repujado de plata, quintada desde luego, que testimonia algún amor delirante que ya ha sido olvidado. “Es lo menos jefe, y es precio para usted”, les decía yo, como ahora me dice una china en uno de esos mercados tan emblemáticos de su país y entonces me miro a mí mismo y lo compro, es extraño, a menudo siento que cuando tengo en mis manos el objeto adquirido, estoy abrazando al niño que corrió para que el cliente no se le fuera allá por la orilla de Matamoros, tan cerca de Tepito. Y le digo calma, la vas a vender, ya verás.

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